La Santa Misa fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanc, y concelebrada por Mons. Virginio Domingo Bressanelli (SCJ), obispo emérito de Neuquén; el padre Leandro Roldán, capellán mayor del Santuario Catedral; y los sacerdotes peregrinos de la Diócesis de Merlo-Moreno, Gustavo Esteche y Raúl Pereyra.
En su homilía, Mons. Urbanc dijo que “para iluminar la familia desde la Resurrección de Jesús debemos convertir el hogar en una ‘iglesia doméstica’ donde el amor, la esperanza y la alegría pascual vencen el rencor, la indiferencia y el egoísmo. Implica adoptar a Cristo vivo como el centro del hogar, permitiendo que su fuerza renueve las relaciones cotidianas, el matrimonio y la educación de los hijos”.
Seguidamente, propuso algunas pistas para vivir la Resurrección en familia: “*Transformar el hogar: Las familias deben ser ‘sepulcros vacíos’ que no conserven signos de muerte (violencia, desorden, egoísmo, falta de diálogo, rencores, consumismo, falta de oración), permitiendo que la misericordia de Jesús resucitado transforme el día a día. *Esperanza y Vida Nueva: que reconozcan que la victoria de Cristo sobre la muerte significa que no hay crisis familiar definitiva. Es posible volver a empezar, superar la frialdad y fortalecer el amor conyugal. *Cristo en el centro: la familia necesita orar, leer y meditar la Palabra de Dios y participar juntos de la vida eclesial, permitiendo que Jesús guíe las decisiones y la educación de los hijos. *Amor y servicio: que se inspiren en la Sagrada Familia para fomentar un amor que no controla, sino que respeta la libertad y busca el crecimiento personal de todos. *Testimonio de alegría: La Pascua es una invitación a ser ‘contagiadores de la alegría’ en un mundo marcado por el pecado, demostrando que Jesús está vivo”.
Tras reflexionar sobre las lecturas proclamadas, indicó que “el evangelio que escuchamos (Lc 24,13-35) corresponde a una de las apariciones del Resucitado más largamente narrada y por eso la más usada en la catequesis de la comunidad cristiana. La polifonía del relato exige una lectura pausada y sosegada para llegar hasta donde nos quiere llevar el autor. Es como si fuera la descripción de una Eucaristía en un proceso dinámico: primeramente, los peregrinos de Emaús, desconcertados, van escuchando la interpretación de las Escrituras en lo referente al Mesías. Es una catequesis de preparación para lo que viene a continuación. Bien podemos articular esta narración en torno a 2 escenas principales introducidas por la misma expresión: 1) Lc 24,15: "Y sucedió mientras conversaban..." (kai egéneto en tô homilein autois...); 2) Lc 24,30: "Y sucedió mientras se sentó a la mesa ..." (kai egéneto en tô kataklithenai auton...). Muchos ven que Lucas indica los momentos esenciales de la liturgia: la palabra y el sacramento, escucha de las Escrituras y liturgia eucarística”.
En otra parte de su predicación expresó: “¡Qué oportuno que las parejas cristianas se vean reflejadas en estos discípulos de Emaús, que sólo pueden recuperar el sentido de la vida, si permiten a Jesús caminar con ellos, escucharlo y pedirle que les ilumine sus vidas y su relación conyugal!”.
Hacia el final rogó a la Virgen del Valle que conceda a “nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios… Protege a todas las familias para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de sus hijos… Mira con compasión a las familias y guíalas continuamente a Jesús y, si caen, ayúdalas a levantarse, a volver a él, mediante la confesión de sus culpas y pecados en el sacramento de la penitencia que trae sosiego al alma y a fortalecerse con la Eucaristía”.
“Así, Madre de las Familias, con la paz de Dios en la conciencia, con sus corazones libres de mal y de odios, podrán llevar a todos la verdadera alegría y la paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos”, concluyó.
Los alumbrantes participaron guiando la celebración eucarística, proclamando la Palabra de Dios y acercando al altar las ofrendas particulares junto con los dones del pan y el vino.
Antes que el Obispo impartiera la bendición final, todos juntos se consagraron a la Santísima Virgen María en su advocación del Valle y la saludaron con el canto.