Crónicas viajeras

De México a Colombia. Primera parte

Pasé más de seis meses dentro de su territorio, pero había llegado el tiempo de salir de México.
miércoles, 23 de septiembre de 2015 07:15
miércoles, 23 de septiembre de 2015 07:15

De acuerdo al sitio distanciasentreciudades.com, la separación entre San Cristóbal de las Casas y Cartagena de Indias, por ruta, es de 1.985 kilómetros. Google Maps marca un poco más cuando hago la misma consulta: 1.987,35 kilómetros, detalla el gigante de Internet, se extienden entre los sitios señalados.

Lo que intentaré a continuación es recorrer esos casi dos mil kilómetros, remontar esos diecisiete días en los que atravesé –como un suspiro largo– el último tramo mexicano, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y buena parte de Colombia.

Vuelvo a lo dicho hace poco, entonces:

Estaba en Chiapas, en San Cristóbal, junto a un semáforo a las afueras de la ciudad.

Salida en falso

Eran las primeras horas del 13 julio y tomábamos un café con el Negro y el Gonza, quienes llevaron mis mochilas a cuestas hasta la ruta. Después de despedirlos, quedé a la espera de que me levantaran rápido en ese día que volvía a arrancar bien frío, pese a la claridad total del cielo. Esperaba a alguien que estuviera yendo a Comitán, el poblado próximo yendo hacia el sur, para partir desde ahí a Ciudad Cuauhtémoc, en el límite con Guatemala.

Si bien no estaba apretado con los tiempos, salía de Chiapas con un plan: el 16 de agosto tenía que estar en Cartagena de Indias, Colombia, de ser posible en el aeropuerto, a la espera de mis padres que llegaban esa noche desde Argentina. Así lo habíamos acordado y no quería fallarles, por lo que esa mañana de julio también cargaba cierta urgencia, y quería comenzar el recorrido cuanto antes.

Pero yo mismo me encargaría de complicar la salida. Todavía era temprano y no sé por qué extraña razón me puse a pensar en Ocosingo, una localidad por la que pasé cuando fui de Palenque a San Cristóbal. Jugaba en ese devaneo mental cuando frenó la primera camioneta que me alzó esa mañana, y en lugar de preguntar si iba a Comitán dije Ocosingo –ubicado en una dirección por completo opuesta a mi destino–, y me subí a la caja sin percibir la pifia sino hasta mucho después, cuando llegamos a Oxchuc y el conductor me dijo "hasta aquí lo traigo yo. Puede tomar una camioneta ahí”. Me señalaba las combis con el anuncio OCOSINGO, y esos carteles gritaban desde los parabrisas que le había errado…, mal.

Hubo unos instantes de desesperación, porque el difuso plan no contemplaba gastar dinero tan pronto, mucho menos antes de cruzar la frontera. Por un buen tiempo el miedo se adueñó de mis movimientos, y una nebulosa de pensamientos oscuros parecía dejarme atascado cuando me dije "ya fue, vamos a tener que gastar aquí”, y me subí en la primera camioneta que me dejara en un cruce que sí fuera a Comitán.

Esa tensión inicial dio paso a una secuencia tranquila: dedo desde Comitán  a Cuauhtémoc, y desde ahí los diez quetzales que los taxis cobran para acercarte al portón alto y gris que simboliza la línea divisoria que separa a México de Guatemala.

Volver a La Mesilla

Los días siguientes los pasé en La Mesilla, poblado que nace en el cruce fronterizo, con una multiplicación de pacas (locales de venta de ropa usada) y la presencia de insistentes cambiadores de moneda a lo largo de la ruta que se adentra en las montañas boscosas de la zona, muy similares a las frondosidades chiapanecas. Son muy pocos los que se detienen en este lugar que, es cierto, no tiene muchos atractivos más allá de la contemplación de las moles cercanas. Pero yo tenía unas cuantas razones, en primer lugar porque no estaba llegando, sino que volvía.

Semanas antes, obligado por la burocracia planetaria, había tenido que "bajar” a La Mesilla para renovar el permiso de permanencia en México. Como la Oficina de Migración mexicana no me permitió salir y entrar al país en el mismo día, me quedé a dormir en casa de una familia con la que había estado compartiendo unos mates esa mañana, y ahora volvía ahí, a lo de los Gómez.

La generosidad y el buen trato de Mario y Victoria, los padres de la familia, y la de sus hijos (aunque especialmente Marito y David, con quienes más compartí), hicieron que permaneciera con ellos un par de días en los que me sentí tan cuidado y bien tratado como si formara parte de ese grupo desde mi infancia.

Además de las largas charlas con Mario –a quien le encantaba preguntar detalles del viaje–, de aquellos días de desayunos abundantes (muchas tortillas, mucho huevo, mucha fruta, mucho café, todo servido con parquedad matinal por Victoria) guardo el placer de haber jugado un partido en una de las mejores canchas de fútbol 8 que conozco, con un entorno inigualable. La cancha está metida en un pequeño valle, muy escarpado, y alrededor de los reflectores que iluminaban el césped sintético se podían ver las paredes gigantes, dándole forma a un estadio natural que sólo se entreveía en la oscuridad.

Reencuentro con "los rastas”

La cantidad de maravillas y milagros que se viven en los viajes es tan grande que pronto resulta más práctico obviarlos, ir dejándolos de lado para no cansar, no saturar con el amontonamiento de vivencias que tienen que ver con un territorio que está más allá de nuestra aprehensión física y racional. Quizás por eso valga la pena reconstruir parte de lo que viví con "los rastas”, mis amigos del DF mexicano Rodolfo e Isaí, que como ya se imaginarán portan abundantes melenas tejidas. Con ellos compartí grandes momentos en KZA Libertad, el hostel de San Cristóbal, preparando comidas y escuchando música en esa cocina maltrecha pero bien equipada donde pasábamos gran parte del tiempo.

Ellos se mueven en Pitufina, mejor conocida como La Pitu, una combi Volkswagen preparada con todo lo necesario para un viaje como el que vienen haciendo, en el que pretenden llegar, sin apuros, a Chile. Habían salido de Sancris dos o tres semanas antes, y como a tantos otros (maravillas, milagros, lugares, personas) los había despedido sin mayores lamentos, dejándolos ir porque sabía que lo compartido ya viaja conmigo.

Lo importante, a los fines de lo que viene, es que les había perdido el rastro, y que iba en un uno de esos buses antiguos (coches canadienses reciclados; como el colectivo de Otto, de Los Simpsons, pero pintados con colores vivos y plagados de alusiones religiosas), que recorren todas las rutas de Guatemala, intentando llegar al lago Atitlán, en la región de Panajachel. El dinero que llevaba conmigo –se sugirió ya– era escaso, por lo que pretendía instalarme en alguno de los pueblos de alrededor del lago y trabajar ahí hasta poder retomar el camino.

Después del segundo bus, en la pequeña Huehuetenango hice dedo hasta el cercano puesto de La Cuchilla, ubicado a la entrada de Panajachel. El camión que me había llevado hasta ahí tenía un acoplado sin techo, y una lluvia furiosa antes del mediodía me había dejado empapado.

Estaba mojado, molesto, apurado por llegar, y renegaba con la mochila grande en la rotondita que hay antes de la bajada larga que lleva al lago. Me había cambiado de remera, y cuando terminaba de ponerme el impermeable (porque venía más lluvia) apareció al fondo, de las profundidades de aquella ruta en pendiente, la lejana figura de una combi pintada de azul y blanco. Al primer golpe de vista no lo creía; no podía ser La Pitu, no podían ser los rastas. No podía ser "la banda” porque estaba en medio de la nada, entre caminos pequeños y sinuosos, y las posibilidades de encontrarlos eran casi nulas, dada nuestra (aparente) desconexión. Pero eran ellos. Segundos después de verla, estaba seguro: ¡era La Pitu!, que subía cancina por el asfalto todavía húmedo del aguacero reciente. No podía creer la escena, y del estupor inicial pasé a la locura de gritarles "¡qué oooooonda la baaaaaandaaaa!”, con todas mis fuerzas, cuando pasaron frente a mí.

Sólo quería saludarlos, gozar el placer de habernos cruzado una vez más en el camino, alegrarnos de saber de los otros, abrazarnos por estar bien. Pero en lugar de eso, cuando me disponía a cruzar el asfalto, Rodolfo se baja de la chata y mientras abre la puerta del costado me dice, con ese aire tan mexicano y a la vez tan suyo, mezcla de ironía y buen humor: "¿Vienes o qué?”.

No cinco, ni tres, ni dos: un minuto después de verlos ya estábamos en marcha, conmigo echado en la parte de atrás de la combi gritándoles que no podía creer en estas cosas, en los lujos incalculables que se dan en los viajes. Porque pensaba laburar un buen tiempo antes de llegar a la capital de Guatemala, pero en lugar de eso me encontré poniéndome al día con dos amigos recientes que me sumaron a su recorrido antes de que intentara preguntar a dónde iban, y casi sin pensar que el Atitlán quedaba atrás.

Isaí iba al mando, y Rodolfo tomaba fotos y era el que más consultas hacía, a medida que avanzábamos por una cuesta arriba que a La Pitu le resultaba costosa, aunque seguía trepando.

Con ellos celebramos –a los gritos, otra vez– la aparición de los primeros carteles que anunciaban la cercanía de la capital gutemalteca. Y con ellos nos instalamos, dentro de La Pitu, en una calle luminosa y callada a la vuelta de la plaza principal, donde pasamos cinco días que ameritan, cuando menos, un texto aparte.

Pero aún hay mucho recorrido por delante, lo que me obliga hacer de nuestras peripecias en la ciudad un paréntesis necesario, por ahora. Todavía estaba lejos de Colombia, y había que seguir.

por Juan Francisco Uriarte Buteler