Participaron de la celebración eucarística la Secretaria de
Cultura de la Provincia, Lic. María Jimena Moreno; el Secretario de Cultura y
Deporte de la Municipalidad de la Capital, Arq. Luis Mauvecín; y representantes
de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), la Junta de Estudios Históricos,
SALAC, Damas Belgranianas, Instituto Sanmartiniano y de Cultura Hispánica, y
demás instituciones culturales y artísticas; bibliotecas públicas y museos.
Durante su homilía, Mons. Urbanc destacó la necesidad de
renovar "nuestra piedad, en nuestro modo de relacionarnos con Dios. Hemos de
revisar nuestro trato con el Señor a fin de lograr coherencia entre la fe que
profesamos y celebramos, con la vida que llevamos, de lo contrario la grieta se
profundizará, y la anhelada paz y armonía jamás llegará. No dilatemos la
decisión, pues tendremos que dar cuenta a Dios de la dejadez”.
"En este tiempo de Adviento, podemos alzar nuestro clamor al
Padre, a semejanza de Jesús, para que nuestra oración sea elevada en su
presencia, y escuche el clamor de los pobres, desplazados, descartados y
marginados: ‘Porque él librará al pobre que suplica y al humilde que está
desamparado’”, afirmó.
Al reflexionar sobre el profeta Isaías que "también hoy nos
encontramos en situaciones de dolor y desconcierto como en tiempos del profeta:
injusticias y precariedades que provocan las guerras, millones de desplazados y
rechazados que patetizan la sinrazón del orden que imponen los poderosos, unos
por los desequilibrios que provocan, otros por los rechazos que generan; y en
ambos lados pluriformes pobres que siguen tocando a las puertas de nuestro
corazón”.
Por eso, consideró que "también hoy debemos hacer resonar la
voz de Jesucristo, para iluminar y esperanzar a la humanidad, a fin de que
confíe el poder de su misericordia, único camino para la reconciliación y una
armonía duradera”, dijo el Obispo.
Sobre el Evangelio de Lucas manifestó que "nos habla de la
mirada de Dios. Una oración sencilla donde la mirada de Dios se orienta a los
sencillos: "Mi alma canta la grandeza del Señor, porque Él miró la pequeñez de
su servidora’; no se dirige a los poderosos que nada quieren saber de Dios, ya
que complican la historia con sus intereses malintencionados: ‘Dispersó a los
soberbios de corazón; derribó a los poderosos de su trono y despidió a los
ricos con las manos vacías’. Una mirada reveladora de aquellos que se le
acercan y quieren conocerlo”.
En el momento de preparar la mesa eucarística, los
alumbrantes acercaron ofrendas consistentes en elementos que servirán para la
atención de los hermanos peregrinos, junto con los dones del pan y del vino.
Antes de la bendición final, todos los participantes de la
ceremonia elevaron súplicas y alabanzas a la Reina del Valle.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos devotos y peregrinos:
En este séptimo día de la novena se nos propuso reflexionar
acerca de la fuerza evangelizadora que posee la piedad popular. Le pidamos a la
Virgen Santa que nos sostenga en nuestro diario caminar al encuentro de los
hermanos y hacia la morada celestial.
Hoy honran a la Madre de Dios con su presencia hermanos del
mundo de la cultura, escritores, historiadores, bibliotecarios y miembros de
asociaciones belgranianas, sanmartinianas e hispanistas. Bienvenidos a esta
celebración y que el Señor derrame abundantes bendiciones sobre ustedes.
Siguiendo al profeta Isaías, comprendemos que las
aspiraciones y esperanzas del pueblo de Israel se centran en la era mesiánica,
que traerá la paz universal, fruto de la justicia misericordiosa de Dios, que
eliminará los conflictos e instaurará la armonía. El profeta encarna la
esperanza en Dios, en la espera del rey ideal que establezca un orden justo:
"El no juzgará según las apariencias ni decidirá por lo que oiga decir: juzgará
con justicia a los débiles y decidirá con rectitud para los pobres del país;
herirá al violento con la vara de su boca y con el soplo de sus labios hará
morir al malvado. La justicia ceñirá su cintura y la fidelidad ceñirá sus
caderas” (Is 11,3-5).
Isaías afirma que reverdecerá o brotará un renuevo del
tronco de Jesé, que defenderá con justicia al desamparado, con equidad dará
sentencia al pobre. Será la justicia ceñidor de sus lomos y la fidelidad
ceñidor de su cintura. Habitará el lobo con el cordero. Todo en orden a una
justa armonía.
También hoy nos encontramos en situaciones de dolor y
desconcierto como en tiempos del profeta: injusticias y precariedades que
provocan las guerras, millones de desplazados y rechazados que patetizan la
sinrazón del orden que imponen los poderosos, unos por los desequilibrios que
provocan, otros por los rechazos que generan; y en ambos lados pluriformes
pobres que siguen tocando a las puertas de nuestro corazón.
Por eso, también hoy debemos hacer resonar la Voz de
Jesucristo, para iluminar y esperanzar a la humanidad, a fin de que confíe el
poder de su misericordia, único camino para la reconciliación y una armonía
duradera.
El Evangelio de Lucas nos habla de la mirada de Dios. Una
oración sencilla donde la mirada de Dios se orienta a los sencillos: "Mi alma
canta la grandeza del Señor, porque Él miró la pequeñez de su servidora” (Lc
1,46b.48b); no se dirige a los poderosos que nada quieren saber de Dios, ya que
complican la historia con sus intereses malintencionados: "Dispersó a los
soberbios de corazón; derribó a los poderosos de su trono y despidió a los
ricos con las manos vacías” (Lc 1,51b-52ª.53b). Una mirada reveladora de
aquellos que se le acercan y quieren conocerlo.
La revelación de Dios en Jesús, se muestra en los pobres, en
los que no tienen nada que perder, en aquellos que no tienen nada donde
aferrarse, la propuesta de Dios es decirles que él es su todo, su fuerza, su
esperanza: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber
ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los
pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Lc 10,21b).
En este tiempo de Adviento, podemos alzar nuestro clamor al
Padre, a semejanza de Jesús, para que nuestra oración sea elevada en su
presencia, y escuche el clamor de los pobres, desplazados, descartados y marginados:
"Porque él librará al pobre que suplica y al humilde que está desamparado.
Tendrá compasión del débil y salvará la vida de los
indigentes” (Sal 72,12-13).
¡Cuán necesario es que nos renovemos en nuestra piedad, en
nuestro modo de relacionarnos con Dios! Hemos de revisar nuestro trato con el
Señor a fin de lograr coherencia entre la fe que profesamos y celebramos, con
la vida que llevamos, de lo contrario la grieta se profundizará, y la anhelada
paz y armonía jamás llegará. ¡Urge que tomemos el toro por las astas! No
dilatemos la decisión, pues tendremos que dar cuenta a Dios de la dejadez.
Querida Madre del Valle, aquí estamos tus hijos, cada uno
con distintos carismas, ayúdanos a hacerlos fructificar a fin de que vayamos
gestando una cultura inspirada en el amor de Dios y en los valores del Reino.
Madre que no nos cansemos, que siempre estemos dispuestos a entregar hasta la
última gota de sangre por la noble causa del Reinado de Dios en el mundo,
sabedores de que sólo así es posible una vida digna para todos. Así sea.
¡¡¡Viva la Virgen del Valle!!!