La hija de
uno de los represores más reconocidos de la última dictadura militar contó su
historia y el calvario que sufrió por parte de quien se encuentra detenido por
delitos de lesa humanidad. También relató que su padre fue jefe de seguridad de
Bunge y Born,
La publicación de Anfibia
La hija de
Miguel Etchecolatz camina por Avenida de Mayo y Perú buscando a sus dos amigas.
No agita el pañuelo blanco ni salta con los cánticos. Podría ser cualquier
mujer de las miles que asisten a la marcha contra el "2×1". Salvo sus
amigas, ninguna de las 500 mil personas que se amontonan en la Plaza de Mayo y
alrededores y gritan "como a los nazis les va a pasar, adonde vayan los
iremos a buscar" saben que esa mujer anónima es hija de uno de los hombres
más conocidos de la represión.
Se llama
Mariana D. Hace un año se cambió el apellido. Mariana lloró cuando se conoció
el fallo de la Corte que otorgó el "2×1" al represor Luis Muiña.
Horas después de la decisión de la Corte, Etchecolatz, condenado seis veces por
delitos de lesa humanidad, pidió el beneficio del "2×1".
Como los que
marcharon el 10 de mayo, como millones de argentinos, quiere que los genocidas
condenados mueran en la cárcel. Que su padre, el ex comisario Miguel Osvaldo
Etchecolatz, muera en la cárcel. "Es un ser infame, no un lodo. Un
narcisista malvado sin escrúpulos".
Mariana D.
fue por primera vez a una marcha por los derechos humanos. Nunca se animó a ir
a Plaza de Mayo los 24 de marzo. Por miedo a ser rechazada. Por miedo a no
poder soportar el dolor en vivo y en directo. Pero ahora está allí por primera
vez para decir que ella, también, desea verlos morir en la cárcel.
Su madre planeó dejarlo. Etchecolatz se dio
cuenta y la amenazó: "Si te vas te pegó un tiro a vos y a los chicos”
Etchecolatz
era una presencia fantasmagórica en su casa de Avellaneda. Mariana y sus
hermanos varones J .M. y F. M. solo lo veían los fines de semana. De lunes a
viernes, el padre conducía el aparato represivo de la ciudad de La Plata y
alrededores. Daba órdenes para secuestrar personas, torturarlas, asesinarlas.
Los sábados
y domingos Etchecolatz casi no hablaba. Se la pasaba echado en una cama mirando
televisión. Cada tanto emitía un silbido: había que llevarle rápido un vaso de
agua mineral fresca con gas. Si algo no le gustaba, Etchecolatz les pegaba unos
bifes con la palma abierta a sus hijos.
Mariana supo
de grande que su madre intentó varias veces escaparse con ella y sus dos
hermanos. Lo planeó varias veces. Etchecolatz se dio cuenta y la amenazó:
"Si te vas te pego un tiro a vos y a los chicos".
"(…)
Permanentemente cuestionada y habiendo sufrido innumerables dificultades a
causa de acarrear el apellido que solicito sea suprimido, resulta su historia
repugnante a la suscripta, sinónimo de horror, vergüenza y dolor. No hay ni ha
habido nada que nos una, y he decidido con esta solicitud ponerle punto final
al gran peso que para mí significa arrastrar un apellido teñido de sangre y
horror, ajeno a la constitución de mi persona. Pero además de lo expuesto, mi
ideología y mis conductas fueron y son absoluta y decididamente opuestas a las
suyas, no existiendo el más mínimo grado de coincidencia con el susodicho.
Porque nada emparenta mi ser a este genocida".
Argumentos
personales en la solicitud del cambio de apellido de Mariana Etchecolatz a
Mariana D, mujer nacida el 12 de agosto de 1970 en Avellaneda. Texto presentado
en noviembre de 2014 en un juzgado de Familia de Capital Federal.
—¿Cuándo escuchaste por primera vez
lo que había hecho tu padre?
—De joven.
Fue muy difícil, porque vivíamos en una burbuja, sometidos y desinformados.
Aparentábamos lo que no éramos. Las personas que nos rodeaban decían "qué
capo es tu viejo". No había quienes nos dijeran "mirá este hijo de
puta lo que hizo". Una vez que escuché un testimonio en un juicio ya no me
hizo falta nada más. Hasta hoy me da aberración.
Cuando su padre dejaba el edificio,
Mariana y sus hermanos se ponían
a rezar: "Que por favor se muera”
Mariana es
psicoanalista y en el consultorio a veces escucha a pacientes con problemas de
sueño. Es ella, esta vez, la que no puede dormir después de la marcha. En su
departamento, donde vive con su pareja Nicolás y tres perros que encontró en la
calle, hace zapping y pone una película del Rey Lear. Dice que por el cambio de
apellido siente una "reparación", pero que sigue preocupada por
"este gobierno de derecha que avanza contra los derechos del pueblo".
El día que el correo le envió el nuevo documento y abrió el sobre, se
desesperó. Seguía teniendo el apellido Etchecolatz. "Fue un error
administrativo, así que lo tuve que hacer de vuelta. Mirá lo que me costó
borrarme ese estigma".
—¿Qué sentís con tu nueva identidad?
—Siento
calma, perdí el miedo y adquirí la madurez necesaria. Lo de la marcha fue
conmovedor. Hay que tener la memoria despierta. Me siento acompañada porque
somos millones.
—¿Y cómo lo viven tus otros hermanos
y tu mamá?
—Todos nos
liberamos de Etchecolatz después de que cayó preso por primera vez, allá por
1984. Vivíamos en Brasil porque era jefe de seguridad de los Bunge y Born, y
regresó pensando que era un trámite, como si la Justicia no le llegara a los
talones. Al principio lo visitábamos, pero después mi madre, María Cristina, pudo
decirle en la cara que íbamos a dejar de verlo. Ella siempre nos protegió de
ese monstruo, si no hubiera sido por su amor, no podríamos haber hecho una
vida. Y mis hermanos J.M. y F.M. se fueron a vivir lejos de Buenos Aires, cada
uno hizo su familia, ahora somos muy unidos. Mi mamá se casó con un hombre que
ama, y está en el exterior. Nadie llegó a lo que yo llegué, pero me apoyan.
—¿Para vos tu padre era un monstruo?
¿Lo viviste así?
—Su sola
presencia infundía terror. Al monstruo lo conocimos desde chicos, no es que fue
un papá dulce y luego se convirtió. Vivimos muchos años conociendo el horror. Y
ya en la adolescencia duplicado, el de adentro y el de afuera. Por eso es que
nosotros también fuimos víctimas. Ser la hija de este genocida me puso muchas
trabas.
—¿Cómo cuáles?
—Portar un
apellido así es como que te obliga a sostener lo que hizo, y eso no se lo
permito más. Aparte, nunca existió un vínculo real con él. Me produjo
inconmensurables angustias, huellas de traumas infantiles, a eso se le suma lo
que todos nos fuimos enterando sobre su rol criminal en el terrorismo de
Estado. Fue la encarnación del mal en todos los ámbitos.
—¿Nunca fue afectuoso con ustedes?
—No.
Etchecolatz hizo todo lo que un padre no hace. Era un ser invisible, que usaba
la violencia y no se le podía decir nada. Aparentaba tener una familia, pero
nos tenía asco y era encantador con los de afuera. Vivíamos arrastrados por él,
mudanzas todo el tiempo, sin lazos, sin amigos, sin pertenencias. Una realidad
cercenada. Nos cagó la vida. Pero nos pudimos reconstruir.
Hay algo que
Mariana no se explicará jamás: cómo un hombre criado en el campo, en la pampa
húmeda bonaerense, de familia honesta y humilde, llegó a convertirse en uno de
los ejecutores más fríos y eficientes de la maquinaria del terror. A los 13
años entró a la Escuela Vucetich y, tiempo después, se ganó la confianza de
Ramón Camps, jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires.
Sólo lo
conmovía lo religioso. Se persignaba dándoles besos a las estampitas. Él se
consideraba por debajo de Dios pero por encima de los mortales
A Mariana le
interesa destacar la figura de su madre, a la que considera una víctima de
violencia de género. Etchecolatz le llevaba veinte años. Se conocieron cuando
ella fue a hacer una denuncia a la comisaría de Avellaneda.
"Se
enamoró de una imagen. Luego él la empezó a golpear, ascendió rápidamente en la
policía y mi mamá hizo lo que pudo. Se resistió pero era como luchar sola
contra toda una fuerza policial. Y cuando cortamos relación con él, empezamos
de cero, mi mamá nunca había trabajado y vivimos con lo justo, pero con un
alivio descomunal", dice. Y llora.
La primera
infancia fue feliz. Mariana D. vivió en la casa de los abuelos maternos, en
Avellaneda. Les decían "El Perón y la Perona", por su simpatía con el
movimiento peronista. La abuela hacía asados en el patio. Su madre era hija
única y disfrutaban de la visita de amigos músicos, se ponían a cantar tangos,
a escuchar ópera. Unos tíos abuelos los alzaban y les compraban facturas.
—Eran
laburantes, del interior de Buenos Aires. Por su cargo de jefe, Etchecolatz ya
vivía poco con nosotros. Mis abuelos no lo querían. Lo llamaban el "mal
bicho".
Mariana
nunca reconocerá a Miguel Etchecolatz con la palabra padre o papá. Lo llamará siempre
por el apellido. A los ocho años se fueron a vivir a La Plata. Y empezó el
infierno. Jamás pudo completar más de un año en un mismo colegio. A ella y a
sus hermanos los cambiaban "por seguridad". No pudo hacer amigos. Se
relacionaban con los hijos de otros represores conocidos, como el ex médico
Jorge Antonio Bergés y el mismo Camps, que fue padrino de F.M., el hijo más
chico de Etchecolatz.
"Nunca
lo vi sufrir. Ni siquiera cuando una vez le pusieron una bomba en la jefatura
de policía y le habían roto el oído. En el hospital seguía dando órdenes como
un autómata. Los hijos de Bergés o de Camps al menos recibieron algo de amor,
nosotros, nada", dice Mariana.
—¿Nada lo conmovía?
—Lo religioso.
Se persignaba dándoles besos a las estampitas. Él se consideraba por debajo de
Dios pero por encima de los mortales. Con mi hermano J.M. decíamos que cuando
rezaba se estaba comiendo los santos.
La segunda
infancia fue la de vivir con custodios que hacían de niñeras cama adentro en un
edificio blindado de tres pisos de calle 62 y 11, en La Plata. No podían dormir
en paz. Ciertas madrugadas estallaban disparos y su madre les tapaba los oídos
con mantas y colchones. De día los llevaban de paseo por la Escuela Vucetich y
por el Tiro Federal. Etchecolatz pernoctaba en el destacamento policial.
—Lo veíamos en fiestas oficiales, en
desfiles. Con nosotros infundió el mismo miedo y respeto que con sus
subordinados.
Los sábados
y domingos, cuando Etchecolatz se aparecía por el edificio de 62 y 11, Mariana
y J.M. se escondían en un placard. Apenas escuchaban la voz metálica, los niños
temblaban esperando un arranque de furia contra ellos o su madre. Nunca miró
sus cuadernos de colegio, nunca jugó con ellos, nunca una caricia.
Cuando
dejaba el edificio, Mariana y sus hermanos se ponían a rezar. Para que nunca
jamás volviera. "Que por favor se muera", pensaba ella, entonces.
Mariana
tenía 15 años cuando Etchecolatz la invitó al cine. No hablaron nunca: ni
antes, ni durante ni después de la película. Era "La Historia
Oficial". Mariana cerró los ojos cuando el personaje de Héctor Alterio le
apretó a Chunchuña Villafañe los dedos contra una puerta. La escena la
reconoció como familiar. Y no la olvidará jamás. "No tengo dudas que fue
un goce silencioso. El del perverso, que es el que más duele", dice ahora,
con la precisión de una pericia psicológica.
Dice que
empezó a salir a la calle con "Néstor y Cristina". Que sintió los
escraches de H.I.J.O.S. como si hubieran sido propios. Que nunca olvidará el
velorio de Néstor Kirchner y el cierre de mandato de Cristina Kirchner.
"Fue hermoso sentir lo politizado que estábamos, ir de marcha en marcha,
este pueblo no va a sucumbir ante los poderosos".
Por el apellido nos retiraban el saludo, nos
bochaban en los exámenes… vivir a la sombra de ese hijo de puta era humillante
Cuando
cumplió veinte años se alejó de su familia. Viajó a España, volvió, vivió sola.
Trabajó de secretaria. Se puso a estudiar en la Facultad de Psicología, aunque
no en la Universidad de Buenos Aires como hubiera querido. Su hermano F.M.
abandonó la universidad. "Su examen está desaparecido", le dijo un
profesor.
—Lo terrible
es que con mis hermanos nos refugiamos en el anonimato por la sombra de ese
hijo de puta. Ellos no lo soportaron y se fueron de la ciudad, yo decidí
quedarme. Vivir así es duro, humillante. A mí me bochaban los exámenes por el
apellido y volvía a casa con un ataque de angustia.
A Mariana
había gente que le retiraba el saludo por el sólo hecho de portar ese apellido.
Cuando en una librería entrega la tarjeta de crédito para pagar, del otro lado
del mostrador escuchaba: "Qué apellido, eh". Ella se quedaba muda. No
sabía, no podía, responder o hacer algún gesto.
La última
vez que escuchó la voz de su padre fue en la cárcel de Magdalena, en 1985.
Dijo: "Qué vergüenza estos zurdos, lo que me hicieron". Y nada más.
Quiero expresar ante la sociedad el repudio de
una hija a un padre genocida
—¿Cómo te sentías cuando escuchabas
su apellido en los medios?
—Me invadía
el terror. Me angustié desesperadamente con lo de Julio López. Me temo que aún
sigue sosteniendo poder desde la cárcel, no es un ningún viejito enfermo, lo
simula todo. Todavía hay gente que piensa que fue alguien íntegro porque
"nunca robó nada". Como si eso lo exculpara de los crímenes
aberrantes que cometió.
—¿Y quién es verdaderamente
Etchecolatz?
—Es un ser
infame, no un loco, alguien que le importan más sus convicciones que los otros,
alguien que se piensa sin fisuras, un narcisista malvado sin escrúpulos. Antes
me hacía daño escuchar su nombre, pero ahora estoy entera, liberada.
Por Juan Manuel Mannarino en la Revista
Anfibia de la Universidad de San Martín.