El nuevo presidente de Estados Unidos es
Donald Trump, el candidato republicano, magnate y empresario neoyorquino de 70
años, que aterrizó en la política como el representante antisistema que vino a
patear el establishment estadounidense.
"Hillary me felicitó por la
victoria", dijo Trump al hablar ante sus seguidores, minutos antes de las
3 de la mañana hora de Nueva York (una hora más tarde en la Argentina).
"A todos los republicanos, demócratas e
independientes en esta nación, les digo que es momento de que nos reconciliemos
como un pueblo unido", agregó Trump en su discurso, en el que incluyó
elogios a su rival, al asegurar que Estados Unidos tiene una "deuda de
gratitud" con Clinton.
"Vamos a buscar alianzas, no conflictos
con el mundo", agregó Trump. En esa línea, y ante la euforia de sus fans,
destacó que Estados Unidos -bajo su gobierno- "estará de acuerdo con todos
aquellos que quieran llevarse bien con nosotros".
El candidato pudo con todo: una fuerte
presión de la prensa que jugó a favor de Hillary Clinton, al igual que toda una
legión de celebridades que salieron a votar "demócrata" e hicieron
parodias del neoyorquino, casi como si fuera una caricatura. También sobrevivió
a todo el carisma que el matrimonio
Obama impuso en el final de la campaña electoral.
Pero nada pudo detener el fenómeno Trump. Ni
siquiera las denuncias que le llovieron como acosador de mujeres. Su
desconocimiento de las cuestiones más delicadas de política internacional. Y
sus propuesta homofóbicas tampoco importaron. Es más, por el contrario, calaron
profundo en el interior del votante blanco estadounidense que salió a votarlo.
No sólo se impuso en el estratégico estado de
Florida. También ganó en Ohio, aupado por los blancos de clase obrera de las
zonas rurales y la región de los Apalaches, entre los que ya arrasó en las
primarias, pese a que el actual presidente, Barack Obama, se adjudicó el estado
las dos últimas elecciones gracias al voto urbano y afroamericano.
Este estado industrial del Medio Oeste se
considera un barómetro electoral desde hace más de un siglo: quien ganó en Ohio
fue presidente en 28 de los últimos 30 comicios y ningún conservador llegó a la
Casa Blanca sin hacerse con sus votos electorales.
Las encuestas apuntaban a una victoria de
Trump, con una ventaja de 3,5 puntos, según la media que elabora la web Real
Clear Politics.
Los republicanos tienen su nicho de votos en
el sur del estado, en las áreas rurales y en los condados de la región de los
Apalaches, donde Trump arrasó en las primarias gracias al entusiasmo que su
campaña ha despertado entre el votante blanco de clase trabajadora.
El mito de Ohio se sustenta en la
estadística: tiene el mejor historial de los 50 estados en el voto por el
candidato ganador, sus resultados siempre son muy parecidos a la media nacional
y ha dado votos electorales (que se asignan en función de la población)
decisivos al ganador más veces que ningún otro estado competitivo.
Los republicanos además retuvieron el control
de ambas cámaras del Congreso, cuando se suponía que los demócratas iban a
recuperar el control del Senado.