El Santuario Mariano se vio colmado de fieles de las
distintas parroquias, quienes se dieron cita para participar de la celebración,
en la que los sacerdotes y el Obispo renovaron sus promesas sacerdotales y se
consagraron los óleos sagrados.
En su homilía, Mons. Urbanc se dirigió a los sacerdotes
expresando que "la configuración con Cristo es el presupuesto y la base de toda
renovación. Pero, tal vez, la figura de Cristo nos parece, no pocas veces,
demasiado elevada y muy grande como para atrevernos a adoptarla como criterio
de medida para nosotros. El Señor lo sabe. Por eso nos ha proporcionado ejemplos
con niveles de grandeza más accesibles y más cercanos”. En este punto mencionó
a sacerdotes santos, que "a lo largo de 20 siglos de historia nos han precedido
para indicarnos la senda”, como "Policarpo de Esmirna, Ignacio de Antioquia,
Ambrosio, Agustín, Gregorio Magno, Ignacio de Loyola, Carlos Borromeo, Juan de
Ávila, Francisco de Sales, Toribio de Mogrovejo, Juan María Vianney, sacerdotes
mártires del s. XX, Juan Pablo II, gran ejemplo de amor, abnegación, unción,
fidelidad y oración. Y, cómo no destacar la señera figura del querido José
Gabriel del Rosario Brochero”.
Recuperar la formación
En otro tramo de su reflexión, el Obispo destacó dos
aspectos en el ser y quehacer sacerdotal, indicando que "ante todo somos
‘administradores de los misterios de Dios’, y el ministerio de la enseñanza es
una parte de esa administración de los misterios de Dios, en los que él nos
muestra su rostro y su corazón”. Sobre este punto, afirmó que "mucho se viene
hablando de un analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra
sociedad, tan ilustrada en otras cuestiones, es por eso que este primer año del
trienio de preparación a la celebración de los cuatrocientos años del hallazgo
de la bendita imagen de nuestra Madre del Valle, hemos priorizado la formación religiosa
de todos los bautizados; entre ellos nos encontramos nosotros que necesitamos
recuperar la formación permanente”.
Luego enfatizó que "no anunciamos teorías y opiniones
privadas, sino la fe de la Iglesia, de la que somos servidores. Si no nos
anunciamos a nosotros mismos, e interiormente hemos llegado a ser uno con Aquél
que nos ha elegido como mensajeros suyos, de manera que estemos modelados por
la fe y la vivamos, entonces nuestra predicación será creíble. No estamos para
hacer publicidad de nosotros mismos, sino que nos donamos a los demás. El Cura
de Ars no era un intelectual, pero con su anuncio llegaba al corazón de la
gente, porque él mismo permitió ser tocado en su corazón”.
Por la salvación del cuerpo y el alma
El otro aspecto clave se refiere al "‘celo por las almas’.
Es una expresión fuera de moda que ya casi no se usa hoy”, dijo y agregó que
"como sacerdotes, nos preocupamos naturalmente por el hombre entero, por sus
necesidades físicas: de los hambrientos, los enfermos, los sin techo, etc. Pero
no sólo nos preocupamos de su cuerpo, sino también de las necesidades del alma
del hombre: de las personas que se encuentran en la oscuridad respecto a la
verdad; que sufren por la ausencia de verdad y de amor. Nos preocupamos por la
salvación de los hombres en cuerpo y alma”.
"Como sacerdotes, hemos discernido y libremente aceptado,
que jamás nos perteneceríamos a nosotros mismos ni a nadie, sino sólo a Jesús,
y con Jesús llevaríamos la buena noticia a los pobres, vendaríamos los
corazones heridos, proclamaríamos la liberación de los cautivos, proclamaríamos
la misericordia del Señor, consolaríamos a los tristes, cambiaríamos el luto
por la alegría y el desánimo por la esperanza, siempre y en cualquier
circunstancia”, manifestó el Pastor Diocesano.
Renovación y bendición de los óleos
A continuación, se realizó la renovación de las promesas
sacerdotales de todos los presbíteros ante el Obispo, quien los interrogó como
en el día de su ordenación y al que respondieron a una sola voz: "Si, quiero”.
Luego los sacerdotes representantes de cada Decanato
acercaron al altar los Sagrados Óleos: el Santo Crisma, el Óleo de los
Catecúmenos y el Óleo de los Enfermos, que fueron consagrados y bendecidos por
el Obispo.
Antes de la bendición final, Mons. Urbanc repartió los óleos
a cada párroco, para que se administren a lo largo de este año litúrgico.
Con el Santo Crisma consagrado por el Obispo se ungen los
recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los
presbíteros, la cabeza de los obispos y la Iglesia y los altares en su
dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, estos se preparan y disponen al
Bautismo. Con el óleo de los enfermos, éstos reciben el alivio en su debilidad.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, consagrados y fieles
aquí participantes:
En esta Santa Misa, nuestra mente retorna hacia aquel
momento en el que el Obispo, por la imposición de las manos y la oración, nos
introdujo en el sacerdocio de Jesucristo, de forma que fuéramos «santificados
en la verdad» (Jn 17,19), como Jesús había pedido al Padre para nosotros en la
oración sacerdotal. Él mismo es la verdad. Nos ha consagrado y ofrecido para
siempre a Dios, para que pudiéramos servir a los hombres, desde Dios y por Él.
Ahora bien, la pregunta del millón consiste en interrogarnos
si obramos como consagrados las 24 horas del día. Lo digo de otra manera:
¿Somos hombres que vivimos partiendo de Dios y en comunión afectiva y efectiva
con Jesucristo? En breves instantes les y me preguntaré en el nombre del Señor
Jesús: «¿Quieren unirse más estrechamente a Cristo y configurarse con él,
renunciando a ustedes mismos y reconfirmando la promesa de cumplir los sagrados
deberes que, por amor a Cristo, aceptaron gozosos el día de su ordenación
sacerdotal para el servicio de la Iglesia?» Con esto se expresan sobre todo dos
cosas: se requiere un vínculo interior, una configuración con Cristo y, con
ello, la necesidad de una superación de nosotros mismos, una renuncia a aquello
que es solamente nuestro: la tan divinizada ‘autorrealización’. Se pide que nosotros,
no reclamemos la vida para nosotros mismos, sino que la pongamos a disposición
de otro, de Cristo. Que no me pregunte: ¿Qué gano yo?, sino más bien: ¿Qué
puedo dar yo por Él y por los demás? O, aún más en concreto: ¿Cómo debo llevar
a cabo esta configuración con Cristo, que no domina, sino que sirve; que no
recibe, sino que da?; ¿cómo debo obrar en la situación, a menudo dramática, en
la que me toca vivir y servir?
Queridos hermanos sacerdotes, queda claro que la
configuración con Cristo es el presupuesto y la base de toda renovación. Pero,
tal vez, la figura de Cristo nos parece, no pocas veces, demasiado elevada y
muy grande como para atrevernos a adoptarla como criterio de medida para
nosotros. El Señor lo sabe. Por eso nos ha proporcionado «ejemplos» con niveles
de grandeza más accesibles y más cercanos. Precisamente por esta razón, Pablo
decía sin timidez a sus comunidades: "Imítenme a mí, como yo imito a Cristo, a
quien pertenezco” (cf. 1 Cor 11,1) Él era para sus fieles una «demostración»
del estilo de vida de Cristo, que ellos podían ver y a la cual se podían
asociar. A lo largo de 20 siglos de historia podemos pensar en una gran
multitud de sacerdotes santos, que nos han precedido para indicarnos la senda:
Policarpo de Esmirna, Ignacio de Antioquia, Ambrosio, Agustín, Gregorio Magno,
Ignacio de Loyola, Carlos Borromeo, Juan de Ávila, Francisco de Sales, Toribio
de Mogrovejo, Juan María Vianney, sacerdotes mártires del s. XX, Juan Pablo II,
gran ejemplo de amor, abnegación, unción, fidelidad y oración. Y, cómo no
destacar la señera figura del querido José Gabriel del Rosario Brochero, quien
decía que "el sacerdote que no tiene mucha lástima de los pecadores es
medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen
sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego". Los
santos nos indican cómo funciona la renovación y cómo podemos ponernos a su
servicio. Y nos permiten comprender también que Dios no mira los grandes
números ni los éxitos exteriores, sino que remite sus victorias al humilde
signo de la semilla de mostaza.
Antes de proseguir, permítanme abundar en algunas otras
enseñanzas del cura Brochero: *"Yo me felicitaría si Dios me saca de este
planeta sentado confesando y predicando el Evangelio".
*"Yo le he dicho al Señor Obispo y le he repetido hasta
el fastidio quizás, que lo acompañaré hasta la muerte como simple soldado que
desea morir en las peleas de Jesucristo".
*"El Señor me dio la salud, él me la quita; bendita sea
su santa voluntad. Debemos estar siempre conformes con los designios de
Dios".
*"La hostia consagrada es un milagro de amor, es un
prodigio de amor, es una maravilla de amor, es un complemento de amor, y es la
prueba más acabada de su amor infinito hacia mí, hacia ustedes, hacia el
hombre".
*"Jesús convida con un modo suavísimo, con palabras
dulcísimas a seguirle y ponerse bajo su bandera. En la cruz está nuestra salud
y nuestra vida, la fortaleza del corazón, el gozo del espíritu y la esperanza
del cielo".
*"Jesucristo impone a sus soldados leyes al parecer muy
duras: 'Niégate a ti mismo, carga con tu cruz y sígueme', porque el negarse a
sí mismo, importa una renuncia completa de todos los placeres del sentido, un
abandono de las riquezas superfluas, y un desprecio de los vanos honores. Tomar
la cruz, es la preparación del ánimo, para tolerar las cosas contrarias al
genio de la naturaleza; tales son, la penitencia, la mortificación del cuerpo,
la pobreza de espíritu y la humildad de corazón: cosas todas que se oponen
directamente a la soberbia, lujuria y avaricia que sugiere Lucifer".
*"Dios en los santos Ejercicios me ha enseñado a mí y a
ustedes que el hombre debe primero perder su honor, sus bienes o riquezas y su
vida misma, antes que perder a Dios, o sea, su salvación".
*"Con ocasión de mi ordenación sacerdotal, sentí mucho
miedo. Apenas soy un pobre pecador, tan lleno de límites y miserias. Y me
preguntaba: ‘¿Podré ser fiel a la vocación? ¿En qué enredo me metí?’ Pero en
seguida una sensación inmensa de paz invadió todo mi ser. Porque si el Señor me
había llamado, Él sería fiel y sostendría mi fidelidad; además, Jesús, el Buen
Pastor, jamás niega sus dones a quienes lo siguen y son ‘otros Jesús’ como su
Hijo muy amado”.
*A los sacerdotes que iban a su parroquia les advertía:
"Cuanto más rudos o pecadores o más inciviles sean mis feligreses, los han de
tratar con más dulzura y amabilidad en el confesionario, en el púlpito y aún en
el trato familiar”.
A la hora de renovar las promesas sacerdotales quiero que
recordemos dos palabras claves en nuestro ser y quehacer sacerdotal: 1. Ante
todo que somos «administradores de los misterios de Dios» (1Co 4,1), así lo
recuerda el profeta Isaías en la primera lectura (61,6ª) y que nos corresponde
el ministerio de la enseñanza, que es una parte de esa administración de los
misterios de Dios, en los que él nos muestra su rostro y su corazón, para
entregarse a nosotros. Mucho se viene hablando de un analfabetismo religioso
que se difunde en medio de nuestra sociedad, tan ilustrada en otras cuestiones,
es por eso que este primer año del trienio de preparación a la celebración de
los cuatrocientos años del hallazgo de la bendita imagen de nuestra Madre del
Valle, hemos priorizado la formación religiosa de todos los bautizados; entre
ellos nos encontramos nosotros que necesitamos recuperar la formación
permanente.
Los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía
cualquier niño, son cada vez menos conocidos. Pero para poder vivir y amar
nuestra fe, para poder amar a Dios y llegar por tanto a ser capaces de
escucharlo del modo justo, debemos saber qué es lo que Dios nos ha dicho;
nuestra razón y nuestro corazón han de ser interpelados por su Palabra, que
encontramos primaria y básicamente en la Sagrada Escritura, que nunca leeremos
y meditaremos suficientemente. Pero todos tenemos experiencia de que
necesitamos ayuda para transmitirla rectamente en el presente, de manera que
mueva verdaderamente nuestro corazón. Esta ayuda la encontramos en primer lugar
en la palabra de la Iglesia docente: el Concilio Vaticano II, el Catecismo de
la Iglesia Católica y el Compendio de Doctrina Social son los instrumentos
esenciales que nos indican de modo auténtico lo que la Iglesia cree a partir de
la Palabra de Dios. Y, naturalmente, también forma parte de ellos todo el
tesoro de documentos que los Papas nos han ido dejando y que todavía están
lejos de ser aprovechados plenamente.
Todo anuncio nuestro debe inspirarse en la Palabra de
Jesucristo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7,16). No anunciamos teorías y
opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la que somos servidores. Si no
nos anunciamos a nosotros mismos, e interiormente hemos llegado a ser uno con
Aquél que nos ha elegido como mensajeros suyos, de manera que estemos modelados
por la fe y la vivamos, entonces nuestra predicación será creíble. No estamos
para hacer publicidad de nosotros mismos, sino que nos donamos a los demás. El
Cura de Ars no era un intelectual, pero con su anuncio llegaba al corazón de la
gente, porque él mismo permitió ser tocado en su corazón.
2. La segunda palabra clave se llama "celo por las almas”.
Es una expresión fuera de moda que ya casi no se usa hoy. En algunos ambientes,
la palabra alma es considerada incluso un término prohibido, porque expresaría
un dualismo entre el cuerpo y el alma, dividiendo falsamente al hombre.
Evidentemente, el hombre es una unidad, destinada a la eternidad en cuerpo y
alma. Pero esto no puede significar que ya no tengamos alma, un principio
constitutivo que garantiza la unidad del hombre en su vida y más allá de su
muerte terrena. Y, como sacerdotes, nos preocupamos naturalmente por el hombre
entero, por sus necesidades físicas: de los hambrientos, los enfermos, los sin
techo, etc. Pero no sólo nos preocupamos de su cuerpo, sino también
precisamente de las necesidades del alma del hombre: de las personas que sufren
por la violación de un derecho; de las personas que se encuentran en la
oscuridad respecto a la verdad; que sufren por la ausencia de verdad y de amor.
Nos preocupamos por la salvación de los hombres en cuerpo y alma.
Y, en cuanto sacerdotes de Jesucristo, lo hacemos con celo
las 24 horas del día y los 365 días del año. Como sacerdotes, hemos discernido
y libremente aceptado, que jamás nos perteneceríamos a nosotros mismos ni a
nadie, sino sólo a Jesús, y con Jesús llevaríamos la buena noticia a los
pobres, vendaríamos los corazones heridos, proclamaríamos la liberación de los
cautivos, proclamaríamos la misericordia del Señor, consolaríamos a los
tristes, cambiaríamos el luto por la alegría y el desánimo por la esperanza,
siempre y en cualquier circunstancia (cf. Is 61,1-3ª; Lc 4,18-21). Las personas
han de percibir nuestro celo, mediante el cual damos un testimonio creíble del
Evangelio de Jesucristo. Pidamos al Señor que nos colme con la alegría de su
mensaje, para que con gozoso celo podamos servir a su verdad y a su amor. ¡Así
Sea!
¡San José Gabriel del Rosario Brochero, ruega por nosotros!
¡Nuestra Señora del Valle, Madre de los Sacerdotes, ruega
por nosotros!