Homenaje a Mons. Pedro Alfonso Torres Farías

En la mañana de este miércoles 5 de noviembre se realizó un homenaje a quien fuera el 6º Obispo de Catamarca durante 25 años, Mons. Pedro Alfonso Torres Farías al cumplirse 25 años de su fallecimiento.
martes, 5 de noviembre de 2013 00:00
martes, 5 de noviembre de 2013 00:00

Para participar de los actos llegaron a Catamarca la hermana de Mons. Torres Farías y algunos de sus muchos sobrinos. Un cuadro con una pintura del este gran Obispo de Catamarca acompañaba estos actos, al igual que tres fotografías tomadas por el profesional Rodolfo Contreras a Mons. Torres Farías en ocasión de la visita del Papa Juan Pablo II a la Argentina en abril de 1987.

El acto tuvo lugar en la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Valle y se dividió en tres partes. Al comienzo ofreció una breve conferencia la religiosa franciscana Hna. Hilda Facciolli quien fuera mano derecha del recordado pastor y como tal pudo conocer profundamente su acción pastoral como también sus abundantes virtudes.

Al comienzo de su exposición, la Hna. Hilda dijo que "hablar de Mons. Torres Farías no es para mí tan sólo hablar de alguien a quien conocí y que quedó archivado en el pasado. Es más bien hablar de alguien a quien siento presente y cuyo amor paternal y protector experimento como algo actual. Con estos sentimientos, diré unas pocas cosas acerca de él. Lo primero que me viene a la mente es la paz con la que enfrentaba todos los retos de la vida. Esa paz, que era una especie de casi imperturbable tranquilidad interior y exterior, no la perdía ni siquiera ante los inconvenientes más graves. Eso lo disponía para pensar las cosas, para actuar desde la reflexión, para no dejarse gobernar por los impulsos del momento. Por ello, desde la paz, Mons. Torres solía obrar con rectitud, con justicia, con razonabilidad. Junto a la paz, evoco también el silencio y la escucha. Era un hombre de pocas palabras, más bien dispuesto a escuchar que a hablar. A veces escuchaba para aprender. Otras veces escuchaba para entender. Y luego rumiaba lo escuchado. No siempre respondía. Cuando lo hacía, empleaba pocas y significativas palabras. Me parece que se guiaba en este punto por las palabras que dijo Jesús: "Les aseguro que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio" (Mt 12, 36); y también por lo que dijo Santiago: "que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar" (1, 19). Esto ocurría de un modo especial en las numerosas audiencias que concedía. Escuchaba con paciencia y atención a toda persona que fuese a verlo. Por cierto, yo no estaba en las audiencias. Pero veía el resultado de ellas en la actitud de las personas que habían estado con él. Salían invariablemente satisfechas por haber sido escuchadas con sincero interés y real preocupación".

A continuación actuaron alumnos del Conservatorio Mario Zambonini ofreciendo un recital musical a la memoria del prelado homenajeado.

Por último sacerdotes del clero diocesano concelebraron la Santa Misa, presidida por el Vicario General Pbro. Julio Quiroga del Pino.

Texto completo de la conferencia

Antes de decir dos o tres cosas acerca de Mons. Pedro Alfonso Torres Farías, querría hacer algunas advertencias previas. Primero, que tuve la gracia y la dicha de cooperar con él durante dieciocho años, desde 1970 hasta su muerte. De modo que he podido conocerlo en casi todas las distintas facetas de la vida. Segundo, que mientras colaboré con él, siempre lo sentí un padre, a quien amé y por quien me sentí estimada. De manera que todo lo que diga de él, lo diré con cariño de hija.

Tercero, que aún hoy experimento una gran cercanía con Mons. Torres Farías. Tanto que, cuando tengo alguna necesidad, desde una piedad muy personal dirijo a él mi pensamiento y le pido ayuda, ya que sinceramente creo que, por la cualidad de su persona y la rectitud de sus obras, está en el cielo. En mi fuero interno yo ya lo canonicé. Mis palabras, por tanto, surgirán de una especie de veneración personal. Por ello, hablar de Mons. Torres Farías no es para mí tan sólo hablar de alguien a quien conocí y que quedó archivado en el pasado. Es más bien hablar de alguien a quien siento presente y cuyo amor paternal y protector experimento como algo actual. Con estos sentimientos, diré unas pocas cosas acerca de él. Lo primero que me viene a la mente es la paz con la que enfrentaba todos los retos de la vida. Esa paz, que era una especie de casi imperturbable tranquilidad interior y exterior, no la perdía ni siquiera ante los inconvenientes más graves. Eso lo disponía para pensar las cosas, para actuar desde la reflexión, para no dejarse gobernar por los impulsos del momento. Por ello, desde la paz, Mons. Torres solía obrar con rectitud, con justicia, con razonabilidad. Junto a la paz, evoco también el silencio y la escucha. Era un hombre de pocas palabras, más bien dispuesto a escuchar que a hablar. A veces escuchaba para aprender. Otras veces escuchaba para entender. Y luego rumiaba lo escuchado. No siempre respondía. Cuando lo hacía, empleaba pocas y significativas palabras. Me parece que se guiaba en este punto por las palabras que dijo Jesús: "Les aseguro que de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio" (Mt 12, 36); y también por lo que dijo Santiago: "que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar" (1, 19). Esto ocurría de un modo especial en las numerosas audiencias que concedía. Escuchaba con paciencia y atención a toda persona que fuese a verlo. Por cierto, yo no estaba en las audiencias. Pero veía el resultado de ellas en la actitud de las personas que habían estado con él. Salían invariablemente satisfechas por haber sido escuchadas con sincero interés y real preocupación. Con relación a las audiencias y a las demás actividades, Mons. Torres era muy puntual y organizado. Se estipulaba un horario de comienzo de cada audiencia y su término estaba fijado por el comienzo de la audiencia siguiente. De modo que la gente sabía a qué hora debía llegar y hasta qué hora se quedaría. Esto ayudaba a la organización de la vida de Mons. Torres y a la vida de los demás. Por otra parte, las audiencias eran organizadas con relación a las autoridades del Obispado. Quiero decir que no siempre las personas eran recibidas por el Obispo. A menudo lo eran por los correspondientes vicarios o por otras autoridades. De ese modo el Obispo orientaba a las personas hacia la autoridad eclesiástica correspondiente. Me parece que, obrando así, Mons. Torres confirmaba la competencia de las personas a las que él mismo había nombrado y hacía más eficaz el trámite de la audiencia misma. Sin embargo, es necesario señalar que él no hacía acepción de personas, como eligiendo a quién recibir y a quién no. Él estaba dispuesto a recibir a toda persona. Pero pensaba en una recepción que fuese provechosa para la persona interesada.

Mons. Torres era reservado; tirando a serio; pero no de mal carácter. Al contrario, tenía un gran sentido del humor. Pero era medido incluso en esto. Quiero decir, si festejaba una humorada lo hacía con mucha mesura. Por otra parte, si algo no le gustaba, no perdía los estribos, no se dejaba arrastrar por la ira; quizá ni siquiera experimentaba ira. Sin embargo, con gestos levemente perceptibles, con pocas palabras, con actitudes muy contenidas, manifestaba su desagrado por lo que le parecía inconveniente. No hablaba mal de los demás. Tampoco era dado a la alabanza de nadie. Sin embargo, era claro que distinguía entre los que obraban bien y los que obraban mal. Pero no para canonizar a unos y condenar a otros. Más bien, para saber cómo obrar del modo pastoralmente más oportuno, de manera que su acción promoviese lo bueno e invitase a la conversión desde lo malo hacia el bien. Aunque era muy humilde, su presencia imponía respeto. Pero no un respeto basado en el temor, sino más bien un respeto que era expresión de una cierta veneración o de un reconocimiento de la integridad de su vida. En todo era parco. Para hablar, para comer, para utilizar las cosas, para los gestos, para las acciones. No era de moverse mucho, pero sí de interesarse mucho acerca de las personas, los acontecimientos, las cosas. Pero se trataba de un interés propiamente episcopal. Era asombroso cómo conocía a las personas, estaba enterado de los más diversos sucesos y manejaba en detalle las cosas de la Diócesis. Por eso obraba con seguridad y transmitía seguridad a los demás en su accionar episcopal. Me vienen a la mente las palabras que dijo Jesús a los discípulos cuando lo vieron caminar sobre el mar de Galilea y se asustaron: "¡Ánimo! Soy Yo. No teman" (Mt 14, 27). También los fieles de la Diócesis podían sentir tranquilidad porque el Obispo estaba allí, transmitiendo seguridad cristiana en las más diversas circunstancias. Hay que apuntar, sin embargo, que la seguridad del Obispo no nacía de la soberbia, que le era totalmente ajena, sino de la confianza que ponía en el Señor y del reconocimiento de los dones qué el mismo Señor había depositado en los que cooperaban con él. En su vida personal perseveró en las prácticas sencillas que aprendió en su hogar paterno y en la Orden Dominicana. Siempre se reconoció como un hombre de campo y vivió aferrado a la sencillez que caracteriza a la gente del interior. También reconoció siempre y públicamente que todas sus riquezas intelectuales y espirituales las debía a la Orden Dominicana, por la que experimentó hasta el fin gratitud y profundo amor. Por eso usaba sotana blanca, porque blanco es el hábito de los frailes dominicos. En fin, aunque podría seguir comentando aspectos de la personalidad y la vida de Mons. Torres Farías, pondré término a mis palabras expresando al Señor mi gratitud por haberme concedido la gracia de conocer a este hombre religioso, piadoso y prudente, que, en arios sumamente difíciles, guió con sencillez, grandeza de corazón y seguridad la vida de la Iglesia de Catamarca. Cuando terminaba la Misa, Mons. Torres solía decir: "Hemos cumplido con el Señor, podemos marchar en paz". Yo digo ahora, "a este hombre bueno y fiel que ha cumplido contigo, concédele, Señor, vivir en tu paz". Amén.

 

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