Pero llama la atención, cuando se focaliza en determinados
sectores del quehacer, y la extracción y manipulación de los minerales se
transforma así, en una suerte de eje en la fundación, estructura y dinámica de
las comunidades.
En ese sentido es
casi anecdótico, pero histórico desde donde se lo mire, la incidencia que la
actividad minera tuvo específicamente en la iglesia.
Efectivamente, investigando en los anales, nos encontramos
con las expresiones casi testimoniales del Padre Sanz, primer cura párroco de
esta parcialidad eclesiástica, fundada en 1842 a instancias de los padres
franciscanos que ya habían introducido en este Valle del Conando, la devoción
al "pobrecito de Asís”, como se suele llamar a San Francisco, patrono del
lugar.
"Se supo que desde siempre, que las principales ofrendas que
los naturales entregaban a sus dioses domésticos y paganos, fueron
manufacturadas con el producto colorado que afloraba de la ladera de los cerros
y que pudorosamente era mezclado con otros que en variedad fluían como aguas de
manantial. Después se supo también que se trataba de cobre –de ahí lo de
"colorado”-, hierro, zinc y oro, con los que se producía una interesante gama
del arco iris metálico que era usado para muchos menesteres. La ornamentación,
culto y suntuosidad, la medicina, las armas de defensa, la fertilidad de la
tierra de labranza, las herramientas y el comercio como intercambio de bienes y servicios, lo que en
gran medida marcaba la identidad de los caciquejos y sus respectivos pueblos,
de tal manera que la posesión metalífera era signo de esplendor y poderío…”
Estas expresiones corroboran lo que se viene afirmando en
esta columna acerca de que la minería tiene una innegable y permanente
presencia en la historia en esta porción de Argentina, mucho más si analizamos
que decía el Padre Sanz para escribir su bitácora, acaso el único testimonio
válido en la vorágine de información que hoy nos traspasa.
"Cuando nos hicimos cargo de la Parroquia franciscana –por
Andalgalá- debimos acudir a las hábiles
manos de los nativos calchaquíes para que nos fabriquen los hilos dorados para
la confección de los ornamentos de la misa y aún de los cálices para este
párroco, y para los sacerdotes que de vez en cuando acudían para visitar esta
extensa Parroquia marrón, por Francisco, y roja por el cobre que literalmente
chorrea de los cerros. Los primeros fueron hechos a modo experimental, de cobre con los que debimos celebrar las misas, contradiciendo el protocolo
vaticano que ordena que el recipiente para la sangre de Cristo debe ser de oro,
el metal más precioso. Sabido esto, los Hualinchay, Mamaní y otros artesanos
indios se abocaron a buscar el metal amarillo para el cáliz de este humilde
cura. Así lo hicieron, encargándose de la extracción, fundición, purificación y
moldeado de la sagrada copa, junto a las patenas del mismo metal, mientras
sonaban las campanas fundidas en el más cristalino bronce, producto de
aleaciones oportunas…”