Sin embargo, el título de "santo” pronto comenzó a ser
atribuido de un modo especial a los bautizados que habían vivido su pertenencia
a Cristo con una plenitud mayor, esto es, a los mártires (testigos). A partir
del siglo III también se llamó "santos” a aquellos que, sin haber derramado su
sangre, habían sufrido por la fe. Eran los "confesores”. Paulatinamente se
extendió el concepto de "confesores” a los ascetas, a las vírgenes, a los
obispos y demás fieles que habían honrado el nombre de cristianos con la
perfección de sus vidas.
Para poner orden en el culto que los fieles tributaban a los
"mártires”,
Pero tanto la feligresía cuanto los teólogos no dejaron de
tener presentes a los cristianos ejemplares cuyos nombres permanecieron en el
anonimato. Y a esto se debe la celebración colectiva de Todos los Santos. En
efecto, a partir de la segunda mitad del siglo IV, el calendario de Nicomedia
anunciaba para el viernes de la octava pascual la fiesta de "todos los santos
confesores”. En Roma, el papa Bonifacio IV, a comienzos del siglo VII, dedicó
el Panteón en honor de "santa María y de todos los santos mártires”, y su
aniversario se celebró durante mucho tiempo el 13 de mayo. En el siglo
siguiente aparece en Inglaterra una nueva solemnidad, la de Todos los Santos,
que se fija para el 1 de noviembre. Esta Fiesta, que se propagó por el imperio
carolingio a lo largo del siglo IX, es la actual Solemnidad de Todos los
Santos, en la cual se celebra la entrada en el cielo, se invoca la intercesión
y se expresa el propósito espiritual de seguir el ejemplo de aquellos
discípulos de Cristo en quiénes más ha resplandecido su imagen, pero cuyos
nombres, aunque están inscriptos en el Libro de
Por otra parte, ya desde comienzos de la historia de
La unión del culto a los santos con el culto a los difuntos
nos recuerda anualmente que no hay más que una sola ciudad de los vivientes, de
los cuales algunos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican;
otros, finalmente, gozan de la gloria, contemplando claramente a Dios mismo,
Uno y Trino, tal como es; mas todos, en forma y grado diverso, vivimos unidos
en una misma caridad para con Dios y para con el prójimo y cantamos idéntico
himno de gloria a nuestro Dios. Pues todos los que son de Cristo por poseer su
Espíritu, constituyen una misma Iglesia y mutuamente se unen en El (Lumen
Gentium, n. 49).
En
Esta doble celebración nos enseña, por tanto, que la unión
de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de
ninguna manera se interrumpe, antes bien, según la constante fe de