Dice la Biblia que aquella fue una noche realmente mágica y que el cielo nocturno lucía una claridad inusual, porque además, se trataba de una noche mágica.
Los regalos recibidos por el Niño se transformaron, con el correr de los siglos, en domésticos regalos para los niños humanos. Al morir los Magos de Belén, la fantasía ha sido alimentada por todas las generaciones y hasta llegó a ser parte fundamental de esa maravillosa edad llamada infancia. Descubrir que los padres suplían a los Reyes Magos, significó siempre una especie de desilusión pero a la vez, anunciaba el ingreso a la edad de la razón. Era duro dejar de lado los preparativos para esperar a los Reyes, cortar pasto de la plaza, poner un recipiente con agua para los sedientos camellos, cuyas huellas nunca fueron encontradas y despertar a la mañana, con la sorpresa de los juguetes pedidos en sendas cartas.
En nuestro actual contexto, los andalgalenses ya no estamos en condiciones de pedir juguetes y fruslerías, pero bien podemos pedir, que en nuestra comunidad haya paz, armonía y reencuentro, capaces de mitigar un poso ese odio irracional que pretenden instalar los autores de la sinrazón, utilizando una metodología nazi-fascista, en el mundo maniqueo creado por ellos mismos.
Podemos pedir que se nos regalen las rutas que necesitamos para comunicarnos con el mundo; un nuevo y bello hospital con todos los servicios para que los pacientes dejen de sufrir el traqueteo de los casi 350 kilómetros hasta la Capital; podríamos pedir como regalo, que el Intendente trabaje junto al senador y que dejen de pelearse; que los docentes formen a conciencia a las nuevas generaciones; que no haya hambre ni miseria en los hogares y que los hermanos no se separen jamás.
Pero claro, ya estamos grandes y esos pedidos no se concretan con pases mágicos, sino con acciones concretas y comunes de todas las personas de buena voluntad que realmente quieran a su pueblo y aporten sus mejores afanes para la construcción de la Nueva Andalgalá.
En esta noche mágica y celestial, está bueno que sigamos soñando, como cuando éramos niños, para que la fantasía no se extinga y en un intento absurdo, volver un poco a ser niños, como cuando creíamos en los Reyes Magos.