LITERARIAS

Don Juan Isidro Araya, “el baqueano”

Eran los últimos días de mayo del 2023 cuando encaré despacio, como meditando, hacia el barrio Pampa Blanca en el extremo norte de un Fiambalá, mohíno y silencioso
jueves, 22 de junio de 2023 09:32
jueves, 22 de junio de 2023 09:32

Ciertamente, el domingo comenzaba a esfumarse y una suave y fresca brisa se levantó repentinamente desde el sur.  Bajé el puente y me dirigí hacia la casa de don Isidro. Allí me recibe Juana de 46 años, una de las hijas que lo atiende y no le pierde mirada. Después hube de enterarme que muy cerca de allí, hacia la barranca, vivía por entonces otra vecina legendaria: doña Lorenza Sola, a quien visitaría otro día ante el frío que se avecinaba.

    Juana, gentilmente, (hay orgullo en su mirada) me lo señala: el abuelito, sentadito en una solitaria sillita de ruedas bajo el alero toma sol muy serenamente. De tanto en tanto sacude rítmicamente la cabeza bajo la gorrita gris y retuerce los labios, el hombrecito parece reconcentrado en sus propios pensamientos. Lo saludo, ha perdido la vista y no me mira directo, luego estira una mano huesuda, encallecida seguramente por decenas de años de someterla al afán, impiadoso y bravío, y a los fríos insondables y penetrantes de la cordillera. Su semblante es tierno, tranquilo y de a ratos, cobra un brillo especial bajo los últimos rayos solares, cuando me devuelve el saludo con dificultad. El abuelo exhala una especie de aura que transmite paz y enorme sabiduría, su semblante rugoso es un mapa de la vida en el que seguramente uno puede leer los avatares del catamarqueño rural, laborioso y porfiado.

   “Papá nació un 15 de mayo de l932 en el paraje llamado Aguada Grande,- interviene de pronto Juana.- ¡Sí!, mi papito se llama Juan Isidro Araya y es un hijo de la montaña, nació en el cordón de San Buenaventura hace 91 años ya. Mi mamita, Josefa Bayón, nos dejó hace un año, eran muy unidos. Del matrimonio han nacido mis hermanos Alberto, Domingo, Hipólito, Carmen, Angélica, Catalina, Isidro, Sara, Raquel, Rubén, y quien les habla, (resalta, ufana) Juana. Somos once hermanos en total, todos llevamos orgullosamente el apellido Araya. Mi papito siempre fue muy bueno y servicial, y muy andariego también. Recuerdo que yo era chica y lo venían a buscar para ir a los cerros más altos de la zona, un gran baqueano que llevaba a turistas y andinistas de todo el mundo a lomo de mula. No tenía miedo, era corajudo el hombrecito. De aquí solían buscarlo también vecinos como Johnson Reinoso y Tito Siárez, entre otros y que por aquellos años se aventuraban en las difíciles montañas fiambalenses, a más de ciento cincuenta kilómetros de aquí, sorteando fríos extremos y muchísimos peligros, casi siempre a lomo de mula. Pero a papito le gustaba y eso parece que lo hacía muy feliz, ganaba su platita también con mucho esfuerzo, a veces poniendo en riesgo su vida.

   Nosotros nos criamos cerca del paraje conocido como “Anchoca”, anduvimos por muchos lugares, de eso me acuerdo bien, mis padres cuidaban animales y así se fueron haciendo de algunos, hasta que logramos crecer y nos vinimos a vivir a Fiambalá.  La vida era dura, es cierto, pero también aún se veían valores como el respeto, la responsabilidad y el trabajo eran consignas serias, porque se vivía del trabajo, nadie te daba nada sino trabajabas. Nosotros, aunque chicos, también ayudábamos en lo que se podía, no teníamos mucho pero éramos muy felices, viviésemos donde viviésemos. En Palo Blanco también estuvimos unos años. En Fiambalá fue jornalero de don Emilio Quiroga, un gran vecino y productor de la zona que ya falleció, era muy guapo y bueno el hombre, aclara la hija de don Isidro. Mira hacia un costado, resopla, le acomoda la gorra al padre y prosigue:

   -“Recuerdo que papá siempre memoraba de sus años de baqueano, solía ir al Pissis o al Ojos del Salado, a veces por más de un mes y si lo agarraba el viento blanco en la montaña la fecha de regreso era incierta. Como le dije, profe, a él le gustaba y aunque a nosotros nos preocupaba al tiempo regresaba para contarnos hermosas historias, en la que los peligros nunca faltaban, sus manos siempre estaban curtidas, la piel quemada y sus ojos muy brillantes pero con la sonrisa a flor de labios. A veces rescataba a algún turista de la nieve y a eso lo tomaba como algo natural. Hemos vivido en otros lugares también, como La Mesada Chica y La Mesada Grande cerca de Antinaco, unas dos horas del pueblito, (a lomo de mula), refiere Juana, mientras no deja de acomodarle la campera a don Isidro que sisea con sus ojitos opacos y blanquecinos. El frío aumenta y debe llevarlo adentro. En eso, de la casa, sale otra señora que dice ser hija también. Es Catalina (58) que indica lo siguiente:

   -“Papi, viviese donde viviese, siempre andaba con animales como cabras y ovejas a las que cuidaba. Los dueños pagaban con animales por entonces y de eso vivíamos, además de los trabajos en cuero que él hacía, era muy bueno y requerido en hacer lazos, torzales, de todo un poco. Mamá, en cambio, fue una gran tejedora, pues hilaba y confeccionaba unos ponchos fabulosos de lana de oveja y llama. Con sus mantas pasábamos tranquilamente los fríos mas feroces de la montaña. No olvido que, en cierta época del año, se llevaba a cabo “la queseada”. Trabajábamos todos, desde el más chico al más grande. El queso y los quesillos eran una delicia y nunca faltaron en la mesa de casa. Como dijo mi hermanita Juana, con papá y mamá vivimos en muchos lugares y siempre trabajando con mucha dignidad. Nos arreglábamos como podíamos, no había hospital ni muchas escuelas. Yo misma tuve a mi primer hijo en puesto El Tarco donde nació el mayor (Antonio Pedro Rasjido) y la partera fue mi propia madre. Fue un 20 de agosto de l981, recuerdo que entonces cayó un granizo terrible del que no me olvido ni me olvidaré jamás, entonces vino al mundo mi hijito que luego sería criado por sus abuelos con gran cariño. Así era la vida por entonces, profesor Guillermo, dura, pero no había otra, debíamos encararla con ganas y sin titubeos. Así nos enseñaron mamá y papá.

Por Guillermo Fernández