La primera es que el condicionante de la deuda externa no será un obstáculo insalvable en los primeros años, gracias al cierre exitoso que logró el gobierno nacional en sus negociaciones con los acreedores.
La segunda es que hay un horizonte relativamente cercano para reiniciar una convivencia sin restricciones. Según anunció Alberto Fernández, sería menos el tiempo que falta para que una vacuna desarrollada en nuestro país esté disponible que el tiempo que ya hemos pasado en aislamiento social.
Esas dos certezas son las primeras con signo positivo a contabilizar después de meses de debate, análisis e hipótesis desechadas respecto del escenario del día después. Pero no son las únicas.
Hay una tercera certeza que hemos ido reconociendo y asumiendo de a poco, a pesar de la primaria utopía que compartimos súbitamente como pueblo cuando la autoridad presidencial dio inicio a la cuarentena para preservarnos de la enfermedad y la muerte.
En ese instante el colectivo endulzó su angustia inicial con la noción de la unidad de los argentinos, basado en la idea que nos ubica a todos en un mismo lado cuando el enemigo nos es común y no distingue clases ni pertenencias.
Aquel edulcorante, encarnado en un supuesto abrazo de adversarios, fue tornando en trago amargo con el correr de los días por la obstinación del presidente saliente, de su ex compañero de fórmula, de su ex ministra de Seguridad, de la lideresa de la Coalición Cívica y del titular de la UCR. En suma, de la conducción de la oposición macrista.
El repiqueteo publicitario que pregonaba “Unir a los argentinos”, con el que se impusieron en 2015, fue dejado en la puerta de la Casa Rosada. Hoy, luego del fiasco de Juntos por el Cambio y en medio de este fenomenal desastre, no hay de su parte un mensaje inequívoco hacia la unión nacional establecida en el diálogo con los otros; mucho menos con aquellos a los que han perseguido, espiado, calumniado, despreciado, encarcelado, extorsionado y hasta acusado falsamente de asesinos como único canal de comunicación.
Desde su veraneo en la Costa Azul, adonde llegó no sin afirmar que en nuestro país se vive en estado de sitio, el ex presidente hizo pública una carta de condolencias por el fallecimiento de un alto directivo de la compañía a la que le prestó $18.500 millones de pesos, aún impagos, y que fue una de las principales financistas de sus campañas electorales. Allí anotó, textualmente, dirigiéndose al muerto: “sé de la tristeza que te embargó frente a tantos obstáculos y especialmente tanta agresión”.
En idéntico sentido se expresaron sus socios políticos cuando, un mes antes, habían señalado al presidente de la Nación como un virtual encubridor de su vicepresidenta, a quien la hacían a priori responsable del crimen de un antiguo secretario.
Es larga, penosa y suficientemente difundida la cadena estructurada de manifestaciones disruptivas de los más encumbrados opositores, todos artífices del cuatrienio del quebranto que comenzó en diciembre de 2015, por lo que no es necesario seguir repasándola. Es igualmente lamentable el silencio o la ambigüedad frente a ese comportamiento de otros referentes del máximo nivel de ese espacio, como la anterior gobernadora de la provincia de Buenos Aires y el actual Jefe de Gobierno porteño.
Así es que podemos sumar la tercera certeza, ésta de signo negativo, a las dos primeras virtuosas, con la siguiente aseveración: no hay interlocutores de la primera línea de la oposición mayoritaria con los que el Frente de Todos pueda establecer un diálogo político que comprenda un mínimo de coincidencias en el fondo y en la forma para el poscoronavirus.
Esos dirigentes no saben, no quieren ni pueden asumir la carga de la derrota electoral de hace un año sin culpar al votante, despotricar contra el peronismo, dar cátedra de republicanismo o fingir que han gobernado exitosamente. Lo que sí saben es promover, con desvergonzada precisión destituyente, la desobediencia civil en contra de las normas de emergencia que salvan vidas.
La discusión ciudadana para la pospandemia con los actuales jefes y jefas de Juntos por el Cambio no es más que una quimera.
David Selser (Ex ministro de Producción de Catamarca, es abogado e ingeniero agrónomo).