Misión actualmente imposible: visitar el CIVCa. sin permiso de la PSA

El Aero Club Catamarca pasó a denominarse Centro de Instrucción de Vuelo Catamarca –CIVCa- y la PSA es la Policía de Seguridad Aeroportuaria y su función es vigilar y custodiar el Aeropuerto “Coronel Felipe Varela” cuya concesionaria es “Aeropuertos 2000”.
sábado, 7 de mayo de 2011 00:00
sábado, 7 de mayo de 2011 00:00

A su vez, el antiguo Aero Club devenido en CIVca posee un hangar y una aeronave  dentro de los límites del aeropuerto. La conducción del CIVCa se halla a cargo de una Comisión Directiva elegida por sus socios. Como  instructor de vuelo “ad honorem” se desempeña el piloto Juan Guillermo Dré.

Históricamente los aeroclubes fueron centro de reunión de los amantes de la aviación especialmente los fines de semana cuando socios y aficionados, algunos con sus familiares se acercaban a un aeródromo aunque más no fuera para mirar los aviones u observar los decolajes y aterrizajes de algún alumno recibiendo instrucción.

También fue la ocasión para que muchos hicieran su vuelo de bautismo. En las más   importantes líneas aerocomerciales están volando individuos que, tal vez,  un domingo fueron a un aeroclub tomados de la mano de su padre y efectuaron ese primer vuelo.

Concurrir a un aeroclub era como concurrir a una plaza pública y las únicas limitaciones eran permanecer lejos de las hélices cuando se hallaban girando en tierra.

Reunirse un fin de semana en un aeroclub, comer un asado con amigos y  hacer un vuelo “de turismo” fueron -durante décadas-, algo posible y sencillo.

Pero todo eso cambió. Ahora las cosas son distintas.

Actualmente, si un directivo del club desea concurrir al hangar, debe presentarse en la oficina de la PSA y pedir autorización que le será concedida previo cumplimentar varios requisitos entre los cuales está exhibir su DNI.

A partir de allí, un efectivo de la PSA (hombre o mujer) lo acompañará hasta un portón de ingreso que está cerrado con candado y  procederá a quitar el cerrojo con una llave que se halla en poder de la PSA. Una vez que el socio esté adentro, el portón será cerrado nuevamente con candado y el efectivo de la Fuerza retornará hasta el edificio central del aeropuerto distante unos doscientos metros del portón de marras.

A la hora de salir del aeroclub, el procedimiento es más o menos parecido con la diferencia que hace falta tener un automotor para tocar insistentemente la bocina hasta que la gente de la PSA concurra para abrir el portón. Recuérdese que ellos tienen la llave del candado. 

En el caso que un socio o directivo del club quisiera invitar a un amigo a visitar el hangar, hacer un vuelo de bautismo,  comer un  asado o simplemente  tomar unos mates, será menester que presente una nota ante la PSA con los datos del invitado, pero con no menos de 24 horas de anticipación.

No sería raro que el lector o lectora de este envío, “a esta altura de los acontecimientos” , considera que nos hemos excedido en la ingesta de TT (Tetra Tinto, desde luego y por supuesto).

Ello no es así. Sucede que el procedimiento descripto, además de ser un auténtico despropósito roza lo ridículo, lo inconcebible, lo increíble. 

Según nuestras fuentes, una de las cosas más desagradables está vinculada al hecho de que los efectivos de la PSA –hombres y mujeres-, son personas educadas, amables, correctas y serviciales que se ven obligadas a proceder de una manera  que está lejos de  ser simpática o agradable. Tienen que cumplir con sus obligaciones ejecutando procedimientos dispuestos, en su momento, por el Ministerio de Defensa a cargo de la doctora Nilda Garré y continuados por el flamante Ministerio de Seguridad a cuyo frente se halla la citada funcionaria.

Son normas de control vinculadas a la Seguridad en los aeropuertos argentinos.

La “vocación aeronáutica”, muy propia de los jóvenes, es algo que se ha venido devaluando en las últimas décadas posiblemente a causa del retiro de los subsidios que otorgaba el Estado a los aeroclubes que, actuando como “centros de instrucción”, contribuyeron a la formación de miles de pilotos y al crecimiento de una aeronáutica que contribuyo notablemente al desarrollo del país.

Actualmente, aprender a volar es algo que está al alcance de unos pocos por los altos costos derivados del precio de los combustibles y, desde luego, la falta de subsidios.

Si a esto le agregamos el engorro generado por la PSA para concurrir al aeroclub,  coincidiremos en que todo se torna verdaderamente desalentador.

En nuestra habitual resistencia a perder las esperanzas o suponer que todo está perdido, veríamos con especial agrado que las nuevas autoridades analicen la posibilidad de “darle una mano al CIVCa” y contribuir a que nuestros jóvenes con vocación aeronáutica puedan desarrollarse  profesionalmente y que la PSA termine de entender que los aeronáuticos catamarqueños no son “tira bombas”, ni se dedican al terrorismo. Son personas con deseos de gozar de la grandiosa sensación de libertad que otorga pilotear una aeronave.

 

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