Asistieron familiares, amigos y representantes de la Secretaría de
Cultura de la provincia, del Poder Judicial donde Ávila llegó a desempeñarse
como "ujier” (oficial de justicia), movileros y fotógrafos de todos los medios
de comunicación, y numerosos intérpretes del cancionero folclórico
catamarqueño, quienes -mientras el féretro iba camino al sepulcro- se unieron
en un sollozante y conmovedor coro, entonando parte de algunas canciones que Ávila solía interpretar
durante su larga y prolífica trayectoria de cantante.
También fue muy emocionante el acompañamiento de un grupo de
"motoqueros” y enduristas, con muchos de los cuales "Pipo” compartió
innumerables travesías a distintos puntos de la provincia y el país, e incluso
al exterior, cruzando a Chile por el Paso de San Francisco, quienes en sus
motos siguieron al cortejo desde la sala velatoria de Av. Belgrano y Pje.
Madueño hasta la necrópolis.
Su esposa Alicia "Chicha” Nieva Macedo, como sus hijos Sergio y Luis, y
sus nietos eran contenidos y reconfortados a cada paso por la nutrida
concurrencia que se dio cita en el cementerio para brindar la postrer despedida
al cantor.
Así fue como las escenas de comprensible dolor, se mezclaron con las
estrofas acongojadas de canciones como "Catamarca, mi casa, mi paz, mi hogar”,
donde Víctor Yunes Castillo se imaginó a una paloma en el "vuela…, vuela…, que se va la tarde…; y hay tanto que ver y andar, en mi
Catamarca”.
Como después con la guía de Manuel Acosta Villafañe, los consternados cantores saludaron la partida del amigo con el " Adiós, Catamarca, adiós…!, ¿quién sabe hasta cuándo será…?, y con la inspiración del mismo Don Manuel lo sintieron "ausente de mi tierra…, porque el destino lo quiso así…”, para volver llamarlo desde la añoranza de Atuto Mercau Soria en el "Vuelvo, tierra vuelvo…, alegre el corazón porque me llama…, el fuego de tu sol, tu bello cielo azul y todo lo que lejos recordaba”.
Un rosario de expresiones y sonidos, esta vez apenados por la ausencia tan reciente como enorme; pero
a la vez ilusionados en la felicidad inmaterial de nuevos reencuentros en las letras
compartidas de una cuenca o una zamba.
Así fue despedido "Pipo” Ávila, como un auténtico cantor de Catamarca.