Puede demostrarse en hechos tan actuales como el racismo, la
droga o el alcohol. O en todos esos horribles crímenes cometidos por
totalitarismos ateos sistemáticos a lo largo del siglo XX: desde el genocidio
nazi de Hitler hasta el de Pol Pot en Camboya, pasando por los del leninismo,
el stalinismo o el maoísmo.
Lo peor es que la mayor parte de esos crímenes masivos se
cometieron en nombre de teorías que en su momento recibieron el aplauso de
millones de personas. Fueron auténticos infiernos fabricados por unos hombres
que buscaban un mundo que se bastaba a sí mismo y no tenía ya necesidad de
Dios.
El ingeniero, escritor e intelectual Luis Racionero sostiene
que ‘no basta con la razón para que una sociedad sea justa, solidaria y
equilibrada. Para que haya equilibrio en la persona y en la sociedad, se
necesita atender, junto con la razón, a la voluntad y a la sensibilidad. La
persona y la sociedad deben proponerse buscar lo bueno, lo verdadero y lo
bello; y eso supone hablar de voluntad, inteligencia y sentimientos; y a su vez
de la ética, la ciencia y el arte. Cuando se idolatra un método de la
inteligencia, como es la razón, sin encumbrar a su altura la ética y la
estética, se desequilibra al individuo y la sociedad. Ese ha sido el fracaso de
la Ilustración’.
Ésta fracasó por creer que de la razón se deriva
automáticamente la ética, lo cual se ha demostrado falso al contrastarse con la
realidad. La razón no puede ser salvada por la razón. Eso sería ilusorio. Esos
crímenes han demostrado lo que puede llegar a hacer el hombre. Y hemos visto
cómo la razón no ha impedido nada.
Los ilustrados creían que mostrando al hombre lo razonable,
éste lo adoptaría, y la razón sería suficiente para organizar la sociedad. Pero
no ha sido así. No basta con proclamar lo razonable para que los hombres lo
practiquen.
El comportamiento humano está lleno de sombras y de matices
ajenos a la razón, que campan por sus respetos moviendo resortes de la voluntad
y el corazón. El cardenal Jean-Marie Lustiger afirmaba que ‘se salva el honor
de la razón al reconocer los peligros que encierra’. La razón está en los
hombres concretos, y está por tanto sujeta a errores. Puede ofuscarse, puede
llegar al extravío, incluso a la perversión. Concebir la razón como la gran
soberana, independiente del bien que debe buscar el hombre, es quizá como
ponerse en manos de una computadora: es un instrumento muy capaz, procesa gran
cantidad de datos que toma del exterior, todo su desarrollo es perfectamente
lógico, pero alguien tiene que asegurar que está bien programado. La verdadera
fe es una guía insustituible, pues la razón puede extraviarse.
Con lo que digo no estoy menospreciando la razón, todo lo
contrario. La razón es una de las más nobles capacidades que distinguen a la
especie humana, y nos alegra ver sus triunfos, y las conquistas de la ciencia,
y su lucha por construir un mundo mejor. Pero conviene recordar siempre la
limitación humana, así como el orden natural fijado por Dios, que permite al
hombre preservar su dignidad y evitar muchos errores.
La historia está llena de cadáveres ideológicos, y a nadie
le extraña encontrarlos perfectamente alineados cuando vuelve la vista atrás
para aprender de la historia. Y entre ellos, salpicados a lo largo de los
siglos, puede verse a toda una legión de profetas que han ido asegurando –sobre
todo en los últimos doscientos años– la pronta y definitiva desaparición de la
religión y de la Iglesia.
Sin embargo, la historia muestra que son precisamente los
que con tanta pasión hacen esas condenas y esas profecías quienes desaparecen
uno tras otro, mientras la Iglesia continúa adelante después de dos mil años, y
la religiosidad sigue siendo una constante en todas las civilizaciones de todos
los tiempos.
La Iglesia, que ha presenciado catástrofes que barrieron
imperios enteros, atestigua con su mera subsistencia la fuerza que late en
ella. Napoleón Bonaparte solía afirmar que ‘los pueblos pasan, los tronos y las
dinastías se derrumban, pero la Iglesia permanece’. Algo que hace sospechar que
lo religioso forma parte de la naturaleza del hombre, y que la Iglesia está
alentada por un espíritu que no es de origen humano.
La modestia intelectual juega un papel importante en la
búsqueda de la unidad del saber. En el nº 40 de la encíclica Fe y Razón, Juan
Pablo II cita textualmente a San Agustín, quien se refiere a su propia
experiencia, narrando que, incluso antes de consolidar sus convicciones
católicas, había comenzado «a dar preferencia a la doctrina católica, porque me
parecía que aquí se mandaba con más modestia, y de ningún modo falazmente,
creer lo que no se demostraba -fuese porque, aunque existiesen las pruebas, no
había sujeto capaz de ellas, fuese porque no existiesen-, que no allí, en donde
se despreciaba la fe y se prometía con temeraria arrogancia la ciencia y luego
se obligaba a creer una infinidad de fábulas absurdísimas que no podían
demostrar». La fe cristiana es una garantía en la búsqueda de la unidad del
saber. Es fácil comprobar que, cuando se busca la unidad del saber desde una
perspectiva atea o materialista, fácilmente se acaba admitiendo, con una
especie de fe irracional, tesis que ni se pueden demostrar ni comprobar ni
realmente se entienden. Se pide, por ejemplo, admitir que el universo ha podido
surgir de la nada sin ser obra de un Creador; o que la naturaleza que conocemos
es el resultado de puras fuerzas ciegas; o que las características humanas se
reducen a ser simples epifenómenos de la realidad biológica subyacente.
Espero, querido lector, le haya sido útil la reflexión. Que
tenga un buen día.
+Luis Urbanč