En ese sentido, se puede mencionar a mujeres ilustrísimas
que dejaron su impronta en la cosmovisión e identidad de los andalgalenses. Tal
el caso de doña María Carmen Burmeister de Molina, erudita docente, co fundadora de la escuela
Normal; doña Sara Salvatierra de Unzeitig, formadora de muchas generaciones de
músicos; doña Laura de Uretti, la enfermera por antonomasia; doña María Isabel
Guerra de Bize, fundadora de la escuela 85; y tantas más. Sin embargo, tomamos
algunos datos de una de las más destacadas, doña Isabel Toranzos de Guerra y
ampliamos algunos datos biográficos, del libro de reciente aparición, "Aportes
para una Historia de Andalgalá” de Rubén Sánchez:
"La tradición oral familiar nos cuenta que
Lo llamativo de esta historia es que Isabel había sido
comprometida en matrimonio a los cinco años, sin conocer a su futuro marido, un
adinerado solterón de unos cuarenta y
cuatro años, llamado Agenor Armando Guerra, proveniente de una rama colateral
del tronco de Juan Pérez de Zurita, apellido perdido o desvirtuado en algún
recodo de la historia, pasando de Pérez Zurita a Guerra, sin que se haya
encontrado documentación probatoria de esta versión familiar y social. Agenor
Guerra fue proveedor de la actividad minera con lo que logró una importante
fortuna junto a su socio, don Estaurófilo Figueroa, con su floreciente negocio
de ramos generales ubicado en la cuadra de la calle Pérez de Zurita frente a la
plaza 9 de Julio de la ciudad de
Andalgalá.
Aproximadamente en febrero de 1909, cumplido los plazos, la
niña fue trasladada junto a una importante dote, desde Santa María hasta
Andalgalá en donde fue recibida por Guerra, su servidumbre y amistades, para
proceder, de modo inmediato, a la ceremonia matrimonial oficiada por el Pbro.
Manuel Vargas Aguirre, primo de Isabel, en la primera iglesia parroquial que se
ubicaba en calle Pérez Zurita, estructura que hoy se incorporó al edificio del
templo nuevo.
Contaba con apena 14 años, de esa unión, nacieron, Anselmo,
Aníbal, María Inés, Delicia, César, Lucila, María Isabel y Rosa Elena, cada uno
de los cuales construyó su propia historia con el devenir del tiempo.
Mujer de corta edad pero de temple enérgica, de fuerte
carácter y de vivaz inteligencia, de inmediato tomó conciencia de la realidad en la que ya estaba incorporada,
por lo que rápidamente asumió su rol de dirigente social, trabajando con las instituciones
católicas y sociales, mientras administraba fincas, casas y negocios de su
esposo. En ese contexto, la itálica Sociedad de Beneficencia de las Damas
Vicentinas, filial Argentina, entidad dedicada a la caridad bajo el patronazgo
de San Vicente de Paúl, decidió fundar filiales en cada pueblo, y en Andalgalá
buscaban una persona con esas características para nombrarla presidenta, cargo
que recayó en Isabel, por sus cualidades personales, su fortuna y estatus
social, por su permanente e íntimo contacto con las familias inglesas, como los
Tomkimson, Blamey y hasta el mismo Lafone Quevedo, que acudían a su casa para
participar de conciertos de piano o tertulias literarias, a la hora "five
o´cloc” del té.
Con importantes conexiones en el Vaticano, no demoró
demasiado en lograr que le enviaran las imágenes para instalar la devoción al
Santo de
Corría el año de 1920 y en el país apareció una suerte de
epidemia de tuberculosis que obligaba a los afectados a radicarse en lugares de
clima seco y aire puro para su curación, entonces, los médicos sugerían dos
lugares excepcionales: las Sierras de Córdoba y un pueblo de Catamarca llamado
Andalgalá”.
El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos
grupos de caridad para ayudar e instruir a la gente. Cuenta de que para dirigir
estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran.
"Las Vicentinas” se abocaron de inmediato a acondicionar un
espacio para estos enfermos que llegaban en tropel en busca de su curación.
Entonces, cedió una parte de
Fallecido su esposo, allá por 1940, luego de haber cedido la
sala de su casona para la conformación y la firma de las actas correspondientes
para la creación de
Por esta cruzada para ayudar a la gente con tuberculosis,
Doña Isabel convocó al Dr. Máximo Schmidt en su auxilio, a lo que el anciano
médico infectólogo alemán no vaciló en acudir, radicándose en este pueblo al
que posteriormente llegaron el Dr. Arturo Uguetti, el Dr. Octavio Navarro
Peñalba y el Dr. José Chaín Herrera, entre otros, que por esos tiempos vivía en
El Salado, Tinogasta. Las Vicentinas se ocupaban del apoyo logístico mientras
los médicos hacían lo suyo, y a ese asilo llegó gente de toda clase. Pobres,
ricos y desamparados encontraron un lugar de contención bajo las directivas
solidarias de esta mujer que no descansaba para ayudar a los enfermos, aún a
costa de sacrificar su propio peculio, lo que de alguna manera produjo gastos
excesivos, perjudiciales para la economía familiar.
Hacia 1945-1946, con la llegada del Peronismo, todas las
instituciones benéficas existentes en el país, fueron disueltas para ser
reemplazadas por
Cuando, ya retirada de su actividad pública y recluida en su
hogar de la calle Belgrano, fue instada a firmar los papeles para la
escrituración de la propiedad donada para el hospital, pidió, como personal
voluntad y en homenaje a todo lo vivido, que no se toque ni modifique la parte
del edificio que ocupa el asilo, lo que hasta el momento se respetó por parte
de las autoridades municipales que se suceden en Andalgalá.
Rodeada por sus hijos y nietos, vivió sus últimos años en
absoluta reclusión hogareña y nunca más volvió a salir a la calle. Su muerte
acaeció el 13 de noviembre de 1970 como producto de un accidente doméstico.
Tenía 85 años y sus restos descansan en la cripta familiar del Cementerio
Municipal de Andalgalá”.