Estos jóvenes no llevan casco ni otra medida de protección personal, a veces alcoholizados, en vehículos sobrecargados y sin respetar mínimamente las normas de tránsito, sin que nadie les diga nada y los agentes municipales miren para cualquier lado, acaso por temor al qué dirán, porque casualmente, la gran mayoría de esos chicos de 12, 13 ó 14 años, son “hijos de”, lo que parece que los hace intocables.
La gente opina y nosotros nos hacemos eco de lo que se dice y en muchos casos debemos dar la razón a esas voces que sin interés particular alguno, solamente piensan en el bienestar de la comunidad.
Tienen razón las voces cuando aseguran que los niños son auspiciados por su padres para manejar los rodados, cuando van al boliche y transgreden las ordenanzas de prohibición de ingerir bebidas alcohólicas, porque son ellos quienes proveen de dinero para ese consumo, cuando se enojan con la autoridad cada vez que se les aplica una multa, y son ellos los que podrían llorar ante lo fatal.
También asegura la gente, que hay responsabilidades que son compartidas y recurrentes, por más que la autoridad de aplicación sea inepta y negligente, el sentido común debe motivar para que esos adolescentes inmaduros e irresponsables, tengan un poco más de control por parte de sus permisivos padres, y como corolario, afirma que “más vale prevenir que curar”.
Mientras tanto, y hasta que alguien haga algo, los menores al volante siguen siendo una constante amenaza para la seguridad de los inocentes peatones que no ganan para sustos, en la convulsionada ciudad de Andalgalá.