Muchos, soportando el dolor que ello implica, se encomiendan a la virgen y recorren distancias enormes de rodillas, sólo para llegar a la Catedral y estar con María. Al llegar, los aplausos de los fieles los empujan a transitar los últimos metros que, aunque parezca increíble, se transforman en los más largos de todos.
Con las últimas fuerzas, muchos peregrinos llegan a Catamarca después de haber recorrido durante días enteros y bajo inclemencias climáticas muchas veces adversas, cientos de kilómetros con un solo objetivo: caminar junto a la Virgen durante la solemne procesión.
Y allí estarán, como todos los años, rezando, orando, y celebrando; con la alegría de saber que tratándose de la Virgen del Valle, no hay dolor, distancias ni adversidades más fuertes que ese amor incondicional a María.