Por cierto, los japoneses tienen una larga experiencia en estos asuntos y manejan programas de educación que permiten que desde niños, se les instalen normas pensadas para actuar correctamente en casos de desastres.
Si nos trasladamos a la República Argentina advertiremos que poco o nada existe en esta materia. Cualquier siniestro por pequeño que sea adquiere dimensiones insospechadas y aparece la infaltable improvisación cuando no la avivada.
Por lo general, lo primero que hacemos es organizar colectas o festivales para recaudar fondos o “alimentos no perecederos” para ayudar a los afectados. No viene al caso señalar la forma en que muchos salen del paso con un paquete de medio kilo de fideos de segunda marca.
Lo cierto es que estamos desprotegidos en todo sentido y prueba de ello es lo que sucedió hace un lustro cuando nuestro suelo tembló con una fuerza desconocida hasta ese momento y la población entró poco menos que en pánico.
Nos ha tocado vivir en un área sísmica y lo único que se ha hecho hasta el momento ha sido dictar normas para construir edificios dotados de elementos antisísmicos. Si esas normas se cumplen acabadamente o no, es harina de otro costal. No hay certeza en lo tocante a controles y verificaciones por parte e la autoridad competente
Con posterioridad al sismo ya señalado se adoptaron algunas medidas tendientes a difundir una suerte de organización destinada a que la población estuviera preparada parta actuar llegado el caso. Hubo charlas y conferencias sobre el tema pero al cabo de un corto tiempo, las cosas volvieron “a fojas cero”.
Lo correcto debió ser no solo el dictado de clases ilustrativas sino la realización de simulacros sin previo aviso en las escuelas, oficinas públicas, templos, casas de familia y todos aquellos lugares en los cuales un temblor puede ocasionar víctimas si no existe una preparación adecuada impartida en forma permanente. La constancia en estas como en otras cuestiones es fundamental. Es como el entrenamiento para un deportista.
Sin el menor propósito de actuar como “pájaro de mal agüero” vale señalar algunas circunstancias vinculadas con los temblores de tierra: dejando de lado a Mendoza y San Juan donde la tierra tiembla poco menos que en forma constante, advertiremos que se producen sismos en el Sur de Tucumán, en inmediaciones de la ciudad de La Rioja, a escasos kilómetros hacia el Sud Oeste de nuestra ciudad capital con epicentros relativamente cercanos a nuestro mayor centro poblado sin que, supuestamente, se adopten medidas.
Por cierto, hasta la fecha y pese a los avances de la ciencia, no es posible pronosticar sismos pero es factible prevenir sus ocasionales efectos no deseados a a través de charlas y simulacros que mantengan en alerta a la población.
La difusión de información sobre sismos y la realización de simulacros en las escuelas ofrecen la ventaja de que el alumno traslada sus experiencias a sus mayores en el seno del hogar ampliando de esa forma el número de personas dotadas de una relativa preparación ante un hecho incuestionable como son los temblores de tierra que afectan puntos geográficos próximos a nuestros mayores centros poblados.
Por aquello de que “prevenir es mejor que curar” se impone la adopción de medidas con participación del Cuerpo de Bomberos, Defensa Civil y servicios sanitarios actuando en forma conjunta para instruir a la población con relación a la conducta más conveniente a observar en casos como el que ha motivado estas líneas.
Eludir lo que es una obligación del Gobierno sería un acto reprochable de irresponsabilidad.