Se estima que entre el 20% y el 30% de los niños que se infectan por primera vez pueden desarrollar afecciones en las vías respiratorias bajas, como bronquiolitis o neumonía. Estas formas pueden requerir internación y, en situaciones más severas, representar un riesgo importante para la salud. De hecho, el VSR es responsable de una proporción significativa de muertes en niños durante el primer año de vida.
Cómo se transmite
El virus se propaga fácilmente a través de gotitas respiratorias que se liberan al toser o estornudar, así como por contacto directo con superficies o personas infectadas. Por eso, su circulación aumenta especialmente durante los meses de otoño e invierno, cuando se incrementan las consultas médicas y hospitalizaciones pediátricas, sobre todo en menores de un año.
Síntomas
Los síntomas iniciales suelen ser similares a los de un resfrío común: congestión nasal, tos y fiebre leve. Sin embargo, en bebés pequeños —especialmente menores de seis meses— puede evolucionar rápidamente a cuadros más complejos como bronquiolitis o neumonía, con dificultad para respirar.
Prevención
Para reducir el riesgo de contagio, se recomienda mantener medidas básicas de higiene como lavarse las manos con frecuencia, cubrirse al toser o estornudar, ventilar los ambientes y evitar el contacto con personas enfermas.
En el caso de los lactantes más pequeños, una de las herramientas más eficaces es la vacunación durante el embarazo. La aplicación de la vacuna entre las semanas 32 y 36 de gestación permite que la madre transfiera anticuerpos al bebé a través de la placenta, brindándole protección durante sus primeros meses de vida.
De esta manera, la prevención y la detección temprana resultan claves para evitar complicaciones y proteger a los grupos más vulnerables frente a este virus de alta circulación.