Una ciudad sin campanas

Andalgalá © Desde la más remota antigüedad, los pueblos organizados golpeaban un elemento sonoro para convocar a la comunidad para la toma de decisiones importante para el conjunto, o para que sus celebraciones paganas fueran más ruidosas y alegres.  
lunes, 30 de abril de 2012 00:00
lunes, 30 de abril de 2012 00:00

Con el descubrimiento y utilización de los metales, se inventaron otros objetos sonoros a los que la humanidad llamó “campanas”, colocadas en lo alto, en las lomas, en las torres de las iglesias o en cualquier otro sitio desde donde pudiera multiplicar sus sonidos. Utilizados por la gente para la convocatoria popular, podría decirse que no hay pueblo en el mundo que no tenga su campana que suene con cada acontecimiento alegre o para despedir a los muertos que se van.

Es decir, en el mudo, aún globalizado, hay un pueblo que ha enmudecido sus campanas. Se llama Andalgalá, el pueblo que ha silenciado sus campanas desde hace ya varios años, como para convertirlo en un pueblo demasiado triste. Ha callado sus campanas y también pretende detener el tiempo al no poner en marcha el reloj público ubicado en la cúspide de su abandonado templo.

Los que conducen al pueblo viven tan aislados del pensamiento comunitario que acaso no se percatan de la angustia que ese silencio de campanas genera en la gente.

Los más silenciosos esperan que las rifas se vendan pronto para ver si se puede reunir los más de 2 millones de pesos  que costará el arreglo del tempo en donde se ubican las campanas memoriales, que deben volver a sonar para que esta ciudad tenga gente alegre y sobre todo, conforme con sus autoridades civiles y eclesiásticas, que viven en un eterno tira y afloje sin ponerse de acuerdo jamás.

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