En las últimas semanas, Javier Milei superó su propio récord de agresividad pública. Repartió insultos, ninguneos y desprecios a diestra y siniestra. Ni su vicepresidenta Victoria Villarruel, ni el jefe de Gobierno porteño Jorge Macri, ni siquiera los socios de la alianza electoral se salvaron de su estilo frontal, desbordado y sin filtro.
Lo más llamativo es que el Gobierno no intenta disimularlo. Al contrario: lo institucionaliza como política de Estado. Desde funcionarios como Luis "Toto" Caputo, que advirtió con “reventar” a quien intente cambiarlo, hasta el canciller Gerardo Werthein, que justificó un desplante presidencial como si fuera una represalia justa, todo indica que las formas ya no son una consecuencia del carácter de Milei, sino parte del método.
Incluso el filósofo oficialista Alejandro Rozitchner afirmó que no apoyar al Gobierno “es absurdo” y que quienes lo hacen tienen intereses contrarios a los del país. Una lógica binaria y excluyente, muy lejos del disenso democrático.
Según encuestas recientes, el 83% de los votantes de Milei aprueban su estilo. Pero entre los que lo acompañaron solo en el balotaje, el respaldo ya no es tan fuerte. Un 41% de votantes de Juntos por el Cambio rechazan sus formas, aunque comparten el enfoque económico y su oposición al kirchnerismo. Una posible grieta en la base electoral.
Para Milei, su estilo no es nuevo. Ya en 2024 se comparó con Sarmiento, a quien calificó como otro “puteador serial” que, sin embargo, “desasnó al país”. La autenticidad como bandera, aunque eso implique dinamitar puentes políticos y sociales.
El problema no son solo los gritos. Es que detrás de ellos hay una estrategia validada por su equipo y por una parte de la sociedad. Mientras eso no cambie, el show continuará... como política oficial.