Mama Antula consagró sus días a divulgar los ejercicios
espirituales de San Ignacio de Loyola. Fiel discípula de los padres jesuitas
expulsados de nuestro país en 1767, asumió la vocación de peregrinar por
nuestra tierra organizando los grupos de ejercitantes hasta llegar a Buenos
Aires, donde, después de padecer adversidad e incomprensión, gracias a su
fortaleza de espíritu, levantó
El Cura Brochero, esclarecido por su celo misionero, su
predicación evangélica y su vida pobre y entregada, es modelo para todos. Preocupado
por el bien común y el bienestar de su pueblo acometió con innumerables obras
materiales trabajando codo a codo con sus paisanos. Durante más de una década
organizó contingentes de ejercitantes –varones y mujeres- emprendiendo el largo
camino de las Altas Cumbres para llevarlos a
Ambos, con un solícito amor a los pobres y un incansable
entusiasmo por instruir a niños y niñas en la catequesis, con austeridad de
medios y de vida, y como audaces peregrinos de los caminos del Evangelio, son
una imagen viva de lo que hoy el Papa Francisco nos invita como Iglesia en
salida.