Gracias al
desarrollo tecnológico, el acceso a los medios de comunicación es tal que
muchísimos individuos tienen la posibilidad de compartir inmediatamente
noticias y de difundirlas de manera capilar. Estas noticias pueden ser bonitas
o feas, verdaderas o falsas. Nuestros padres en la fe ya hablaban de la mente
humana como de una piedra de molino que, movida por el agua, no se puede
detener. Sin embargo, quien se encarga del molino tiene la posibilidad de
decidir si moler trigo o cizaña. La mente del hombre está siempre en acción y
no puede dejar de «moler» lo que recibe, pero está en nosotros decidir qué
material le ofrecemos. (cf. Casiano el Romano, Carta a Leoncio Igumeno).
Me gustaría
con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito
profesional como en el de las relaciones personales, «muelen» cada día mucha
información para ofrecer un pan tierno y bueno a todos los que se alimentan de
los frutos de su comunicación. Quisiera exhortar a todos a una comunicación
constructiva que, rechazando los prejuicios contra los demás, fomente una
cultura del encuentro que ayude a mirar la realidad con auténtica confianza.
Creo que es
necesario romper el círculo vicioso de la angustia y frenar la espiral del
miedo, fruto de esa costumbre de centrarse en las «malas noticias» (guerras,
terrorismo, escándalos y cualquier tipo de frustración en el acontecer humano).
Ciertamente, no se trata de favorecer una desinformación en la que se ignore el
drama del sufrimiento, ni de caer en un optimismo ingenuo que no se deja
afectar por el escándalo del mal. Quisiera, por el contrario, que todos
tratemos de superar ese sentimiento de disgusto y de resignación que con
frecuencia se apodera de nosotros, arrojándonos en la apatía, generando miedos
o dándonos la impresión de que no se puede frenar el mal. Además, en un sistema
comunicativo donde reina la lógica según la cual para que una noticia sea buena
ha de causar un impacto, y donde fácilmente se hace espectáculo del drama del
dolor y del misterio del mal, se puede caer en la tentación de adormecer la
propia conciencia o de caer en la desesperación.
Por lo
tanto, quisiera contribuir a la búsqueda de un estilo comunicativo abierto y
creativo, que no dé todo el protagonismo al mal, sino que trate de mostrar las
posibles soluciones, favoreciendo una actitud activa y responsable en las
personas a las cuales va dirigida la noticia. Invito a todos a ofrecer a los
hombres y a las mujeres de nuestro tiempo narraciones marcadas por la lógica de
la «buena noticia».
La buena
noticia
La vida del
hombre no es sólo una crónica aséptica de acontecimientos, sino que es
historia, una historia que espera ser narrada mediante la elección de una clave
interpretativa que sepa seleccionar y recoger los datos más importantes. La
realidad, en sí misma, no tiene un significado unívoco. Todo depende de la
mirada con la cual es percibida, del «cristal» con el que decidimos mirarla:
cambiando las lentes, también la realidad se nos presenta distinta. Entonces,
¿qué hacer para leer la realidad con «las lentes» adecuadas?
Para los
cristianos, las lentes que nos permiten descifrar la realidad no pueden ser
otras que las de la buena noticia, partiendo de la «Buena Nueva» por
excelencia: el «Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Con estas
palabras comienza el evangelista Marcos su narración, anunciando la «buena
noticia» que se refiere a Jesús, pero más que una información sobre Jesús, se
trata de la buena noticia que es Jesús mismo. En efecto, leyendo las páginas
del Evangelio se descubre que el título de la obra corresponde a su contenido
y, sobre todo, que ese contenido es la persona misma de Jesús.
Esta buena
noticia, que es Jesús mismo, no es buena porque esté exenta de sufrimiento,
sino porque contempla el sufrimiento en una perspectiva más amplia, como parte
integrante de su amor por el Padre y por la humanidad. En Cristo, Dios se ha
hecho solidario con cualquier situación humana, revelándonos que no estamos solos,
porque tenemos un Padre que nunca olvida a sus hijos. «No temas, que yo estoy
contigo» (Is 43,5): es la palabra consoladora de un Dios que se implica desde
siempre en la historia de su pueblo. Con esta promesa: «estoy contigo», Dios
asume, en su Hijo amado, toda nuestra debilidad hasta morir como nosotros. En
Él también las tinieblas y la muerte se hacen lugar de comunión con la Luz y la
Vida. Precisamente aquí, en el lugar donde la vida experimenta la amargura del
fracaso, nace una esperanza al alcance de todos. Se trata de una esperanza que
no defrauda ―porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
(cf. Rm 5,5)― y que hace que la vida nueva brote como la planta que crece de la
semilla enterrada. Bajo esta luz, cada nuevo drama que sucede en la historia
del mundo se convierte también en el escenario para una posible buena noticia,
desde el momento en que el amor logra encontrar siempre el camino de la
proximidad y suscita corazones capaces de conmoverse, rostros capaces de no
desmoronarse, manos listas para construir.
La confianza
en la semilla del Reino
Para iniciar
a sus discípulos y a la multitud en esta mentalidad evangélica, y entregarles
«las gafas» adecuadas con las que acercarse a la lógica del amor que muere y
resucita, Jesús recurría a las parábolas, en las que el Reino de Dios se
compara, a menudo, con la semilla que desata su fuerza vital justo cuando muere
en la tierra (cf. Mc 4,1-34). Recurrir a imágenes y metáforas para comunicar la
humilde potencia del Reino, no es un manera de restarle importancia y urgencia,
sino una forma misericordiosa para dejar a quien escucha el «espacio» de
libertad para acogerla y referirla incluso a sí mismo. Además, es el camino
privilegiado para expresar la inmensa dignidad del misterio pascual, dejando
que sean las imágenes ―más que los conceptos― las que comuniquen la paradójica
belleza de la vida nueva en Cristo, donde las hostilidades y la cruz no
impiden, sino que cumplen la salvación de Dios, donde la debilidad es más
fuerte que toda potencia humana, donde el fracaso puede ser el preludio del
cumplimiento más grande de todas las cosas en el amor. En efecto, así es como
madura y se profundiza la esperanza del Reino de Dios: «Como un hombre que echa
la semilla en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, la semilla
brota y crece» (Mc 4,26-27).
El Reino de
Dios está ya entre nosotros, como una semilla oculta a una mirada superficial y
cuyo crecimiento tiene lugar en el silencio. Quien tiene los ojos límpidos por
la gracia del Espíritu Santo lo ve brotar y no deja que la cizaña, que siempre
está presente, le robe la alegría del Reino.
Los
horizontes del Espíritu
La esperanza
fundada sobre la buena noticia que es Jesús nos hace elevar la mirada y nos
impulsa a contemplarlo en el marco litúrgico de la fiesta de la Ascensión.
Aunque parece que el Señor se aleja de nosotros, en realidad, se ensanchan los
horizontes de la esperanza. En efecto, en Cristo, que eleva nuestra humanidad
hasta el Cielo, cada hombre y cada mujer puede tener la plena libertad de
«entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo
y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir, de su
propia carne» (Hb 10,19-20). Por medio de «la fuerza del Espíritu Santo»
podemos ser «testigos» y comunicadores de una humanidad nueva, redimida, «hasta
los confines de la tierra» (cf. Hb 1,7-8).
La confianza
en la semilla del Reino de Dios y en la lógica de la Pascua configura también
nuestra manera de comunicar. Esa confianza nos hace capaces de trabajar ―en las
múltiples formas en que se lleva a cabo hoy la comunicación― con la convicción
de que es posible descubrir e iluminar la buena noticia presente en la realidad
de cada historia y en el rostro de cada persona.
Quien se
deja guiar con fe por el Espíritu Santo es capaz de discernir en cada
acontecimiento lo que ocurre entre Dios y la humanidad, reconociendo cómo él
mismo, en el escenario dramático de este mundo, está tejiendo la trama de una
historia de salvación. El hilo con el que se teje esta historia sacra es la
esperanza y su tejedor no es otro que el Espíritu Consolador. La esperanza es
la más humilde de las virtudes, porque permanece escondida en los pliegues de
la vida, pero es similar a la levadura que hace fermentar toda la masa.
Nosotros la alimentamos leyendo de nuevo la Buena Nueva, ese Evangelio que ha
sido muchas veces «reeditado» en las vidas de los santos, hombres y mujeres
convertidos en iconos del amor de Dios. También hoy el Espíritu siembra en
nosotros el deseo del Reino, a través de muchos «canales» vivientes, a través
de las personas que se dejan conducir por la Buena Nueva en medio del drama de
la historia, y son como faros en la oscuridad de este mundo, que iluminan el
camino y abren nuevos senderos de confianza y esperanza.
Vaticano, 24
de enero de 2017
Francisco