Es un enorme, bello y antiguo templo de su parroquia que se
había deteriorado sorpresivamente en febrero
de 2011 con serios riesgos de derrumbe, por lo que tuvo que ser clausurado y
vallado.
Lo que vino después se transformó en una historia larga,
lamentable y vergonzosa por la cantidad de promesas incumplidas tanto de la
parte gubernamental como de la curia, que literalmente dejaron solo y librado a
su suerte al párroco Moisés Pachado, obligado a ejercer su ministerio en un
tugurio llamado Salón Parroquial, o a la intemperie.
Nos comentaba el sacerdote, que se cansó de golpear puertas
gestionando soluciones y que sólo encontró promesas y mentiras, algunas,
piadosas, otras perversas y las demás, demagógicas, lo que inevitablemente le
produjeron una enorme depresión ante la indiferencia de los antes, los
gobiernos, las empresas, y la propia Curia.
De últimas, desde el Obispado le había informado hace más de
dos meses, que llegarían técnicos del
Ministerio de Obras Públicas y de mismo Obispado, a realizar un relevamiento
para determinar lo que falta para que la obra se concluya, y tras muchas semanas
de espera.
"Es como si hubieran aprovechado que yo no estaba para
venir, entrar, mirar e irse, lo que me
dio un poco de bronca porque yo no sabía nada, siendo el responsable directo de
todo lo que pase en la Parroquia, así que estamos como antes. No se sabe nada”,
dijo el cura, visiblemente enojado por la informalidad de quienes hayan sido
que vinieron y se fueron sin saludar.
La comunidad está preocupada por tanta indiferencia, y la
iglesia cerrada y llena de deposiciones de palomas, es una clara muestra de una
sociedad decadente en la que los fieles católicos no tienen un lugar digno para
las celebraciones litúrgicas, decadencia iniciada, la verdad sea dicha, a fines
de los ’90 con Marcelino Ocampo y luego Dardo Olivera, y con todos los que
llegaron después.
Así estamos, y así se describe.