El letargo de un pueblo que supo ser agrícola

Es desolador observar cómo San José, al igual que otras localidades tierra adentro del departamento, que han tenido históricamente como modo de vida la agricultura han sido abandonadas por sus pobladores que emigraron a la ciudad en busca de mejores servicios, más comodidades, pero sobre todo trabajo formal. En un recorrido por el pueblo se pueden observar más de 30 viviendas abandonadas.
martes, 18 de marzo de 2014 16:14
martes, 18 de marzo de 2014 16:14

San José, bendito por sus tierras fértiles, supo cosechar uvas y ser abastecedor de enormes cantidades de tomate y verduras de hojas verdes que abastecía el mercado interno y se completaban camiones que eran vendidos en otros departamentos vecinos. Debido a las políticas implementadas por el Estado en los últimos 30 años, en un mal entendido paternalismo -sistema del que los gobernantes de hoy reniegan porque no pueden sostener-, se transformó en un pueblo donde quedan no más de 20 familias. La mayor parte de ellas se concentran en el barrio 25 viviendas construidas por el estado y que fueron entregadas hace una década. Cientos de hectáreas cultivadas, decenas de viviendas, miles de sueños truncados, forman parte de la historia de la época dorada, de los que hoy sólo quedan ruinas.

San José está ubicado a 12 kilómetros hacia el noreste de la cabecera departamental. Allí aún se siembra, pero no alcanza ni al 10 por ciento de lo que en algún momento de la historia se produjo. No hay otra fuente de trabajo y la vida de sus pobladores gira en torno a algún empleo público y la escuela que contiene a la población infantil.

Algunos vecinos consultados argumentan que el éxodo se dio cuando comenzaron a entregar viviendas en Tinogasta y la gente dejó sus cultivos y se trasladó al centro. Otros hijos del lugar emigraron en búsqueda de trabajo principalmente al sur del país, y regresaron mientras sus padres vivían pero cuando desaparecieron físicamente, ya no volvieron más. "Desde que empezaron a hacer las viviendas en Tinogasta se fueron familias completas y dejaron acá las casas paternas porque les queda más cerca para todo. Ahora hay poca siembra, antes había mucho tomate. La gente se fue con la esperanza de estar mejor pero no veo que sea así, a veces se van solo por la vivienda pero dejan todo acá", cuenta una lugareña Mercedes de Reales.

Los vecinos recuerdan la época de los Carrión, casa que se convirtió en el portal de ingreso a la localidad y que hoy se encuentra parte de ella derrumbada por la caída del gajo de un árbol. Las familias Perea, Morales, Díaz, Nieva, entre otras.

A la lucha por sobrevivir en la pobreza, porque no hay fuentes de trabajo. Alguna vez, la zona supo contener la Bodega Pizzeta, diferimientos impositivos como Meulén que desmontó alrededor de 600 ha para sembrar pistacho, olivos y álamos, que hoy también se encuentra totalmente abandonado y lleno de arbustos; establecimientos donde se produjo tomate deshidratado, que también se abandonó. Sólo un diferimiento Arenales, en Santo Tomás, localidad vecina, aún se mantiene con vid.

"La gente joven se fue en busca de trabajo. Acá se sembraba mucho pero lo que se produce no tiene el valor suficiente que permita vivir. Yo vivo con mi familia acá porque tenemos medio de movilidad y un trabajo del Estado. La gente que queda y tiene su viña trata de mantenerla porque la uva tampoco tiene buen precio para mantener los gastos que se producen durante todo el año", dijo Juan Carlos Acosta.

Este año el gobierno municipal realizó la pavimentación del ingreso a la localidad, que era un pedido reiterado de los pobladores porque taxis y remises, que es el único servicio de transporte que llega, ya no quería entrar a la localidad. Ésta desolada comunidad, subsiste prácticamente sin ayuda de autoridades, pero advierten casi de manera resignada que las nuevas generaciones se marcharan inevitablemente del lugar, y casi como un destino ya marcado, la pintoresca localidad de San José transcurre en la tristeza que produce la indiferencia.

La familia Pizzeta

La familia Pizzeta es uno de los recuerdos más gratos de la época de gloria de San Antonio, localidad pegada a San José y Cachiyuyo, donde quedan escasamente dos familias. Los Pizzeta llegaron de Chilecito poco después de mitad del siglo pasado. Emparentados con los Mott, junto a los Graffigna fueron los que aportaron tecnología en cuanto a construcción de viñedos. Su empresa fue tan importante que junto con Graffigna desarrollaron la viticultura en este departamento, según contó el enólogo Arturo Barboza. Por ésa época debido a la gran cantidad de familias que vivían cerca del emprendimiento, colaboraron en la construcción de la escuela de El Cachiyuyo, que hasta el año pasado sólo poseía 4 alumnos, debido a la falta de habitantes en la zona.

Los Pizzeta, poseían avión y pista de aterrizaje en la finca, que les permitía estar permanentemente en contacto con Catamarca y Chilecito.Por esa época toda la zona no disponía de electricidad, pero la bodega tenía generadores de  electricidad para mover las máquinas. La bodega  poseía una capacidad de 1,5 millones de litros de vino y el laboratorio era uno de los más completos para ésa época. Sólo las ruinas dan origen a relatos increíbles que dan cuenta de que allí se gestaron sueños de muchas personas.

"Los subsidios que prolongan la agonía”

Ante la pregunta de qué se debe hacer para sostener las economías locales, potenciarlas y permitirles el desarrollo a las familias en su lugar de origen, una de las primeras respuestas que se presentaron los últimos años para paliar la crisis son los subsidios. No obstante, está ampliamente comprobado que no soluciona nada, sino que más bien prolonga la agonía.

Es cierto que las acciones aisladas fueron varias veces utilizadas por los gobernantes para mantener popularidad y obtener otro tipo de réditos, sin embargo a la producción no le aporta en esencia.

Existen antecedentes de profundas crisis agropecuarias alrededor del mundo donde se han aplicado lo que funciona como un ABC: la inversión en ciencia y tecnología para obtener producciones más eficientes. Eso implica inversión en infraestructura, estudios de mercado, control de costos de producción, mejores condiciones comerciales, apertura de mercados externos, valor agregado e industria.

Los productores que producen eficientemente no requieren de asistencia del Estado, más que el acompañamiento en las políticas agrarias, y todo lo demás suma al engranaje de mano de obra, crecimiento y desarrollo.Pero para que todo esto ocurra también se requiere de algo no menos importante de quienes tienen la capacidad organizativa de un plan estratégico, y es la voluntad política de permitir al sector agropecuario su despegue real y no discursivo. Para lograr la consolidación de fincas sostenibles, también hay que trabajar en mejorar en cantidad y calidad de las materias primas, y por sobre todas las cosas promover el arraigo de los productores en el campo, cosa que con San José –entre otros pueblos- se evidencia que no está sucediendo.
Teniendo cultivos eficientes, se garantiza la rentabilidad y también el cese del golpeteo de manos permanente en Casa de Gobierno por un subsidio. Fuente: Wella Digital

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