La Santa Misa fue presidida por el Obispo Diocesano, Mons. Luis Urbanc; el Rector del Santuario Mariano, Pbro. José Antonio Díaz; y el Asesor de la Pastoral Diocesana de Comunicación Social, Pbro. Marcelo Amaya.
Los trabajadores de los medios de comunicación social y voluntarios, junto a sus familias, ingresaron procesionalmente al templo catedralicio, y en la parte inicial de la celebración se leyó el decreto de creación de la Pastoral de la Comunicación Social de la Diócesis de Catamarca, con el nombramiento de los miembros del Primer Equipo de Pastoral de la Comunicación Social: Alvaro Barrionuevo (coordinador), Adriana Romero (sub-coordinadora), María Eugenia Villagra (secretaria), Adriana Cuello (sub-secretaria), Eugenia Arrosas, Carlos Díaz, Sergio Arévalo, Rocío Bulacios y Orieta Vera (vocales), a quienes se exhorta a "asumir con espíritu cristiano y eclesial esta nueva función, fomentando en sí mismos un gran amor a la sociedad, de la cual están llamados a ser sal que conserve los valores de hoy y de siempre, luz que aclare el camino de la peregrinación del hombre y fermento de una vida que se nutra de lo antiguo y de los nuevo en la continua renovación del mensaje eterno de salvación”.
Durante la misa, los alumbrantes proclamaron la Palabra de Dios, leyeron la oración de los fieles, acercaron las ofrendas al altar y guiaron la ceremonia.
En su homilía, Mons. Urbanc dijo que luego de la Resurrección "los discípulos estaban atemorizados por lo sucedido con Jesús y por lo que podría sucederles a ellos. No cuesta imaginar esos rostros tristes y angustiados, esos corazones dolidos y desesperanzados. La situación era por demás agobiante y dramática pues habían perdido sus trabajadas ilusiones y malogrado sus prometedores proyectos. Pero se les aparece Jesús Resucitado, de ahora en más el Señor, dándoles la Paz que estaban necesitando para cambiar esos sombríos rostros y reconfortar sus heridos corazones, insuflando confianza y esperanza”.
Y continuó afirmando que "la Paz es maestra de vida, encauza y orienta los sufrimientos y hace que nuestros ojos vean a Dios en lo cotidiano y que descubran al Dios de la Vida. Esta Paz posibilita que no caigamos en la patológica duda de Tomás: si no veo, no creo, si no toco, no creo, es decir, ser presa de la tiranía de los sentidos. En Tomás no había paz, sólo duda, sospecha y miedo. El miedo es una enfermedad muy común del corazón humano que paraliza por completo, anula e impide amar de verdad y con plena libertad”.
"A la luz de estas palabras, aliento en particular a todos los sacerdotes, y les pido a todos que recen, a seguir el ejemplo del santo cura de Ars o del Beato Brochero, quienes supieron en su tiempo transformar el corazón y la vida de muchas personas, pues les hicieron percibir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio semejante y un testimonio tal de la verdad del amor. Así haremos cada vez más familiar y cercano a Aquél que nuestros ojos no han visto, pero de cuya infinita Misericordia tenemos absoluta certeza. Y a la Virgen María, Madre del Valle, le pidamos que sostenga la misión de la Iglesia y que nunca abandonemos la alegría pascual”, expresó el Obispo.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILIA
Queridos devotos y peregrinos:
Nos hemos congregado, junto a nuestra Madre del Valle, para celebrar la Misa vespertina del Domingo que cierra la Octava de Pascua.
A lo largo de la semana nuestra atención estuvo puesta en las manifestaciones de Cristo Resucitado a sus discípulos para darles la tranquilidad de que está vivo y de que se cumplieron las escrituras en Él. ¡Todo se ha cumplido! El ser humano ha sido salvado.
San Gregorio Magno afirma que nuestro Redentor se presentó, después de su Resurrección, con un cuerpo de naturaleza incorruptible y palpable, pero en estado de gloria (cfr. Hom. in Evang., 21, 1: CCL141, 219). Jesús muestra las señales de la pasión, hasta permitir al incrédulo Tomás que las toque. ¿Pero cómo es posible que un discípulo dude? La pedagogía divina nos permite sacar provecho hasta de la incredulidad de Tomás, y de la de los discípulos creyentes. De hecho, tocando las heridas del Señor, el discípulo dubitativo cura no sólo su desconfianza, sino también la nuestra.
Los discípulos estaban atemorizados por lo sucedido con Jesús y por lo que podría sucederles a ellos. No cuesta imaginar esos rostros tristes y angustiados, esos corazones dolidos y desesperanzados. La situación era por demás agobiante y dramática pues habían perdido sus trabajadas ilusiones y malogrado sus prometedores proyectos.
Pero se les aparece Jesús Resucitado, de ahora en más el Señor, dándoles la Paz que estaban necesitando para cambiar esos sombríos rostros y reconfortar sus heridos corazones, insuflando confianza y esperanza.
La Paz es maestra de vida, encauza y orienta los sufrimientos y hace que nuestros ojos vean a Dios en lo cotidiano y que descubran al Dios de la Vida. Esta Paz posibilita que no caigamos en la patológica duda de Tomás: si no veo, no creo, si no toco, no creo, es decir, ser presa de la tiranía de los sentidos. En Tomás no había paz, sólo duda, sospecha y miedo. El miedo es una enfermedad muy común del corazón humano que paraliza por completo, anula e impide amar de verdad y con plena libertad.
La visita de Jesús Resucitado no se ciñe al espacio del Cenáculo, sino que va más allá, para que todos puedan recibir el don de la paz y de la vida con el «Soplo creador». Por cierto, dos veces Jesús dijo a los discípulos: «¡La Paz esté con ustedes!» (Jn 20,19.21), y añadió: «Como el Padre me ha enviado, también yo los envío». Dicho esto, sopló sobre ellos, diciendo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengan, les son retenidos» (Jn 20,22-23). Esta es la misión de la Iglesia siempre asistida por el Paráclito: llevar a todos el alegre anuncio, la gozosa realidad del Amor misericordioso de Dios, «para que creyendo que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, tengamos vida en su nombre» (Jn 20,31).
A la luz de estas palabras, aliento en particular a todos los sacerdotes, y les pido a todos que recen, a seguir el ejemplo del santo cura de Ars o del Beato Brochero, quienes supieron en su tiempo transformar el corazón y la vida de muchas personas, pues les hicieron percibir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio semejante y un testimonio tal de la verdad del amor. Así haremos cada vez más familiar y cercano a Aquél que nuestros ojos no han visto, pero de cuya infinita Misericordia tenemos absoluta certeza. Y la Virgen María, Madre del Valle, le pidamos que sostenga la misión de la Iglesia y que nunca abandonemos la alegría pascual. Amén.