Ese día también se celebró la Jornada Mundial de la
Comunicación Social, meditando el tema propuesto por el Papa Francisco en su
mensaje: "Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos”.
Durante su homilía, Mons. Urbanc afirmó que "la primera
consecuencia o efecto de la Ascensión para nosotros es que nos ha abierto el
camino hacia el cielo, hacia la vida eterna, ya que en su humanidad incluye a
todos los hombres” y agregó que "no celebramos solamente el triunfo de
Jesucristo sino también el triunfo del hombre, de la naturaleza humana, nuestro
propio triunfo. Cumplida su gran misión en la tierra, Jesús regresa al Padre y,
de algún modo, nos lleva ya con Él. A partir de la Ascensión, una verdadera
humanidad, la de Jesús, participa de la Gloria Eterna de Dios. Esta es la causa
y razón de nuestra esperanza de ser glorificados con Él. Por eso es una
solemnidad importante, de alegría más que de tristeza”.
Como síntesis de su reflexión, manifestó que "la solemnidad
de la Ascensión reaviva la Esperanza y plenifica la alegría pascual. Es un día
de gloria, de victoria, para Jesús y para todos los creyentes. Y es también un
llamado firme al compromiso misionero, a ser testigos de Cristo Resucitado. A
modo de síntesis, recogemos lo que con su habitual claridad y precisión dice el
Card. Vanhoye: ‘la Ascensión no es para nosotros únicamente el fundamento de
nuestra esperanza de reunirnos al final con Cristo en el cielo, sino un
estímulo para trabajar en la transformación del mundo según el plan de Dios’”.
Jornada de la Comunicación Social
Asimismo, el Obispo destacó que ese día también se celebró
la 51º Jornada Mundial de la Comunicación Social con el lema: "No temas, que yo
estoy contigo (Is 43,5). Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos”.
"En su mensaje -expresó- el Papa Francisco invita a ensanchar el horizonte de
la esperanza y de la misión: ‘La esperanza fundada sobre la buena noticia que
es Jesús nos hace elevar la mirada y nos impulsa a contemplarlo en el marco
litúrgico de la fiesta de la Ascensión. Aunque parece que el Señor se aleja de
nosotros, en realidad, se ensanchan los horizontes de la esperanza. En efecto,
en Cristo, que eleva nuestra humanidad hasta el Cielo, cada hombre y cada mujer
puede tener la plena libertad de ‘entrar en el santuario en virtud de la sangre
de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a
través del velo, es decir, de su propia carne’ (Hb 10,19-20). Por medio de ‘la
fuerza del Espíritu Santo’ podemos ser ‘testigos’ y comunicadores de una
humanidad nueva, redimida, ‘hasta los confines de la tierra’”.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA
En el
libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,1-11) se afirma con claridad que
Jesús está vivo, porque durante 40 días tiene encuentros con los discípulos a
los que deja como testigos y enviados que han de anunciar al mundo que
Jesucristo es el Señor, el Viviente, la Vida misma.
Igual que en Lc 24,49, Jesús les ordena permanecer en
Jerusalén a la espera de la Promesa del Padre, el Espíritu Santo, que los
ungirá para la misión. Este "bautismo en el Espíritu" supera en mucho
el "bautismo con agua" de Juan Bautista, orientado a la conversión de
los pecados.
La pregunta de los discípulos - "Señor, ¿es ahora
cuando vas a restaurar el reino de Israel?" - revela que ellos todavía no han comprendido
plenamente la misión universal y trascendente de la Iglesia ya que esperan aún
la restauración del reino terrenal de Israel. Deberán recibir la fuerza del
Espíritu Santo para que les amplíe al mismo tiempo la mente y el horizonte
misionero, pues deberán ser testigos "hasta los confines de la
tierra".
En esta nueva situación, la Iglesia tiene que vivir en la
espera activa de la vuelta gloriosa del mismo Jesús tal como afirman los
ángeles al final del relato (Hch 1,11). Aquí el retorno del Señor se presenta
como una certeza, pero sin alimentar expectativas acerca de algo inminente, por
eso se los exhorta a no quedarse mirando al cielo.
De allí que en la segunda lectura se nos exhorta a "valorar
la esperanza a la que hemos sido llamados y los tesoros de gloria entre los
santos” (Ef 1-18).
Justamente la
situación de Cristo después de la Ascensión es estar por encima de toda la
creación, la cual le está sometida, y ser Cabeza del Cuerpo de la Iglesia. Esta
metáfora aplicada a la Iglesia como cuerpo de Cristo no se refiere tanto a su
organización, cuanto a una plenitud de todo el mundo nuevo que participa en la
regeneración universal mediante Cristo, Señor y Cabeza (cf. Col 1,15-20)".
En el
evangelio de san Mateo (Mt 18,16-20) esta escena de la Ascensión constituye la
conclusión y culminación de todo el evangelio de Mateo; y en ella confluyen los
hilos teológicos que lo recorren.
En esta perícopa se destacan tres elementos; *el mandato de
misión; *el poder del Resucitado y *la promesa de estar siempre con ellos.
El
encuentro con Jesús resucitado tiene lugar en Galilea (v.16), donde el Señor
había comenzado y desarrollado su ministerio (4,12ss). Allí también tendrán los
discípulos que retomar la misión. La "Galilea de las naciones" a
nivel histórico salvífico llega a ser un símbolo de la universalidad del
mensaje evangélico. No es entonces casual que el comienzo del ministerio de
Jesús sea en Galilea y que el comienzo del ministerio de los discípulos sea
también en Galilea, y esta vez no es solo para Israel sino para todas las
naciones.
El Señor Jesús no promete seguridades ni grandes hazañas,
sólo su Presencia, siempre y hasta el fin del mundo. En Jesucristo glorificado
se realiza la presencia permanente de Dios en medio de su pueblo. Es decir, Él
es verdaderamente el Emmanuel, "Dios con nosotros” (Mt 1,23).
Según el
Catecismo de la Iglesia el misterio de la Ascensión nos habla, en primer lugar,
de la glorificación de la humanidad de Jesús que ingresa definitivamente en el
ámbito divino. La Ascensión es, por tanto, la coronación del triunfo de Cristo;
es el punto de llegada definitivo de su Resurrección. A partir de su Ascensión
"Jesús participa en su humanidad en el poder y la autoridad del mismo
Dios" (CIC nº 668). En cuanto Hijo del Padre está desde siempre en el seno
del Padre, pero en la Encarnación asumió una verdadera humanidad que, al
resucitar, alcanzó Vida Eterna y, por ello, puede ascender junto al Padre. En
este sentido la Ascensión es la plenitud de la Encarnación ya que sube al Padre
con la humanidad que había asumido de María. Se trata, entonces, de la
glorificación de Jesús en su condición de hombre mediante la cual devuelve a la
naturaleza humana su vocación de eternidad.
Ahora
bien, la primera consecuencia o efecto de la Ascensión para nosotros es que nos
ha abierto el camino hacia el cielo, hacia la vida eterna, ya que en su
humanidad incluye a todos los hombres. Como bien reza el prefacio de la
Ascensión del Misal Romano: "ha querido precedernos como cabeza nuestra
para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de
seguirlo en su Reino". Es decir, no celebramos solamente el triunfo de
Jesucristo sino también el triunfo del hombre, de la naturaleza humana, nuestro
propio triunfo.
Cumplida su gran misión en la tierra, Jesús regresa al Padre
y, de algún modo, nos lleva ya con Él. A partir de la Ascensión, una verdadera
humanidad, la de Jesús, participa de la Gloria Eterna de Dios. Esta es la causa
y razón de nuestra esperanza de ser glorificados con Él. Por eso es una
solemnidad importante, de alegría más que de tristeza. Esto último lo expresaba
bien San León Magno en sus sermones sobre la Ascensión: "Así, pues, la
Ascensión de Cristo es nuestra propia elevación, y al lugar al que precedió la
gloria de la cabeza es llamada también la esperanza del cuerpo. Dejemos, pues,
queridos, que estalle nuestra alegría cuando él se sienta y regocijémonos con
piadosa acción de gracias. Hoy, en efecto, no sólo se nos confirma la posesión
del paraíso, sino que hasta hemos penetrado con Cristo en las alturas de los
cielos, hemos recibido más por la gracia inefable de Cristo, que lo que
perdiéramos por el odio del diablo. En la solemnidad pascual, la resurrección
era la causa de nuestra alegría: hoy es su Ascensión al cielo la que nos
proporciona materia para regocijarnos, puesto que conmemoramos y veneramos
convenientemente el día en que la humanidad de nuestra naturaleza fue elevada
en Cristo a una altura por encima de todo el ejército celestial" (San León
Magno, sermón sobre la Ascensión, 74,138-139).
Puesto que
Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no
se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la ascensión; con su
poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está
presente al lado de todos, y todos lo podemos invocar en todo lugar y a lo
largo de la historia.
El Papa
Francisco nos dice que en el mandato de Jesús "Vayan y haga que todos los
pueblos sean mis discípulos” están presentes los escenarios y los desafíos
siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos
llamados a esta nueva «salida» misionera. Cada cristiano y cada comunidad
discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a
aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas
las periferias que necesitan la luz del Evangelio" (EG 19-20).
Este fin
de semana celebramos la 51º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales con
el lema: "No temas, que yo estoy contigo (Is 43,5). Comunicar esperanza y
confianza en nuestros tiempos”. En su mensaje el Papa Francisco invita a
ensanchar el horizonte de la esperanza y de la misión: "La esperanza fundada
sobre la buena noticia que es Jesús nos hace elevar la mirada y nos impulsa a
contemplarlo en el marco litúrgico de la fiesta de la Ascensión. Aunque parece
que el Señor se aleja de nosotros, en realidad, se ensanchan los horizontes de
la esperanza. En efecto, en Cristo, que eleva nuestra humanidad hasta el Cielo,
cada hombre y cada mujer puede tener la plena libertad de «entrar en el
santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo,
inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir, de su propia
carne» (Hb 10,19-20). Por medio de «la fuerza del Espíritu Santo» podemos ser
«testigos» y comunicadores de una humanidad nueva, redimida, «hasta los
confines de la tierra».
En fin, la
solemnidad de la Ascensión reaviva la Esperanza y plenifica la alegría pascual.
Es un día de gloria, de victoria, para Jesús y para todos los creyentes. Y es
también un llamado firme al compromiso misionero, a ser testigos de Cristo
Resucitado. A modo de síntesis, recogemos lo que con su habitual claridad y
precisión dice el Card. Vanhoye: "la Ascensión no es para nosotros
únicamente el fundamento de nuestra esperanza de reunirnos al final con Cristo
en el cielo, sino un estímulo para trabajar en la transformación del mundo según
el plan de Dios".