Originario de la lengua sueca, el término "tidsoptimist" describe a una persona que subestima sistemáticamente el tiempo que le lleva hacer las cosas. Un optimista del tiempo, literalmente. Cree que tiene más minutos de los que realmente dispone. Y, por eso, llega tarde… aunque no lo haga con malas intenciones.
El tiempo como enemigo… y aliado
El tidsoptimista no se define por la vagancia, sino por una genuina convicción de que “le alcanza el tiempo para todo”. Se levanta tarde pero se toma el café con calma, se viste sin apuro y empieza una tarea mientras responde un mensaje… hasta que se da cuenta de que ya debería haber salido hace 20 minutos.
En palabras simples: su percepción del tiempo es esperanzadora, aunque muchas veces lo deje en evidencia frente a los demás. Lo que para muchos es estrés, para ellos es simplemente una oportunidad más para demostrar que todavía "pueden llegar".
Una maldición disfrazada de fe
Algunos ven este rasgo como un defecto. Otros, como un síntoma de creatividad, espontaneidad o multitarea. “Siempre pensé que era desorganizado, hasta que entendí que simplemente creía que iba a llegar a tiempo. Lo siento honesto, aunque después me arrepienta”, cuenta Carla, una periodista que se reconoció como tidsoptimista hace poco.
La contradicción está en que, si bien el optimismo es una cualidad positiva, cuando se trata de compromisos, reuniones o plazos, la ilusión de tener más tiempo puede costar caro. Pérdidas de oportunidades, sanciones laborales, frustraciones propias y ajenas.
Más que llegar tarde: una forma de ser
Los tidsoptimistas suelen vivir en una especie de loop emocional. Prometen no repetirlo, se esfuerzan, ponen alarmas... pero nada parece funcionar del todo. Las rutinas no se negocian y el orden de las tareas es casi ritual. Saltarse el café, por ejemplo, sería un sacrilegio, aunque eso implique correr al trabajo con la taza en la mano.
¿Es posible cambiar? Algunos especialistas afirman que la conciencia del problema es el primer paso. El desafío está en encontrar un equilibrio entre la flexibilidad mental y la necesidad de adaptarse al ritmo de un mundo que sí se rige por el reloj.