Los pequeños y algunos padres participaron de la Liturgia,
leyendo las lecturas, acercando los dones hasta el altar y recibiendo una
bendición especial para sus hogares.
En su homilía, Mons. Urbanc destacó la presencia "muchos
niños que se dieron cita para homenajear a nuestra querida Madre del Valle.
Bienvenidos todos a esta casa de nuestra Madre celestial”, les dijo y pidió un
fuerte aplauso para ellos. El Obispo reflexionó a la luz de las Sagradas
Escrituras resaltando la Fiesta de la divina Misericordia, que se celebró el
domingo, explicando que "es una Fiesta instituida por el Papa san Juan Pablo
II, que fue solicitada por el mismo Jesucristo a través de Santa Faustina Kowalska,
religiosa polaca del siglo XX”.
También se dirigió a los más pequeños: "Queridos niños,
gracias por haber venido a honrar a la Madrecita del Valle y a su bendito Hijo,
Salvador de todos los seres humanos”, les manifestó, exhortándolos a que "sean la
alegría de Jesús en su hogar, en la escuela, en el barrio, en los lugares donde
juegan y en la parroquia a la que pertenecen. Den testimonio de que ustedes
creen que Jesús está vivo y que a cada instante se encuentra con ustedes cuando
rezan, cuando hacen una obra buena, cuando obedecen a sus mayores, cuando
estudian, cuando juegan, y hasta cuando están enfermos”.
En el momento de las ofrendas, representantes de la Pastoral
de la Niñez acercaron al altar las ofrendas de pan y vino junto con donaciones
materiales.
El canto estuvo animado por el Coro de niños Divino Niño
Jesús y el coro parroquial Kairós.
Un momento especial se vivió cuando los niños presentes
acudieron hasta el Presbiterio para darle el saludo de la paz al Señor Obispo.
Como así también, cuando antes de la bendición final, cientos de niños que
habían participado de la Eucaristía junto con sus padres, se acercaron hasta el
altar con sus Biblias en alto para recibir la bendición del Pastor Diocesano a
los pies de la Virgen del Valle, como un gesto particular propuesto por la
Pastoral de la Niñez en el Año Diocesano de la Formación de los Discípulos
Misioneros, que vive la Iglesia de Catamarca en 2017.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos devotos y peregrinos:
En este primer día del septenario se nos propuso meditar
acerca del encuentro con el Señor Resucitado como fundamento de nuestra fe y
nos honran con su presencia miembros de la pastoral de la niñez, acompañados de
muchos niños que se dieron cita para homenajear a nuestra querida Madre del
Valle. Bienvenidos todos a esta casa de nuestra Madre celestial. Pido un fuerte
aplauso para recibir a estos niños. Que no se olviden jamás de este día en el
que muestran su amor a la Virgen María y a su Hijo Jesús, en la Fiesta de la
Divina Misericordia.
¡Viva la Virgen del Valle!¡Viva Jesús de la Divina
Misericordia!
Cada domingo posterior al Domingo de la Resurrección del
Señor conmemoramos la Fiesta de la Divina Misericordia. Es una Fiesta instituida por el Papa san Juan
Pablo II. No la inventó el Papa, sino
que fue solicitada por el mismo Jesucristo a través de Santa Faustina Kowalska,
religiosa polaca del siglo XX, quien murió en 1938 a los 33 años de edad.
Veamos qué cosas nos dice Dios a través de Sor Faustina.
En el Antiguo Testamento le enviaba a mi pueblo los profetas
con truenos. Hoy te envío a toda la
humanidad con mi Misericordia. No quiero
castigar a la humanidad llena de dolor, sino sanarla estrechándola contra mi
Corazón misericordioso.
Habla al mundo de mi Misericordia, para que toda la
humanidad conozca la infinita Misericordia mía. Antes de venir como Juez justo,
abro de par en par las puertas de mi Misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de mi
Misericordia, deberá pasar por la puerta de mi Justicia.
Hoy, en el Evangelio (Jn. 20, 19-31) hemos escuchado el momento y las palabras con
que Jesucristo instituyó el Sacramento de la Reconciliación, del Perdón:
"Reciban el Espíritu Santo; a quienes perdonen sus pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”. Es el Sacramento de
su Misericordia.
A propósito de este sacramento, Jesús nos dice a través de
santa Faustina: "Cuando vayas a confesarte debes saber que Yo mismo te espero
en el Confesionario, sólo que estoy oculto en el Sacerdote. Pero Yo mismo actúo en el alma. Aquí la miseria del alma se encuentra con el
Dios de la Misericordia.
Jesús llama a la Confesión Tribunal de la Misericordia. ¡Qué nombre tan apropiado! Porque es así: un
tribunal al que vamos invitados (no obligados) y donde siempre salimos
absueltos (no nos culpan, ni nos condenan). Insólito: nos convocan para absolvernos de nuestra falta. Y la sentencia es siempre el perdón. Es un tribunal que nos absuelve aunque seamos
culpables… ¡Cómo es que tanta gente deja de aprovechar las gracias que Jesús
nos reparte en su Tribunal de Misericordia!
Y para acogerse a Él no nos pide grandes cosas: sólo basta
acercarse con fe a los pies de mi representante (el Sacerdote) y confesarle con fe su miseria ... Aunque el alma fuera
como un cadáver descomponiéndose (es decir, muerta y descompuesta por el
pecado) y que pareciera estuviese todo ya perdido, para Dios no es así.
¡Oh! ¡Cuán infelices
son los que no se aprovechan de este milagro de la Divina Misericordia! Porque si no aprovechamos la Misericordia
ahora, tenemos que atenernos a la Justicia después. Esa son nuestras opciones.
En el Evangelio de hoy también hemos visto cuán importante
es la Fe. "Bienaventurados los que, sin
ver, creen”, dijo Jesucristo al apóstol
Tomás, quien no quería creer que Cristo había resucitado, porque no lo había
visto. La Fe es la virtud sobre la cual
se funda la Esperanza. De la Fe brota la
confianza y ésta nos lleva a la Esperanza. La confianza es esencial para poder aprovecharnos de las gracias de la
Misericordia de Dios.
La confianza está en la esencia de la devoción a la Divina
Misericordia. La confianza es esa
actitud que tiene el niño que confía en sus padres. Así debemos ser nosotros, como niños, que en
todo momento confiamos sin medida en el Amor Misericordioso y en la Omnipotencia
del Padre Celestial. Por eso, gracias a ustedes niños que nos ofrecen el marco
existencial para acercarnos a la Misericordia de Dios.
La confianza es una consecuencia directa de la Fe: no hay
verdadera Fe si no hay confianza. De Fe,
confianza y Esperanza nos habla la Segunda Lectura (1 Pe. 1,3-9). Nos habla de la esperanza de una vida nueva
en el Cielo, de la fe necesaria para la salvación que nos tiene preparada el
Señor y que será revelada plenamente al final de los tiempos. "Alégrense aun
cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de toda clase, a fin de
que su fe sea sometida a prueba... la fe de ustedes es más preciosa que el oro,
y el oro se purifica en el fuego”.
La Primera Lectura (Hch. 2,42-47) nos ha referido cuál era
el espíritu que animaba a los primeros cristianos: "acudían asiduamente a
escuchar las enseñanzas de los Apóstoles, vivían en comunión fraterna y se
congregaban para orar en común y celebrar la fracción del pan, vivían unidos y
tenían todo en común, cada día se reunían en el Templo”.
Continúa diciéndonos Jesús: "Deseo que la Fiesta de la
Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente,
para los pobres pecadores. En este día derramo un mar de gracias sobre las
almas que se acerquen al manantial de mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa
Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas... Que ningún
alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean muy graves o muy feos”.
Por tanto, todo aquel que, verdaderamente arrepentido, se
confiese y comulgue, quedará totalmente purificado de toda culpa, como si no
hubiera cometido nunca ningún pecado. Así es el abismo insondable de la
Misericordia Infinita de Dios, que no desea la muerte de nosotros, pecadores,
sino que nos convirtamos y vivamos para la Vida Eterna, la que nos espera
después de esta vida terrenal que ahora vivimos.
Dice Jesús: "Deseo unirme a las almas humanas: mi gran alegría es unirme a las almas. Cuando
en la Santa Comunión llego a un corazón humano, tengo las manos llenas de toda
clase de gracias. Deseo dárselas al
alma, pero las almas ni siquiera me prestan atención: me dejan solo y se ocupan de otras cosas. ¡Oh! ¡Qué triste es para Mí que las almas no
correspondan Mi Amor!”
¡Oh! ¡Cuánto me duele
que muy rara vez las almas se unan a Mí en la Santa Comunión. Espero a las almas y ellas son indiferentes a
Mí. Las amo con tanta ternura y ellas no
confían en Mí. Deseo colmarlas con
gracias y ellas no desean aceptarlas. Me
tratan como una cosa muerta, y Mi Corazón está lleno de Amor y Misericordia.
Ahora bien, ¿en qué consiste la Devoción a la Divina
Misericordia? Además de invitarnos a una
oración, hecha con fe y confianza al Señor, esa oración debe llevarnos a la
imitación de Jesús, a realizar cada uno obras de misericordia hacia los demás.
La Fiesta de la Divina Misericordia nos invita, entonces, a
creer sin ver, a confiar sin medida y a amar con la Misericordia del
Señor. Aprovechemos las gracias que en
esta Fiesta especialísima nos quiere dar Jesucristo. Acojámonos a Su Divina Misericordia,
recibiendo su perdón y sus gracias, y aprendamos con esta Devoción a imitarlo,
siendo nosotros mismos misericordiosos
con nuestro prójimo, sea quien sea.
Queridos niños, gracias por haber venido a honrar a la
Madrecita del Valle y a su bendito Hijo, Salvador de todos los seres humanos.
Así como los apóstoles se llenaron de alegría viendo a Jesús Resucitado y
glorificado por el Fiel Amor de su Padre Dios, también ustedes sean la alegría
de Jesús en su hogar, en la escuela, en el barrio, en los lugares donde juegan
y en la parroquia a la que pertenecen. Den testimonio de que ustedes creen que
Jesús está vivo y que a cada instante se encuentra con ustedes cuando rezan,
cuando hacen una obra buena, cuando obedecen a sus mayores, cuando estudian,
cuando juegan, cuando están enfermos, cuando alguien los hace sufrir, etc.
Y a todos los que participan en esta celebración los invito
con premura a que se ocupen siempre de los niños, desde antes de concebirlos,
puesto que ellos necesitan de su ejemplo de verdaderos hijos e hijas de Dios
que dan testimonio de que Dios es lo único importante de sus vidas; que por Él
se sacrifican día a día; que Él es la fuente y la cumbre de sus ilusiones y
alegrías; que Él es el Sumo Bien que buscan y al que quieren unirse
definitivamente después de esta vida terrena; que Él es el Amor Misericordioso
que sana todas las heridas que la humana fragilidad provoca en los corazones;
que Él es el que nos sostiene en la lucha de cada día, motivándonos a
renovarnos cada día para servir más y mejor a cada persona que pasa a nuestro
lado; que Él es quien ha creado a esta sublime criatura, que es la Virgen
María, para ser la Madre del Redentor y Madre nuestra, para ser la Madre de la
Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Amén.
¡Viva la Virgen del Valle!
¡Vivan los niños!
¡Vivan todos los hijos e hijas de María!