Lejos de ser un simple ruido de fondo, el canto del coyuyo es un mensaje de la naturaleza. Así lo explica el biólogo Eduardo Mendoza, investigador de la Fundación Miguel Lillo, quien desde hace más de una década estudia a estos insectos y su relación con el clima. Según sus observaciones, los coyuyos responden a un delicado equilibrio entre temperatura y humedad, y cualquier alteración en ese balance se refleja en el momento y la intensidad de su canto.

“El coyuyo no tiene una fecha exacta para comenzar a cantar. Existe una sincronización natural ligada al clima y a las etapas de las plantas del lugar donde vive”, señala Mendoza. En nuestra región, los cantos suelen comenzar entre la primavera tardía y el inicio del verano. Sin embargo, en los últimos diez años se registró un adelanto: en Tucumán, ya en noviembre se los escucha con fuerza, coincidiendo con la maduración de los frutos de los árboles que habitan y con la llegada anticipada del calor.
El canto de los coyuyos es, por lo general, vespertino y nocturno. No obstante, cuando las condiciones de temperatura y humedad se adelantan, también lo hace su vocalización. “Las mediciones de cantos matinales coinciden con días de olas de calor”, explica el biólogo. Este dato no es menor: para la ciencia, estos registros funcionan como indicadores que permiten elaborar modelos bioestadísticos para anticipar temperaturas extremas.
Este verano, muchos vecinos perciben que los coyuyos “cantan más fuerte”. Mendoza aporta una explicación: cuando emergen de su largo letargo subterráneo, numerosos individuos se agrupan en determinados árboles nativos y sincronizan su canto. “Tienen la capacidad de afinar todos al mismo tiempo. Eso los vuelve ensordecedores”, afirma.
El objetivo principal del canto es la reproducción. Los machos atraen a las hembras a través de su vocalización, que en el caso de la especie Quesada gigas —la más común y conocida como coyuyo— puede alcanzar gran potencia. El término “coyuyo”, de origen quechua, significa “silbador”, una referencia directa a esta característica.
La época de apareamiento se intensifica cuanto más altas son las temperaturas. Estudios recientes demostraron que los machos jóvenes “afinán” su canto mezclándolo con el de adultos experimentados para aumentar sus posibilidades de ser elegidos. Paradójicamente, esta sinfonía colectiva puede dificultar que la hembra distinga al mejor candidato.
El coyuyo pasa la mayor parte de su vida bajo tierra. Vive en las raíces de árboles —principalmente leguminosas— y atraviesa distintas etapas de ninfa durante entre 14 y 17 años. La fase adulta, en cambio, es breve: dura apenas entre siete y 14 días. En ese tiempo, el macho no se alimenta; su única función es reproducirse.
Al emerger del suelo, el insecto realiza la muda sobre el árbol que lo albergó durante años. Este proceso suele ocurrir de noche, probablemente como estrategia para evitar depredadores.
En Tucumán, los coyuyos se asocian a árboles como la tipa, el cebil, el algarrobo y el mistol, y prefieren ambientes poco urbanizados. Sitios como el Parque Botánico de la Fundación Miguel Lillo, el parque Percy Hill o sectores de la selva pedemontana aún conservan condiciones favorables para su presencia.
Sin embargo, la deforestación y el avance urbano representan la principal amenaza. “La tala y los desmontes eliminan los árboles que necesitan para completar su ciclo”, advierte Mendoza. Esto convierte al coyuyo en un bioindicador ambiental: su presencia señala ambientes relativamente limpios y conservados.
Desde hace generaciones, las comunidades rurales ya interpretaban su canto como una señal. En el Chaco santiagueño, recuerda el investigador, se sabía que un canto anticipado anunciaba un año caluroso y seco, y que escucharlo por la mañana era aviso de una ola de calor inminente.
Hoy, el canto del coyuyo es mucho más que una postal sonora del verano. Es dato científico, memoria colectiva y advertencia ambiental. Prestarle atención no solo permite anticipar el calor, sino también reflexionar sobre el vínculo entre clima, biodiversidad y acción humana. Porque cuando el monte canta, algo nos está diciendo.