Durante la noche del domingo 19 de abril, completando la Octava de Pascua, el Obispo Diocesano, Mons. Luis Urbanc, presidió la Misa central del primer día del Septenario en honor de la Virgen del Valle, en la que rindieron su homenaje la Junta Diocesana de Catequesis, los catequistas y la Pastoral de la Niñez.
La ceremonia litúrgica fue concelebrada por los Pbros. Julio Murúa y Marcelo Amaya, responsables de la Catequesis y de la Pastoral de Comunicación Social, respectivamente, en el Altar Mayor de la Catedral Basílica y Santuario de Nuestra Señora del Valle.
Como desde que se determinó la distancia social obligatoria por la pandemia, los fieles y devotos no sólo de Catamarca sino del país, e incluso de otros países, participaron de la celebración eucarística a través de Radio Nacional Catamarca, la TV Pública, youtube y redes sociales de la Catedral Basílica, del Obispado y de radio Valle Viejo.
Al comenzar la homilía, Mons. Urbanc felicitó a los catequistas de la Diócesis y a los integrantes de la Pastoral de la Niñez, y a la Policía de Catamarca, por el servicio tan importante que en este tiempo prestan a la comunidad, los primeros a través de internet y los últimos por la protección que nos brindan diariamente.
A continuación, con admiración expresó: “Hoy he podido visitar, con la sagrada imagen de la Virgen del Valle, barrios del sector suroeste de la ciudad. Realmente se me cortaba la respiración por la manifestación de fe que vi en la multitud de personas que esperaban el paso de la comitiva. Los felicito por el esmero en arreglar los frentes de sus hogares, la colocación de altarcitos con sus imágenes, rogando al Cielo la bendición para todos. ¡Qué manera de ver niños! ¡Muchas mamás embarazadas o con bebés en sus manos! Ésta es la bendición de Dios para nuestra Provincia y nuestra Diócesis. Que el Señor les conceda los medios para ampliar sus casas de manera que todos puedan vivir bien y poder acoger los niños que Él les confíe”. Y agregó: “¡Como mínimo tres hijos por familia!, si queremos que nuestra población no disminuya como sucede en tantos países del llamado primer mundo, que, nadando en bienestar, en unas décadas desaparecerán porque han decidido deshumanizarse negándose a recibir la bendición de los hijos y a educarlos en los valores cristianos, que han heredado de sus antepasados”.
Más adelante, meditando las lecturas proclamadas, refiriéndose al pasaje de la Carta de san Pedro habló de la esperanza que tiene su fundamento en la Resurrección de Jesucristo. Luego de algunas enseñanzas aclaró que “esta esperanza no excluye las dificultades y tribulaciones de la vida presente, sino que las ilumina mostrando su función purificadora de la fe y el premio de gloria eterna que encierran. La esperanza nos lleva a la certeza de la salvación que promete la fe y que la motoriza el amor”.
Al hablar del Evangelio y reflexionar sobre el escepticismo del apóstol santo Tomás, que para creer que Jesús había resucitado ponía la condición de ver las marcas en las manos y el costado herido, el Obispo se refirió a “el incrédulo, o mejor dicho el que no acepta el testimonio de sus amigos, el de la comunidad, el de la Iglesia, ya que quiere verificar él mismo lo que se dice y pone condiciones, como tantas veces nos pasa a nosotros, de allí la frase: ‘ver para creer’”, la que Jesús tirará por la borda al afirmar: «Dichosos los que creen sin ver». Y está dicho para nosotros”.
Profundizó su enseñanza sobre esta lectura y luego elevó una plegaria: “Querida Madre del Valle, ayúdanos, con tu ejemplo e intercesión, a superar las dudas y pretensiones de ver, de tocar, de sentir y de entender, dándonos por satisfechos el poder contar con el testimonio creíble de los que sí han visto, tocado, sentido y entendido los misterios de la fe revelados en la persona de Jesucristo, el enviado de Dios Padre”. Continuó la oración con sucesivos pedidos orientados en el mismo sentido para concluir rogando: “Madre bendita del Valle, consíguenos de tu Hijo Jesús una fe más viva, más fuerte, más comprometida, más misionera, más parecida a la tuya”.
Videos de regalo para la Madre
Al finalizar la Eucaristía de las 20.00, se compartieron videos de las pastorales de Catequesis, de la Niñez y de la Comunicación Social, en este último caso conteniendo las Bienaventuranzas del Comunicador, que fueron proclamadas por algunos referentes de medios de comunicación social de Capital y del interior.
De esta manera, arrancó la serie de homenajes virtuales que las distintas pastorales le tributan a la Reina y Señora de este Valle, en las cuatro centurias de amor ininterrumpido hacia sus hijos.
Lectio divina
La jornada cerró con la lectio divina o lectura orante de la Biblia, a cargo del Pbro, Oscar Tapia, Delegado Episcopal de la Animación Bíblica de la Pastoral, quien meditó sobre versículos del Éxodo cap. 33 y 34, cuando Moisés recibe las tablas con los Diez Mandamientos.
Este momento destinado a profundizar de una manera diferente la Palabra de Dios, se repetirá hasta el sábado 25 de abril, al finalizar la Eucaristía y el homenaje de las Pastorales.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos devotos de la Virgen del Valle:
En este día rinden su homenaje a la Virgen del Valle los catequistas de nuestra Diócesis. Los quiero saludar y felicitar porque en estos días están abocados a su formación a través de internet. Que la Virgen María sea siempre para ustedes una motivación para este noble servicio eclesial.
También hoy celebra su día nuestra policía de Catamarca. Muchas felicidades y bendiciones del Cielo por la valiosa tarea que llevan a cabo en la sociedad. Que san José, su patrono, los guíe siempre por el camino del bien, la verdad, la justicia y la lealtad.
Hoy he podido visitar, con la sagrada imagen de la Virgen del Valle, barrios del sector suroeste de la ciudad. Realmente se me cortaba la respiración por la manifestación de fe que vi en la multitud de personas que esperaban el paso de la comitiva. Los felicito por el esmero en arreglar los frentes de sus hogares, la colocación de altarcitos con sus imágenes, rogando al Cielo la bendición para todos. ¡Qué manera de ver niños!¡Muchas mamás embarazadas o con bebés en sus manos! Ésta es la bendición de Dios para nuestra Provincia y nuestra Diócesis. Que el Señor les conceda los medios para ampliar sus casas de manera que todos puedan vivir bien y poder acoger los niños que Él les confíe. ¡Como mínimo tres hijos por familia! si queremos que nuestra población no disminuya como sucede en tantos países del llamado primer mundo, que, nadando en bienestar, en unas décadas desaparecerán porque han decidido deshumanizarse negándose a recibir la bendición de los hijos y a educarlos en los valores cristianos, que han heredado de sus antepasados.
La Liturgia de hoy corresponde al 2° Domingo de Pascua, con la que concluye la Octava de Pascua y que san Juan Pablo II ha designado como el Domingo de la Divina Misericordia. De manera que son muchos los que hoy la celebran con gran regocijo. De verdad, hermanos, que debemos siempre tener presente que somos fruto de la Misericordia infinita y eterna de Dios, que se manifestó en la Persona de Jesús, por medio de su Encarnación, su Vida entre nosotros y por su Muerte y Resurrección.
Como les anuncié ayer, voy a profundizar con ustedes el contenido de la primera carta de san Pedro 1,3-9 y el Evangelio de san Juan 20,19-31.
En la primera parte (1,3-5) predomina el tema de la esperanza, que tiene su fuente y fundamento en la Resurrección deJesucristo. Esta esperanza posee, por un lado, un carácter definitivoy absoluto en cuanto dada por Dios, en su misericordia, por laResurrección de Jesús. Y por el otro, se trata de una "esperanzaviva" reservada para los creyentes y que se manifestará plenamente enel momento final. Si bien su realización será al final de los tiempos, se tratade una esperanza que ayuda vivir la vida presente.
Sin embargo, esta esperanza no excluye las dificultades ytribulaciones de la vida presente, sino que las ilumina mostrando sufunción purificadora de la fe y el premio de gloria eterna que encierran. La esperanza nos lleva a la certeza de la salvación quepromete la fe y que la motoriza el amor.
El texto del Evangelio nos ha relatado dos apariciones de Jesús: la del mismo día de la resurrección, al atardecer, en la que sólo faltaba Tomás y la segunda, ocho días después, en la que sí está Tomás. Ambas se dan el primer día de la semana, que los cristianos empezarán a llamar Domingo, es decir, Día del Señor. Y por eso comenzaron a reunirse este día para conmemorar la Resurrección de Jesucristo por medio de la fracción del pan, lo que terminó llamándose Eucaristía o Santa Misa.
Los apóstoles están encerrados por temor a los judíos, como nosotros estamos encerrados por temor al contagio. El miedo y el encierro son signos de la falta de fe, debido a que todavía está muy patente y amenazador el fracaso de Jesús en la Cruz, a pesar de que unas mujeres les avisaron que vieron a Jesús por la mañana.
En el texto tres veces aparece el saludo que Jesús impondrá como Resucitado: “La Paz esté con Ustedes”, y que lo asumió la Liturgia como saludo habitual.
Dos veces en la primera aparición (vv. 19.21) y una vez en la segunda (v. 26), con lo cual confirma lo que les dijo antes de la Pasión: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14,27). Esta paz comprende todos los bienes necesarios para la vida terrena y el disfrute de todos los bienes en la vida futura. Esta paz que Jesús otorga no está ligada a su presencia física, sino a su condición de Resucitado, porque ha destruido al pecado y ha vencido a la muerte. Esto lo grafica con el don del Espíritu Santo para perpetuar el perdón de los pecados hasta el fin del mundo, por medio del ministerio de los pastores o sacerdotes.
Lo que deja bien en claro, san Juan, es que el Resucitado que se aparece es el mismo que estuvo crucificado, por eso la referencia explícita a las marcas de los clavos y de la lanzada en su costado. Esto lo pondrá en boca del apóstol Tomás que lo pone como una condición para poder creer. Y que en su segunda aparición, cuando Jesús se dirige explícitamente a Tomás, lo invita a meter los dedos en el agujero de los clavos y la mano en el hueco del costado. Tres veces se afirma que el Resucitado es el Crucificado.
El punto culminante del relato gira en torno al apóstol Tomás, el incrédulo, o mejor dicho el que no acepta el testimonio de sus amigos, el de la comunidad, el de la Iglesia, ya que quiere verificar él mismo lo que se dice y pone condiciones, como tantas veces nos pasa a nosotros, de allí la frase: “ver para creer”, la que Jesús tirará por la borda al afirmar: “Dichosos los que creen sin ver”. Y está dicho para nosotros. Pidamos la gracia de que así lo vivamos.Que sintamos verdadera felicidad, y nos baste creer sin ver.
El apóstol Tomás, al ver a Jesús con las marcas de la Crucifixión y haberlas tocado, se postra delante de Él, exclamando “¡Señor mío y Dios mío!”, que solemos repetir en el momento que el sacerdote eleva el Cuerpo y la Sangre de Cristo, reconociendo como el apóstol, que allí está Cristo, que lo que sostiene el sacerdote es el mismo Cristo-Dios, muerto y resucitado, el que vive junto al Padre desde siempre y para siempre.
Cuando decimos, “Señor mío y Dios mío”, expresamos nuestra adhesión personal de fe y de amor a Jesús.
Querida Madre del Valle, ayúdanos, con tu ejemplo e intercesión, a superar las dudas y pretensiones de ver, de tocar, de sentir y de entender, dándonos por satisfechos el poder contar con el testimonio creíble de los que sí han visto, tocado, sentido y entendido los misterios de la fe revelados en la persona de Jesucristo, el enviado de Dios Padre. Que sepamos aceptar que cuando tú vivías en la tierra junto a Jesús se combinaban la visión y la fe; pero que en cambio, ahora, en el tiempo de la Iglesia, los discípulos de Jesús no debemos tener las pretensiones de ver, sino sólo conformarnos con el testimonio de los apóstoles y de tantos que a lo largo de 20 siglos han creído y han encontrado en ello la verdadera y duradera felicidad.
Ayúdanos a aceptar que la fe es un Don de Dios que se nos infunde en el bautismo y que debemos cuidarlo y cultivarlo con la oración, el estudio, la contemplación, la caridad, el servicio, el sufrimiento, la misericordia,la paz, la Eucaristía, el Perdón y la pertenencia a una comunidad eclesial.
Ayúdanos a amar a la Iglesia que, como madre fecunda y solícita, nos engendró en esta fe cristiana que profesamos y celebramos por medio de los sacramentos y las acciones de cada día.
Y que comprendamos que el gran regalo que nos da le fe es que nos libera del aislamiento y de la autoreferencialidad, pues nos da la gracia de pertenecer a una familia, a una comunidad, en la que somos corresponsables.
Madre bendita del Valle, consíguenos de tu Hijo Jesús una fe más viva, más fuerte, más comprometida, más misionera, más parecida a la tuya. Amén
¡¡¡Nuestra Madre del Valle, ruega por nosotros!!!