No había lugar para ellos. La consigna "civilización o
barbarie”, impulsada desde fines del siglo XIX, los expulsaba de la nueva
sociedad moderna que se empezaba a construir. Así, los pueblos originarios
pasaron a ser un estorbo, una prueba del atraso que debía ser eliminado,
erradicado y desaparecido.
A las masacres y la apropiación de tierras durante la
llamada Campaña del Desierto se sumaron luego las voces de la escuela y los
medios de comunicación, que contribuyeron con estereotipos negativos sobre la
figura de los pueblos indígenas o a su invisibilización. Pero el presente
parece mostrar un cambio de tendencia.
"Hay un proceso de reemergencia de las identidades, de las
organizaciones, de la voz indígena y de la visualización de sus prácticas en
Argentina y en el continente entero”, asegura Félix Acuto, doctor en
Antropología e investigador adjunto del CONICET. Junto a su equipo, estudia las
formas en que los pueblos originarios construyen su identidad y reivindican sus
costumbres y su historia.
Este resurgimiento de la identidad indígena, explica el
académico, puede encontrar su génesis en la existencia de derechos. "Hay un
reconocimiento en las constituciones, en la firma de tratados internacionales.
Es decir, ahora tienen herramientas para
pelear”, explica el académico, quien se doctoró en la Universidad del Estado de
Nueva York y es docente de la Universidad Nacional de La Matanza.
Cuando la tierra llama
Los pueblos originarios, explica Acuto, consideran que las
identidades no son modificables o de construcción. "Según ellos, hay una
cuestión esencial de identidad indígena: si uno es descendiente de los pueblos
originarios, en algún momento, va a sentir el llamado de la Tierra. Es algo que
tiene que ver con el ser y con una subjetividad ligada a la tierra y al mundo”,
detalla.
Uno de los principales problemas que enfrentan las
comunidades originarias son las visiones estereotipadas. "Mucha gente -alerta
el académico- sigue pensando que los indígenas no existen más, que existieron
pero hace 150 años. No es que desaparecieron y vuelven de la nada, sino que
vuelven por la existencia de nuevos derechos y porque hay una base cultural que
sobrevivió”.
El antropólogo explica también que, si bien a nivel
discursivo y en la esfera pública hubo tal vez un retraimiento de las
comunidades originarias, "a nivel privado se mantuvieron estas prácticas culturales.
Es decir, en público se canta el himno, se habla en español y se festeja el 25
de mayo, pero en el ámbito privado se habla en mapudungun -nombre de la lengua
mapuche- y realizan sus prácticas culturales”.
Nuevas leyes para viejos derechos
El desarrollo y surgimiento de variadas herramientas legales
resultaron clave para los pueblos originarios a la hora de luchar por sus
derechos, como lo fue por ejemplo el reconocimiento en la Constitución. "La de
1853 dice únicamente que había que pacificarlos, en cambio la de 1994 reconoce
su preexistencia al Estado y establece que se le deben dar recursos y tierras”,
agrega.
Sin embargo, aclara que todavía hay muchas cuestiones por
superar, como por ejemplo el hecho de que para constituirse frente al Estado,
cada comunidad se debe presentar con personalidad jurídica. Al tener una fecha
de inicio, quedaría sin efecto la condición de preexistencia. "Los pueblos
originarios consideran que, al no ser ni una ONG ni una sociedad civil, el
Estado debe implementar otros mecanismos para reconocerlos”, indica.
Otra de las problemáticas es la que se presenta con las
tierras. "Está la ley 26.160, que prohíbe los desalojos a comunidades de
pueblos originarios- expone el investigador-, aunque esto no siempre se cumple.
Además, tienen una concepción distinta de lo que significa la propiedad. En el
Estado moderno, la tierra es individual, en cambio ellos proponen una propiedad
colectiva”.
Según Acuto, uno de los principales objetivos de las
comunidades indígenas es tomar la voz. "No quieren que nadie hable por ellos,
sino que quieren hacerlo en primera persona. Muchas veces se reproduce esta
visión paternalista del ‘pobre indio’, que no entiende”, asegura.
El antropólogo también explica que "reclaman el derecho a la
consulta: cada proyecto que se realice en terreno de los pueblos originarios y
que afecte directa o indirectamente sus derechos, sea desde un proyecto de
investigación hasta una empresa de extracción de recursos naturales, debe tener
su consentimiento. Y todavía estamos lejos de eso”.
De la complicidad a la crítica reflexiva
Como en otras esferas de problemática social, la ciencia
también jugó un rol importante en la invisibilización y las visiones
estereotipadas de los pueblos originarios. "En el siglo XIX y hasta mediados
del siglo XX, los académicos fueron funcionales a las políticas del
Estado-Nación. E, incluso, hay algunos casos recientes, como un libro publicado
en 2007 de colecciones hechas por antropólogos y arqueólogos, que hablan de los
diaguitas como ‘un pueblo del que solo quedan recuerdos’”, asevera Acuto.
Si bien para el investigador hubo un cambio radical en los
últimos años de parte de la academia al tomar una postura reflexiva y crítica
sobre su papel en el pasado y en el presente, también aclara que todavía hay
varios aspectos para corregir, como el hablar en lugar de ellos o no difundir
los avances en la materia.
"En lugar de ponerse a su disposición y ser un instrumento
de una organización, suelen tomar una posición por arriba de ellos”, alerta
Acuto, y agrega que "muchos han construido ideas muy importantes que
favorecerían la lucha de sus derechos, pero las mantienen únicamente en el
ámbito académico”.
Por eso el antropólogo propone replantear la relación
sujeto-investigador. "Para recibir hay que dar. Como la posibilidad, por
ejemplo, de escribir artículos junto a ellos. En mi caso, primero me ofrezco
para hacer un montón de actividades previas y recién después solicito hacer
entrevistas o estudios de observación. Tal vez se hace más lento, pero abre muchas
puertas porque hay un vínculo más fuerte”, concluye.
Fuente: Agencia de Noticias CTyS