Al prelado le preocupan dos realidades que han ido ganando terreno en los
últimos años: la pobreza y el desencuentro entre los argentinos.
"Todavía el pasado tiene demasiado peso. La reconciliación sigue siendo una deuda. Y no me refiero sólo a lo que pasó hace 40 años, sino a lo que se llama «la grieta». Esa brecha hay que cerrarla, a través del entendimiento y el consenso", expresó, en otra parte del reportaje.
Y, frente a la pobreza, tema que estará presente en el documento que el
Episcopado dará a conocer el jueves, llama a salir de los eslóganes y buscar
que el objetivo de la pobreza cero se traduzca en acciones concretas.
-¿Por qué se profundizó la brecha
entre los argentinos?
-En el pasado reciente hubo un fuerte contenido ideológico. La excesiva
ideología produce enfrentamiento y división. Tenemos que ser más pragmáticos,
buscar lo que más le conviene al país y tomar la pobreza como una meta. Se
habla hoy de pobreza cero. Esto no puede ser una cosa declarativa. Tenemos que
volcarlo en acciones prácticas concretas.
-¿Es posible lograr esa meta?
-Tiene que ser una realidad. Debemos ver cómo encontramos el camino a través
del consenso. En 2010, los obispos dijimos que la hipoteca social más fuerte de
la Argentina es la pobreza. Hoy ronda el 30% y no dejamos de salir de ella.
-¿No se termina de asumir el problema
de la pobreza?
-A veces se declara. Pero no terminamos de ponernos de acuerdo entre todos
para ver cómo enfrentarla.
-Hace un mes la UCA marcó un
crecimiento de la pobreza. ¿Lo atribuye a las medidas del Gobierno?
-No me corresponde a mí analizar las medidas. En lo que hay que seguir es en
la actitud de diálogo. La Iglesia habla con todos. El objetivo de la pobreza
cero tiene que traducirse en acciones concretas.
-¿Qué piensa de quienes proclaman su
deseo de que al Gobierno no le vaya bien?
-Esas actitudes no son positivas. Lo que importa no es que a un gobierno le
vaya bien, sino que al país le vaya bien. Si se pudieran consensuar algunas
acciones, a todos nos iría bien. Ante todo, hay que pensar en los pobres. Tiene
que haber voluntad de terminar con los enfrentamientos y buscar puntos en
común.
-¿Existe esa voluntad?
-Todavía esa voluntad no está tan clara. No hay actitudes de mayor diálogo,
mayor entendimiento o búsqueda de consensos. Pero tenemos que seguir trabajando
en esa línea.
-¿Es posible avanzar en un diálogo?
-Depende de las actitudes de los gobernantes y de todas las fuerzas
políticas. El escenario de diálogo fundamental es el Poder Legislativo. Pero la
Argentina es un país bastante corporativo y hay que hablar también con las
corporaciones. La Iglesia cumplió un papel y ha hablado con los poderes
corporativos.
-¿Cómo fue la experiencia de la Mesa
del Diálogo?
-Fue positiva, pero después no se aplicaron las conclusiones. Se elaboraron
proyectos de leyes que habrían podido cambiar la Argentina. Pero el gobierno
que asumió en 2003 archivó todo. Se había vislumbrado una Argentina posible.
-¿La Justicia puede contribuir hoy a
que se encarrilen los desvíos de la política?
-Tiene que contribuir. En la vigencia de los tres poderes con autonomía está
la clave de la democracia.
-¿Cómo evalúa el avance de las
investigaciones de los hechos de corrupción recientes?
-Es muy importante. Es fundamental que la Justicia actúe con autonomía y el
Poder Ejecutivo no la condicione.
-¿Le preocupan los casos de
especulación financiera que salen a la luz?
-La primacía del dinero siempre ha sido mala. El papa Francisco, cuando se
dirige a los gobernantes, a los empresarios y a los movimientos populares, les
recuerda siempre que la primacía de lo financiero en el mundo ha sido perjudicial.
Es importante que los empresarios sean cada vez más serios. En la Asociación
Cristiana de Dirigentes de Empresas (ACDE) se están planteando firmar un
compromiso para que los valores éticos primen en sus acciones personales y
empresarias.
-¿Y el sindicalismo?
-Los gremios tienen una misión importante: defender a los trabajadores. Pero
deben entender que en este momento los trabajadores ya no son los pobres. Todo
el que tenga un trabajo en blanco no es pobre. Entre todos tenemos que pensar
en los que tienen empleo en negro y en ese 30% que está afuera, que está
excluido y no tiene representatividad.
-¿Cómo influye en la Iglesia
argentina la figura de Francisco?
-Es un signo de que la Iglesia argentina anda bien y pasa por un muy buen
momento. El papa Francisco no nació de unos repollos. Salió de una Iglesia que
funciona bien. La Iglesia había salido muy mal de la década del 70, con mucha
división interna. Tanto los militares como los Montoneros tenían en sus filas
personas católicas. Luego, con mucha humildad, la Iglesia aceptó las críticas y
reconoció los errores, en un proceso de mucha comunión interior.
-¿Cómo dio la Iglesia ese paso?
-Con mucha humildad. Hicimos dos veces reconocimientos públicos de nuestros
errores y pedimos perdón; reconocimos que no habíamos estado a la altura de las
circunstancias. Francisco dice que la Iglesia es misionera y debe ocuparse del
mundo, pensar en los pobres. La opción preferencial por los pobres, en los años
70, era motivo de grandes discusiones en la Iglesia. Había grupos conservadores
y otros más abiertos. Hoy nadie duda que es una acción eclesial.