Estremece pensar que alguno de los chicos haya comida tan solo un pedazo de ese pan contaminado.
No solo que irrita sino que resulta indignante advertir que el manejo de alimentos de consumo masivo se halla en manos de imbéciles, desaprensivos e irresponsables pues no otra cosa deben ser los sujetos que intervienen en el manipuleo del pan y de otros muchos productos alimenticios.
Curiosamente, la encargada de bromatología Ana Salcedo dijo que “era poco frecuente que se hicieran denuncias de esta naturaleza”.
¿Qué quiso decir la bromatóloga? ¿Que es algo no ocurra casi nunca? ¿ O que cuando ocurre le dan una “plumereada” a los panes y miran para otro lado ?
Resulta evidente la ausencia el Estado en lo tocante a controlar la elaboración y distribución de alimentos, especialmente los destinados a consumo por parte de los chicos.
Pero “no sólo de pan vive el hombre”. Hay otros alimentos expuestos a los mismos riesgos señalados por los padres de los chicos de la Escuela 182,
Se trata de productos que se venden “sueltos”, “fraccionados al toque” en los almacenes y despensas donde hacen las compras la gente humilde de los barrios aledaños.
Fideos, harina, azúcar, arroz, polenta, aceite y pan de diversas clases –por no citar otros comestibles – se venden fraccionados en estos lugares en los cuales la higiene suele brillar por su ausencia y no sólo las ratas circulan libremente, también hay cucarachas y hormigas.
Por cierto, nadie controla nada. Muchos de estos negocios carecen de habilitación municipal y funcionan en una habitación o en el garage de una casa de familia.
Sería muy conveniente que las autoridades tomaran este asunto de la Escuela 182 como “un caso emblemático”. Que investiguen “hasta el fondo”. “Sin asco”. “Hasta el hueso”. Y que el o los responsables vayan a pasar una temporada en la cárcel para que sirva de ejemplo de modo que nadie se atreva a jugar con la salud de las personas, en particular con la de los chicos.