Por Guillermo Antonio Fernández –Fiambalá -Ctca.

La leyenda de Las Dunas Mágicas de Saujil

Se cuenta que por entonces las dunas no existían como hoy en día: altas, sinuosas y extensas, en la zona del “Lugar de luz”, en el extremo del valle de El Abaucán. Inkill era hermoso, con aguas maravillosas y cristalinas, “agua de la alegría y la luz radiante”, decían algunos. Había además abundante algarroba, maíz, porotos y papas a la vera de las vegas.
jueves, 1 de septiembre de 2022 09:24
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El pueblo de los Saujiles, vivía en paz por aquellos años, años previos a la llegada de Los Pechos de Plata y Filos de Muerte, desde más allá de donde emplazaran la segunda fundación del pueblo de Londres, al otro lado de las serranías. Pero un día, de esos que nadie ansía, se apersonó en la apacible comunidad, exhausto y moribundo, un bravío guerrero que dijo llamarse “Wamán”, enviado por el gran curaca Juan Chelemín de Los Malfines. Ni bien la vertiente de aguas prodigiosas atosigó sus labios, revivió en palabras el desesperado mensaje, junto a la flecha de la suprema alianza...

Corrían las primeras décadas del siglo XVII y Los Pechos de Plata y Filos de Muerte se aventuraban en procura de conquistar a milenarios pueblos para la absurda Encomienda, cuando no la temible Mita para las minas del Potosí. Los Saujiles no dudaron un instante y rápidamente aprontaron centenares de guerreros. Los más vigorosos y bizarros, dispuestos a morir por la gran Nación Diaguita, ya marchaban en disciplinado silencio, atesorando en sus corazones, el abrazo y beso de familiares, como mejor consuelo. Sabían que si Chelemín fracasaba deberían abandonar para siempre a su amado valle, pues la encomienda española, una esclavitud disfrazada, amenazaba como en otros lados, al igual que a Los “Fambalaos” y “Abaucanes”, temerarios y curtidos guerreros vecinos. El pueblo quedó casi vacío y solo mujeres, niños y ancianos deberían llevar a cabo las duras faenas para cosechar y juntar alimento para el invierno. “Qullana”, estaría a cargo, por ser el guerrero más viejo y consejero consumado, secundado por “Yatiritak”, el hechicero. Todos sabían que el año sería duro como duras las batallas que se avecinaban. “Kumya”, el cacique, más enérgico y audaz de todos, encabezó el grupo de guerreros munidos de arcos, flechas y hondas. Así pasarían varias lunas, hasta que una mañana de invierno, en que “Atawallpa” cantara muy triste sobre la lomada, verían retornar el manojo de “Saujiles” por toda la tropa enviada, maltrecha y afligida. El resto, explicaría “Kumya”, alrededor del fuego la primera noche, había muerto valerosamente, protegiendo la tierra, con uñas y dientes. No había tiempo que perder. Aclaró que, aunque ellos conocían los senderos y lograron ganar distancia a pie, los caballos de Los Pechos de Plata y Filos de Muerte se acercaban, lentamente. Fue “Qullana” quien sostuvo que no eran momentos de flaqueza: “el coraje era parte de sus vidas, y sus vidas sin coraje, no tenían sentido.” Así, juntando lo que pudo, el pueblo entero marchó en silencio hacia la salida. El abandono del lugar era lo más seguro para las familias, hasta lograr rechazar a las huestes enemigas. Se envió a “Qhari” y “Wayna” a observar las alturas hasta “Wanka”, para anticipar el ataque. Las horas transcurrían en completo silencio. Al término del segundo día regresaron los observadores; la horda, a un par de leguas. Resplandeciente, atronadora y terrible, según apuntaron los guerreros, aquellos, avanzaban a paso firme, precedidos de oscuros y atroces perros. Ni bien “killa” despuntase sobre el valle y los cerros circundantes, pudieron oír, arrastrándose cual falaz serpiente, el rechinar de ladridos y herrajes. Las bestias enormes que vieran atropellando las serranías de Los Calchaquíes, aterrorizaban más que los pechos de Plata. Pero los guerreros Saujiles habían observado con asombro como Chelemín los combatiera: escondiendo lanzas muy puntudas en el suelo pedregoso. Ni bien eran pisadas las picas, se clavaban en el pecho de las bestias, que daba por tierra con los jinetes. A órdenes del vehemente “Kumya” habrían trabajado en la vertiente de aguas maravillosas, cortando palos de algarrobos y chañares, logrando reforzar con pircas y trampas donde pudiesen. La noche, finalmente, sobrevino, y las bestias se precipitaron. Los fuegos se apagaron y los Saujiles aguardaron dispuestos. De pronto, con Killa sobre las cabezas de los intrusos se oyeron los primeros gritos: pavorosos como las heridas que se abrían en sus carnes bajo los yelmos. Los Saujiles no dudaron y les salieron al encuentro, batiéndose con atrevimiento formidable. Sin embargo, los fogonazos y estrépitos fueron conquistando terreno y rasgando heridas espantosas también entre los exiguos originarios. El destino parecía pretender condenarlos a un destino de cadenas o muerte indigna. Pero fue Kumya quien alzaría su brazo al cielo, con “nuna” en sus labios, justo antes de ser atravesado por la espada de un capitán barbado y de tan fiera mirada. Pese a todo, el cacique, lograría ponerse de pie para cobrarse la vida del invasor y gritar: ¡Por vos muero, Pacha querida! “La Pachamama”, diosa que nunca los abandonaba, pareció haberse conmovido ante tamaño valor y entrega de aquel cacique abnegado, a quien devolvería la vida, sanándolo al instante con tierra de sus manos. De repente, el fragor fue tremendo y un mundo de arena se elevó por encima de los Pechos de Plata y Filos de Muerte, hasta ahogar cada grito forastero, en la peor agonía. Expuso “Kumya” que advirtió cuando del poncho de La Pacha salían las fibras para convertirse en arena, fina y brillante. Increíblemente, la ponderada noche de los atacantes, quien no fuera sepultado huiría espavorido hacia “El Abaucán”, para morir de sed o ultimado por las bestias salvajes, en la brava montaña andina que, tan sólo aquella vez, abrió su poderosa boca para tragarse a los portadores de la ignominia. El día hallaría a los Saujiles, con la gran duna erguida al oeste del bolsón, cual terrible y refulgente blasón, viva y sinuosa, con fugaces destellos hasta wanka. Desde entonces, aseguran que en ciertas noches de plenilunio, quienes no abriguen sentimientos buenos en sus corazones, oyen los gritos de agonía de Los Pechos de Plata y Filos de Muerte, para concluir huyendo espavoridos. En cambio, aquellos que atesoren piadosas emociones, logran maravillarse del concierto celestial descolgado de la cima de la gran duna, con el magnífico arco iris, enredándose sutilmente entre sus dedos; en tanto “Kumya”, parece sonreírles desde la cima, lanza en mano, junto a “Atawallpa” y “Takiri”, que alegran con música el lugar, y el corazón de los saujiles. Así dicen que nacerían. Las Dunas Mágicas de “Saujil”, hechas de hilos del poncho de “La Pacha”, en el oeste de Catamarca, para deleite del mundo entero, cuna de bravos e inolvidables guerreros. Un gran misterio, por cierto.

GLOSARIO: - Saujil: (Kakán o Cacán) lugar de luz

- Wamán: (quechua) Halcón

- Juan Chelemín o Chalimín: curaca de Los Malfines, que habitaban el oeste de la actual Pcia. de Ctca., en el entorno serrano Comandó una etapa de la guerra de resistencia o “alzamiento” contra la invasión del imperio español, entre 1630 y su ejecución (descuartizado) en l930

- Kakán (Cacán o Cacano también): lengua de Los Diaguitas.

- Fiambalaos: parcialidad de los Diaguitas, entre los pueblos del Abaucán (Ctca)

- Abaucanes: parcialidad de Los Diaguitas Estaban al norte de los Fiambalaos y Saujiles

- Qullana: el mayor, excelso.

- Inkill: sust.:.vergel, huerto o jardín hermoso, jardín paradisíaco.

- Kumya: trueno, tronar, luminoso

- Takiri: el que crea música y danzas.

- Qhari: hombre, varón. Fuerte y valeroso.

- Wayna: joven, hermoso. Amigo.

- Wanka: piedra grande.

- Yatiritaq: hechicero

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