SUBIENDO DESDE LAS JUNTAS, AMBATO

Un Manchao “invernal”, en tres jornadas

El desafío era grande y lo cumplimos. Afrontar una cumbre en el C° Manchao (4552 msnm) no es una tarea sencilla; pero –si bien no es arriesgada- exige muy buena preparación física, enorme voluntad y la inclaudicable predisposición de cumplir el objetivo.
lunes, 23 de agosto de 2021 11:55
lunes, 23 de agosto de 2021 11:55

No es común asumir este ascenso en tres jornadas, ya que habitualmente y hasta los más expertos suelen realizarlo a lo largo de cuatro días; pero nuestro grupo, como una prueba particular y, en mi caso al límite de mis posibilidades, decidimos hacerlo en menos de 72 horas. Además, en pleno invierno, con temperaturas bajo cero por las noches y en las primeras horas de los amaneceres, que mantienen congelados varios cauces de la poca agua existente, a causa de la pronunciada sequía de este tiempo.

Y lo cumplimos: salimos de Las Juntas, el sábado 14 de agosto, a las 5.08 hs., y estuvimos de regreso el lunes 16, a las 13.30 hs., aproximadamente, lo que equivale a varias horas menos de los –estrictamente- tres días completos.

Los rigurosos datos técnicos de la caminata, registrados por nuestro GPS y volcados luego a la aplicación Strava, de seguimientos de carreras, entrenamientos y/o práctica de senderismo, determinaron que la distancia recorrida –desde Las Juntas hasta la cumbre del Manchao y regreso- fue de 68.93 Km, alcanzando un desnivel positivo -entre la salida y el sitio más alto- de 3.538 metros.

El tiempo neto en movimiento fue de 24 hs., 01 minutos y 45 segundos, a un ritmo promedio de 2.9 Km/h, y una velocidad máxima de 10.1 Km/h, seguramente, en los no menos sencillos tramos de descenso del último día.

Al margen de que los entendidos puedan determinar si esas marcas fueron buenas, malas o regulares, nuestra sensación fue la del “deber cumplido” en medio del maravilloso paisaje “junteño” y, en mi caso irrepetible, porque ya bordeando los 70 años de edad (los cumplo el 9 de setiembre) y siete cumbres en el Manchao, decidí poner fin a este tipo de exigencias para mis nobles huesos, músculos y articulaciones, que hasta aquí me acompañaron sin “desmayos”, aunque seguramente preferirían trajines más amables.

Mi hijo Imanol Uriarte y su compañero Branco Soria, con los que compartí estas últimas experiencias en la montaña, tienen un inmenso camino y todas las sendas abiertas por delante.

Primera jornada, al Campo Grande

Amanecidos en el confortable espacio que nos cedió el amigo “Fredy” Kunz, en el B° Los Nogales, iniciamos la marcha el viernes, poco después de las 5 de la mañana, encarando hacia Los Pinares, un sitial digno de hadas y de duendes (que, tal vez, no LOS vimos por falta de luz), y que la naturaleza, prodigiosamente, nos regala a escasos kilómetros, en nuestra Catamarca.

A poco de andar, sin nada que envidiarle al Messi de este tiempo, apreciábamos el encanto luminoso de la recortada silueta del ingreso a Las Juntas, con sus naturales adornos de generosas cortaderas, flanqueando la calzada bajo los enormes terrones que les dan cobijo.

En tránsito ameno, rodeado de curiosa y abundante hacienda vacuna, predominantemente Hereford (pampas) colorado, y dispersas tropillas de caballos, pasamos Los Verdes (en este tiempo “amarillentos” por las heladas), hasta que -sobre el mediodía- la senda nos depositó en Las Tinajas, donde nos encontramos con los Carrazana, que andaban de “corrida” desde El Rodeo.

Provistos de la poca agua de la zona, trepamos los empinados pajonales, que en bravo esfuerzo nos abrieron paso al Primer Campo, y más tarde al Campo Grande, a unos 3.600 msnm, donde llegamos a las 15.40 hs., para la primera cena y consecuente descanso. Cereales, sopita liviana arroz y verduras y a desplegar las bolsas de dormir en las breves, pero acogedoras, cuevas del sector.

Segunda jornada, hacia la cumbre

El segundo día, tras un desayuno con café y galletas dulces, nos tuvo en marcha a las 4.08 hs., recorriendo –en tramos de mucha oscuridad- el paso hacia el Campo de las Minas, con el auxilio del GPS magistralmente interpretado por Branco; siguiendo luego a la Pampa del Manchao, hasta impactarnos con la majestuosidad de la cumbre dibujada sobre un inmenso y límpido cielo azul/celeste.

Así, impulsados por el entusiasmo de la meta avistada, pudimos abrazarnos con la emoción y alegría indescriptibles de la cima, a las 12.45 hs. del domingo, recurriendo a dejar el breve testimonio en el “libro de cumbre” y a tomar las típicas fotos junto a la grutita vidriada de la Virgen del Valle (cascoteada por las piedras, en los días de intensos vientos) y las placas que recuerdan otras expediciones, como la que honra la memoria del recordado Cristobal “Kito” Mamaní, fallecido en 2017, corriendo por esos cerros.

El camino de regreso al campamento de Campo Grande, aunque siempre esforzado, resultó muy tranquilo, amenizado con el reconfortante cruce con otro grupo de caminantes, que adecuadamente abrigados y cubiertos de acuerdo a los “mandatos” del Civid-19, apenas nos permitió distinguir a Ignacio “Nacho” Salado, junto a otros tres compañeros de la aventura.

Sin el más mínimo desvío de una anterior bajada, el tránsito por el Campo de las Minas se pareció a un “trámite”, llegando a las 18.15 a los socavones que nos volverían a cobijarar la última noche. La cena rápida, con algo de jamón y queso, cereales y mate cocido para calentar el cuerpo, dio paso a un temprano descanso, para reponer fuerzas con miras al más rápido y siguiente despertar.

Tercera jornada, de regreso a Las Juntas

La última jornada la iniciamos a las 2.38 hs. del lunes 16, en medio de una noche esplendorosa, que invitaba al avistaje de las estrellas; entusiasmados porque el destino final serían nuestras casas. La vuelta al Primer Campo, que en la penumbra nos permitió observar el campamento del otro grupo de montañistas, el tupido y ondulante pajonal que termina en Las Tinajas y el agua generosa de su entorno, nos pusieron frente a los últimos repechos antes del definitivo, y ya anhelado, regreso.

De nuevo la maravilla del paisaje de Los Verdes (ahora, amarillentos), con sus vacas y yeguarizos desplazándose de modo señorial, hasta introducirnos nuevamente en la preciosidad de los pinares, donde las hadas y los duendes seguían escondidos, aunque –sospecho- vigilándonos cuales inesperados intrusos de su bosque encantado.

Así fue como, ya pasadas las 13, pudimos volver abrazarnos y felicitarnos por el reto consumado; y desparramarnos en la verde y fresca banquina, donde un cartel azul describía que habíamos vuelto a Las Juntas. Debieron transcurrir tres jornadas de 12, 14 y 10 horas de forzada marcha diaria, respectivamente, para recrear nuevamente el esplendor del Manchao, la bella cumbre que engalana este valle de Catamarca.

Víctor “Paco” Uriarte

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