Pasa el tempo y la enorme y emblemática estructura, que encierra un mundo de historia y tradición, muy caras para el sentir de la comunidad de Andalgalá más allá e cuestiones religiosas, y los intríngulis burocráticos demoran tanto que rayan con la burla a todo un pueblo que grita en silencio, su descontento ante tanta indiferencia, tanto que nadie se siente e condiciones de brindar explicaciones al respecto.
Lo último que se supo es que el proyecto habría sido girado al Tribunal de Cuentas para su aprobación, sin que hasta e momento, alguien haya informado acerca del estado del engorroso trámite.
El estado del templo es calamitoso casi bochornoso vergonzoso y permanece ahí, al frente mimo de la plaza principal, como mudo e inapelable testigo de la desidia, sobre todo de las autoridades eclesiásticas que ya han demostrado un innegable desinterés por las cosas que les ocurren a la feligresía andalgalense, privada de un lugar digno para la oración y el recogimiento.
Así se ve, así se vivencia y así se describe y el que le quepa el sayo que se lo ponga, porque ya va siendo hora de decir las cosas como son y de que cada cual se haga responsable de lo que le corresponde.