El numeroso surtido de artículos que ofrecen en venta tiene características similares a las que se comercializan en La Salada y La Saladita o en el Barrio de Once en la ciudad de Buenos Aires.
El éxito de esta suerte de “ferias” radica en el precio singularmente bajo a que se venden artículos ampliamente conocidos y que en los comercios locales se consiguen a precios muy superiores,
A través de las instituciones que nuclean a los comerciantes se elevan notas al municipio quejándose por autorizar el funcionamiento de estas “exposiciones”. Entre los argumentos esgrimidos por los afectados se afirma que los trashumantes comerciantes no pagan tasas, alquiler, luz ni impuestos y que la mercadería es falsificada o de contrabando.
Lo cierto es que cada vez que aparecen estos “feriantes” se repite el problema y los reclamos de los comerciantes vuelven a ser noticia en los medios.
Estas ferias hacen acordar a algún cuento de “Las mil y una noches”, con las caravanas de camellos que llegaban de Oriente trayendo marfiles, oro, piedras preciosas y telas de seda.
Aquí los émulos de esas caravanas no usan camellos ni traen marfiles ni piedras preciosas pero ofrecen un par de zapatillas de marca famosa por menos de la mitad de lo que cuesta en un comercio instalado. Si es “trucho” o de contrabando es otra historia. Lo importante es que no se notan diferencias con lo supuestamente legítimo y los “marqueros” aprovechan la bolada. Es un poco la vieja historia de “partecer” antes que “ser”.
De última y como dijo un célebre filósofo, “siempre que llovió paro”, funciona el “todo pasa” y un día la “caravana” reúne los camellos, carga la mercadería restante y se marcha con rumbo desconocido,
Y para los locales llega la hora del desquite, de recuperar el tiempo (y la plata) perdidos y todo volverá la normalidad.
Porque todos tienen derecho a ganarse la vida como mejor le parezca y en la ley de la oferta y la demanda parece que todo vale. Incluyendo esas zapatillas de marca “made in” Barracas, Avellaneda o donde sea.