Ya nadie se acuerda cuando salíamos de casa y no existía la necesidad de saber a dónde estamos o dejamos de estar, si ya tomamos el colectivo o llegamos al lugar de destino, si compramos lo pedido o pagamos las deudas, si estamos saliendo o por dónde vamos.
Ahora es común, y desde hace varios largos años, que las personas tengan la urgencia de saber todo del otro a través de los benditos mensajes o alguna llamadita rápida, cuando hacía cinco minutos nos habíamos visto en casa.
Parece ser algo sin sentido, pero real. ¿Será que nos queremos más? Nada de eso, o si. Pero lo cierto es que la necesidad del celular se ha convertido casi en una convención social, donde hasta aquellos que se resistían terminaron aflojando. Niños, adolescentes, jóvenes, padres, madres, abuelos, abuelas, todos, no queda afuera nadie.
No todo es negativo, teniendo en cuenta que por estos tiempos contar con un celular saca de apuro a más de uno, pero a veces el abuso de su uso se propaga.
Primero aparecieron los denominados “ladrillos”, en la década del 90, que eran utilizados solo por los empresarios o por trabajadores que pertenecían a compañías que requerían de un celular por motivos empresariales.
Con el correr de los años y la aparición de nuevas tecnologías, los aparatos se fueron modernizando y su necesidad se fue generalizando.
La realidad es que hemos perdido la memoria de cómo era nuestra vida sin tener que explicar tanto lo que hacemos o dejamos de hacer a través de un mensaje o una llamada, sin tener que estar constantemente con el aparato en la mano conociendo todo y más del otro.
En definitiva, es una necesidad necesaria pero no tanto.