Mujeres andalgalenses ilustres

Andalgalá © El departamento Andalgalá, como toda comunidad, tuvo mujeres que se destacaron por diversas actividades redundantes en beneficios para la gente.
martes, 8 de marzo de 2016 07:58
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En ese sentido, se puede mencionar a mujeres ilustrísimas que dejaron su impronta en la cosmovisión e identidad de los andalgalenses. Tal el caso de doña María Carmen Burmeister de Molina,  erudita docente, co fundadora de la escuela Normal; doña Sara Salvatierra de Unzeitig, formadora de muchas generaciones de músicos; doña Laura de Uretti, la enfermera por antonomasia; doña María Isabel Guerra de Bize, fundadora de la escuela 85; y tantas más. Sin embargo, tomamos algunos datos de una de las más destacadas, doña Isabel Toranzos de Guerra y ampliamos algunos datos biográficos, del libro de reciente aparición, "Aportes para una Historia de Andalgalá” de Rubén Sánchez:

"La tradición oral familiar nos cuenta que la Señora IsabelFrancisca Toranzos de Guerra habría nacido en Santa María posiblemente el 18 de julio de 1895, hija natural de doña Trinidad Toranzos, matrona que además concibió un varón llamado Carlos Toranzos Plá, posteriormente convertido en Obispo coadjutor de la Diócesis de Catamarca durante el episcopado del Obispo Adolfo Tortolo en 1962/63.

Lo llamativo de esta historia es que Isabel había sido comprometida en matrimonio a los cinco años, sin conocer a su futuro marido, un adinerado solterón de  unos cuarenta y cuatro años, llamado Agenor Armando Guerra, proveniente de una rama colateral del tronco de Juan Pérez de Zurita, apellido perdido o desvirtuado en algún recodo de la historia, pasando de Pérez Zurita a Guerra, sin que se haya encontrado documentación probatoria de esta versión familiar y social. Agenor Guerra fue proveedor de la actividad minera con lo que logró una importante fortuna junto a su socio, don Estaurófilo Figueroa, con su floreciente negocio de ramos generales ubicado en la cuadra de la calle Pérez de Zurita frente a la plaza  9 de Julio de la ciudad de Andalgalá.

Aproximadamente en febrero de 1909, cumplido los plazos, la niña fue trasladada junto a una importante dote, desde Santa María hasta Andalgalá en donde fue recibida por Guerra, su servidumbre y amistades, para proceder, de modo inmediato, a la ceremonia matrimonial oficiada por el Pbro. Manuel Vargas Aguirre, primo de Isabel, en la primera iglesia parroquial que se ubicaba en calle Pérez Zurita, estructura que hoy se incorporó al edificio del templo nuevo.

Contaba con apena 14 años, de esa unión, nacieron, Anselmo, Aníbal, María Inés, Delicia, César, Lucila, María Isabel y Rosa Elena, cada uno de los cuales construyó su propia historia con el devenir del tiempo.

Mujer de corta edad pero de temple enérgica, de fuerte carácter y de vivaz inteligencia, de inmediato tomó conciencia de  la realidad en la que ya estaba incorporada, por lo que rápidamente asumió su rol de dirigente social, trabajando con las instituciones católicas y sociales, mientras administraba fincas, casas y negocios de su esposo. En ese contexto, la itálica Sociedad de Beneficencia de las Damas Vicentinas, filial Argentina, entidad dedicada a la caridad bajo el patronazgo de San Vicente de Paúl, decidió fundar filiales en cada pueblo, y en Andalgalá buscaban una persona con esas características para nombrarla presidenta, cargo que recayó en Isabel, por sus cualidades personales, su fortuna y estatus social, por su permanente e íntimo contacto con las familias inglesas, como los Tomkimson, Blamey y hasta el mismo Lafone Quevedo, que acudían a su casa para participar de conciertos de piano o tertulias literarias, a la hora "five o´cloc” del té.

Con importantes conexiones en el Vaticano, no demoró demasiado en lograr que le enviaran las imágenes para instalar la devoción al Santo de la Caridaden Andalgalá, imágenes exquisitas que se conservan en la iglesia parroquial, y una de gran tamaño en el Hospital de Andalgalá.

Corría el año de 1920 y en el país apareció una suerte de epidemia de tuberculosis que obligaba a los afectados a radicarse en lugares de clima seco y aire puro para su curación, entonces, los médicos sugerían dos lugares excepcionales: las Sierras de Córdoba y un pueblo de Catamarca llamado Andalgalá”.

El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a la gente. Cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran.

"Las Vicentinas” se abocaron de inmediato a acondicionar un espacio para estos enfermos que llegaban en tropel en busca de su curación. Entonces, cedió una parte de la Casa de Piedra, su propiedad emplazada en el predio en donde se construyó después, el hospital local.

Fallecido su esposo, allá por 1940, luego de haber cedido la sala de su casona para la conformación y la firma de las actas correspondientes para la creación de la Primera Comisión Municipal, de la que participaron Lafone Quevedo, Juan Jorba, Adolfo Carranza y varios ilustres más, la joven viuda se dedicó de lleno a la tarea social mientras administraba, sobre todo, lo producido por la Finca ElMal Paso, en el paraje que hoy lleva ese nombre y de la cual se obtenían los productos básicos para la alimentación ya no solamente de los internos en el asilo, sino de los enfermos del precario hospital instalado en la Casa de Piedra.

Por esta cruzada para ayudar a la gente con tuberculosis, Doña Isabel convocó al Dr. Máximo Schmidt en su auxilio, a lo que el anciano médico infectólogo alemán no vaciló en acudir, radicándose en este pueblo al que posteriormente llegaron el Dr. Arturo Uguetti, el Dr. Octavio Navarro Peñalba y el Dr. José Chaín Herrera, entre otros, que por esos tiempos vivía en El Salado, Tinogasta. Las Vicentinas se ocupaban del apoyo logístico mientras los médicos hacían lo suyo, y a ese asilo llegó gente de toda clase. Pobres, ricos y desamparados encontraron un lugar de contención bajo las directivas solidarias de esta mujer que no descansaba para ayudar a los enfermos, aún a costa de sacrificar su propio peculio, lo que de alguna manera produjo gastos excesivos, perjudiciales para la economía familiar.

Hacia 1945-1946, con la llegada del Peronismo, todas las instituciones benéficas existentes en el país, fueron disueltas para ser reemplazadas por la Fundación "Eva Perón”, lo que hizo desaparecer a las solidarias Vicentinas. No obstante ello, la matrona santamariana afincada en Andalgalá, siguió con su tarea solidaria, afrontando los gastos que demandaba su accionar, con lo producido por su finca y su negocio, lo que se prolongó por lo menos hasta 1959, cuando su fortuna había decaído y su salud estaba ya muy resentida por una afección reumática y pulmonar que le impedía montar en su caballo para supervisar las tareas en el asilo, instituto que por esos años también comenzó a llamarse Hogar de Ancianos de San Vicente de Paúl, porque de reclusorio para tuberculosos, se convirtió en hogar para muchos desvalidos.

Cuando, ya retirada de su actividad pública y recluida en su hogar de la calle Belgrano, fue instada a firmar los papeles para la escrituración de la propiedad donada para el hospital, pidió, como personal voluntad y en homenaje a todo lo vivido, que no se toque ni modifique la parte del edificio que ocupa el asilo, lo que hasta el momento se respetó por parte de las autoridades municipales que se suceden en Andalgalá.

Rodeada por sus hijos y nietos, vivió sus últimos años en absoluta reclusión hogareña y nunca más volvió a salir a la calle. Su muerte acaeció el 13 de noviembre de 1970 como producto de un accidente doméstico. Tenía 85 años y sus restos descansan en la cripta familiar del Cementerio Municipal de Andalgalá”.