El 5 de julio de 1996 se produjo el nacimiento más esperado
por la ciencia. Primero sacó la cabeza y luego las patas delanteras. Su
creador, Ian Wilmut, un reservado embriólogo de 52 años, no recuerda dónde
estaba cuando oyó que había nacido la oveja bautizada con el nombre de Dolly.
Lo que sí recuerda es el despegue mundial que tuvo su carrera científica cuando
presentó al mundo el primer mamífero clonado de la historia.
Si bien la oveja era similar a todas las demás que estaban
en el establo de Roslin (Escocia), Dolly era especial. Su genética era
distinta. No fue creada por medio de la unión entre un espermatozoide y un
óvulo, sino a partir del material genético de la célula de una ubre de una
oveja de seis años de edad. Al año siguiente, la imagen del ovino se convirtió
en portada de la revista TIME. Su fama iba en ascenso, pero el encanto de los
medios, de los biotecnólogos y del público duró poco.
Es que el campo que Dolly había inaugurado generó la
apertura indiscriminada de cuestionamientos éticos, morales, científicos, religiosos
y tecnológicos contra la clonación. ¿Se puede utilizar la ingeniería para
evitar la muerte? ¿Es, en su método, la forma más esclavizante de manipulación
genética? ¿Qué pasaría si alguien se clonase a sí mismo? ¿Cómo se lo trataría a
ese individuo? ¿Un clon tiene alma? Para apaciguar el escenario apocalíptico
que el mamífero había provocado a meses de nacer, los gobiernos de varios
países se vieron obligados a promulgar leyes y reglamentos para prohibir el uso
de la clonación en humanos y limitar su aplicación.
"Hoy en día, el tema de la clonación está más calmado y la
razón de ello es que se pudo entender mejor cómo se clona un animal a partir
del avance de la tecnología. En relación a los humanos, han surgido formas
alternativas de clonación como la producción de tejidos para curar personas o
la producción de células madre. Eso hizo que afloje el interés mundial. Sin
embargo, continúa el interés por clonar animales, como caballos o, lo más
reciente, perros y gatos”, explicó el Dr. Daniel Salamone, director del
Laboratorio de Biotecnología Animal e investigador principal del Instituto de
Investigaciones en Producción Animal (INPA) del CONICET.
Argentina es uno de los principales países del mundo que
cuenta con la capacidad de reproducir animales a través de la técnica de la
clonación, como caballos, perros, vacas, cerdos, felinos, toros y terneros. En
tal sentido, y dado que la tecnología ha avanzado mucho desde el nacimiento de
Dolly, algunas empresas y laboratorios ofrecen la posibilidad de clonar mascotas
o animales deportivos. Una suerte de "clonación exprés, del laboratorio a tu
casa”.
Pero esta forma de concebir animales abre un nuevo abanico
de interrogantes que invita a reflexionar sobre el impacto de la ciencia y la
innovación en la interacción del hombre con su entorno: ¿Quiénes pueden tener
acceso a un animal clonado? ¿Estas réplicas son idénticas a la original? ¿Por
qué se busca llenar el vacío de la muerte con una copia diferida? ¿Cuál es el
valor cultural que se tiene sobre la vida y la muerte? ¿Compañías momentáneas o
animales eternos? ¿Es la clonación la puerta hacia la inmortalidad? ¿Clonación
para todos?
Clonación para pocos
Del laboratorio de Salamone han renacido caballos, terneros
y, el más reciente de todos, Anthony, el primer perro clonado del país. Pero su
técnica no lleva la marca Industria Argentina. Más bien coreana. Justamente,
del otro lado del continente, el laboratorio de biotecnología Sooam Biotech se
encarga de clonar animales domésticos, además de asesorar sobre cómo conservar
el cuerpo del animal para preservar sus células. Según su sitio web, son
especialistas en biotecnología, y, a pesar de que la copia no sea idéntica al
original, aseguran una efectividad del 100 por ciento. Sin embargo, los
servicios oscilan entre 50 mil y 100 mil dólares.
"Las empresas que hacen clonación de animales domésticos lo
hacen a un costo tan alto que resulta muy poco deseable y accesible para todos.
En especial con los caballos donde se han jugado partidos con equinos clonados
y eso ha llamado mucho la atención. Pero en el en el caso de Corea, se continúa
haciendo de forma notable. Hay algunos que les resulta más atractivo tener un
animal clonado que uno nuevo porque, en muchos casos, el animal tiene un rol
muy importante en la familia”, opinó Salamone.
Pero, explicó: "Cuando uno está clonando un animal se tiene
una suerte de mellizo diferido o mellizo gemelo, es decir, la misma genética
pero diferida en el tiempo. Pero eso no garantiza que el comportamiento sea
igual que el animal inicial. Sin embargo hay personas que quieren mucho a sus
animales y se aventuran en esta iniciativa”.
En conmemoración por los 200 años de la independencia, la
empresa argentina Bio Sidus en colaboración con la Facultad de Agronomía de la
UBA, presentaron a BS Ñandubay Bicentenario, el primer caballo concebido de
América Latina a partir de las células de la piel de un equino laureado de raza
criolla. Desde entonces, la Argentina se ha posicionado como uno de los países
con mayor producción de caballos, la mayoría utilizados en el polo.
El referente más notable en el campo de juego es el polista
Adolfo Cambiaso, quien, además de competir con caballos clonados, también doma
hijos de clones. Pero no lo hace solo. Recibe la ayuda de la empresa Crestview
Genetics dedicada exclusivamente a producir copias de caballos. El valor por
cada animal se estima en 100 mil dólares, cifra que, hoy en día, equivaldría a
la compra de una vivienda.
"Un caballo de polo requiere de mucho tiempo de
entrenamiento, y para que el animal sea más dócil y disciplinado se lo castra.
El problema es que, al castrarlo, deja de tener descendencia y es por ello que
se recurre a la clonación para tratar de conservar las mismas características
físicas, la fuerza y la fisionomía del animal original”, detalló Marcelo
Criscuolo, director ejecutivo de Bio Sidus.
"Sin embargo, -agregó- con este procedimiento se reproduce
un ejemplar que fisonómicamente es igual pero no hay seguridad de que tenga las
mismas características y el mismo comportamiento que el caballo original. Por
ejemplo, existen casos policiales donde hay dos gemelos, uno es el bueno y el
otro el malo. Esto demuestra que los genes no tienen nada que ver con la
conducta de un individuo. Entonces, lo que se puede hacer con la clonación es
reproducir características físicas, lo demás dependerá de su entorno”.
Edición de genes
Criscuolo habla de epigenética. Es decir, el estudio por el
cual factores externos a los genes, como la alimentación, el yoga, la
meditación o el consumo desmedido de sustancias nocivas, influyen en el genoma
humano. Durante muchos años se pensó que en el ADN estaba toda la información
necesaria para conocer la formación genética de un individuo. Sin embargo, con
la llegada de Dolly, se demostró que no solo el ADN es importante sino que,
además, dentro de él hay partes que se pueden leer y partes que no, como si una
persona tuviese un libro y solo se detuviese a leer las frases que están
subrayadas.
En ese sentido, la clonación también demostró que toda la
información necesaria para copiar un animal está en cualquier célula del cuerpo
y eso permitió la llegada de la medicina regenerativa y la incorporación de
células madre a los estudios en biotecnología. Sin embargo, todavía se
desconoce el papel fundamental que tiene la genética y el medio ambiente en el
comportamiento de los animales.
"En el laboratorio, el principal objetivo es brindar
soluciones a las necesidades que requiere la sociedad. Por ejemplo, por un
lado, hemos trabajado en la clonación con la intención de producir medicamentos
en leche u órganos de cerdos para xenotransplantes a humanos. Pero, por otro
lado, está lo individual, es decir, si alguien pierde una mascota muy querida
se puede clonar, pero se piensa que el clon tendrá el mismo conocimiento que el
animal fallecido, es probable que el comportamiento no dependa solo de la
genética sino del ambiente, que influye definitivamente”, aseguró Salamone.
Otro de los campos de estudio que inauguró el ovino de
Roslin fue el empleo de nuevas técnicas para manipular los genes. Más
precisamente, la edición genética, utilizada en ingeniería genética para modificar
animales y volverlos transgénicos. Un claro (y vivo) ejemplo es el de Rosita,
la primera vaca bitransgénica del mundo, capaz de producir leche humanizada.
Según recuerda Adrían Mutto, director del Grupo de Biotecnología de la
Reproducción del IIB-UNSAM-CONICET "lo que hicimos fue modificar la célula de
la vaca para agregarle dos genes humanos: la lactoferrina y la lisozima”. Para
Mutto, el objetivo no es remplazar la lecha materna, sino "ofrecer una
alternativa para aquellos lactantes que no cuentan con leche materna”.
Actualmente, Rosita goza de muy buena salud pero su destino
(o por lo menos el que le confirieron sus creadores) no será posible de
alcanzar. Más allá del avance tecnológico, la presión social recae sobre las
patas de la vaca: es que su leche, al ser transgénica, no es aceptada por el
público y las exigencias legislativas vigentes. Más allá de que los cereales y
vegetales transgénicos también están entre nosotros desde hace mucho tiempo,
los alimentos fuertes modificados geneticamente, como las carnes, están (por
ahora) fuera de las góndolas.
El legado del futuro pasado
El 14 de febrero del 2003 falleció Dolly en el establo que
la vio crecer. Fue sometida a una inyección letal para evitarle el sufrimiento
que le provocaba una enfermedad pulmonar progresiva. Su cuerpo fue donado al
Museo Nacional de Escocia, en Edimburgo, donde se exhibe al público. Como
ocurrió con su nacimiento, un nuevo dilema surgió. Es que la comunidad
científica internacional pensaba que la causa de su muerte estaba relacionada
con su condición de clon.
En tal sentido, tras cumplirse 20 años de aquella proeza
científica, la revista Nature Communication anunció, a través de un comunicado,
que los cuatro clones de Dolly no presentan signos de enfermedades metabólicas,
más bien mantienen una presión sanguínea estable y apenas han sufrido
degeneración en las articulaciones. Sí, los descendientes de quién en su
momento sembró la semilla del caos en la genética del pasado desarrollan su
vida con total normalidad en el rebaño de la Universidad de Nottingham (Reino
Unido).
A pesar de estar alejadas de las cámaras y del debate ético
y moral, Debbie, Denise, Dianna y Daisy conservan en sus genes el legado del
pasado.Por fuera son iguales que la original. Por dentro también."El éxito en
la clonación de un número cada vez mayor de especies confirma la impresión
general de que es posible clonar cualquier especie, incluyendo los seres
humanos”, aseguró en su momento Ian Wilmut. Quizás, en sus palabras, continúa
la utopía de vivir para siempre. O, como diría Víctor Hugo, "lo malo de la
inmortalidad es que hay que morir primero para alcanzarla”.
Fuente: Agencia CTyS-UNLaM