Rosario, 1979. Un grupo de jóvenes recorre una peatonal
hasta que, de pronto, se "desmayan” y quedan tendidos en el suelo. A los pocos
segundos, se paran y reanudan su marcha como si nada hubiera pasado. Práctica
callejera convertida en arte, la escena busca alterar la "normalidad” y
evidenciar lo que se vivía a nivel colectivo en todo el país.
La experiencia, que corresponde al grupo Cucaño, es apenas
un ejemplo de cómo el arte intenta denunciar las atrocidades que se cometían.
Es que dar cuenta del horror –sea en un campo de concentración nazi o en los
sótanos de
En Cómo sucedieron estas cosas, José Emilio Burucúa y
Nicolás Kwiatkowski analizan las posturas sobre las posibilidades de narrar lo
aparentemente inenarrable. "Se plantean varias cuestiones. En primer lugar, se
argumenta que se trata de crímenes de tal magnitud que es imposible, a partir
de las herramientas del lenguaje o la figuración, contar estas experiencias
terribles -plantea Kwiatkowski, doctor en Historia e investigador del CONICET-.
Incluso en el caso de los perpetradores hay ejemplos históricos en los que
sostienen que las palabras no alcanzan para contar lo que pasó”.
En el caso argentino en particular se suma la cuestión del
pedido de justicia por los desaparecidos. Este escenario permitió el surgimiento
de una fórmula conocida como duplicación o uso del doble, tales como la
silueta. "Tiene que ver con que las desapariciones no permiten a los familiares
de las víctimas completar el ritual funerario usual luego de la pérdida del ser
querido” explica Kwiatkowski, que además es docente de
Los orígenes y alcances de la silueta como forma de
denunciar y al mismo tiempo interpelar fueron analizados en El Siluetazo,
conjunto de artículos compilados por Ana Longoni y Gustavo Bruzzone. "La
silueta es, sin dudas, una de las matrices más relevantes de representación de
los desaparecidos- subraya Longoni, doctora en Artes e investigadora del
Instituto Gino Germani-, a tal punto que es emblemática y muy reconocible sobre
cómo se los representan”.
En Argentina, la idea de la silueta surgió a partir de un
proyecto de los artistas Rodolfo Aguerreberry, Guillermo Kexel y Julio Flores.
La inspiración les había llegado a partir de un trabajo de Jerzi Spasky,
artista polaco que cuantificaba a las víctimas del campo de concentración de
Auschwitz a partir de miles de pequeñas siluetas. El trío local, en cambio,
llevó la experiencia a escala natural: cualquiera podía tenderse y que le
dibujaran la silueta para representar a un desaparecido.
"Esa dimensión le agrega una cuestión del lugar que
ocuparían entre nosotros los ausentes, a la vez que implicaba poner el cuerpo
para poder prestarle la huella a los desaparecidos”, relata Longoni. La
experiencia, llevada a cabo el 21 de septiembre de 1983, se transformó en una
manifestación artística colectiva al aire libre.
La otra matriz de peso a nivel local fue la utilización de
la fotografía, primero de forma espontánea y luego de forma más sistemática,
centralizada en un archivo común. "Santiago Mellibosky, fotógrafo amateur y
padre de una joven desaparecida, comenzó en abril de
En la perspectiva de la experta, la diferencia entre estas
modalidades radica en el vínculo del manifestante. "La silueta marca la
ausencia y cuantifica el espacio físico que ocuparían esos 30 mil cuerpos,
mientras que la fotografía ancla en una historia particular. Si en el primero
el manifestante se pone en lugar del ausente, en el segundo hay un vínculo
afectivo y amoroso de parte de quien porta la foto”.
Otras experiencias incluyeron el uso de la máscara blanca,
donde se borraba el rostro del manifestante para que se convierta en el que no
está. Luego se impugnó esta técnica por considerar que las máscaras borraban lo
más personal de cada sujeto y así se replicaba lo que había hecho la dictadura.
También se apeló a la silueta de las manos, en una campaña conocida como "Dele
una mano al desaparecido” y donde se llegaron a recolectar medio millón de
manos, cada una con una consigna, nombre o mensaje especial.
La cacería, el martirio y el infierno
Claro que la duplicación y el uso de dobles no fueron las
únicas fórmulas utilizadas para intentar contar las masacres. En Cómo
sucedieron estas cosas, Burucúa y Kwiatkowski identificaron tres en particular. La figura de la cacería,
por un lado, fue utilizada tanto en
En
Para los expertos consultados, el paso del tiempo modifica
los modos de representación, ya que también cambian los interrogantes, lo que
se puede decir o cómo se lo dice. "Incluso, los movimientos de Derechos Humanos
cambian su énfasis, hay diferentes momentos dentro de la historia que
obviamente repercuten sobre los modos simbólicos para procesarla”, asegura
Longoni. Por su parte, Kwiatkowski considera que cuando un grupo político
utiliza fórmulas como la de la cacería o el infierno para describir a sus
enemigos, "deberíamos prevenirnos respecto de la intención de deshumanizarlos y
de la posibilidad de que una masacre tenga lugar”.
Fuente: Agencia CTyS-UNLaM