No pasa un día sin que la sección “Policiales” de los medios de comunicación nos atropellen con alguna información relacionada con accidentes fatales, con violaciones, arrebatos, salideras bancarias, asesinatos en ocasión de robo de autos y una amplia gama de delitos entre los cuales se destacan algunos por ser sencillamente espeluznantes.
Como lógica consecuencia, los familiares de las víctimas de estos siniestros se movilizan pidiendo “justicia”.
Si observamos a través de la televisión las escenas que se desarrollan en estos reclamos –algunos multitudinarios-, advertiremos desde el gesto desgarrador de una madre a la que le mataron el hijo adolescente que, obviamente, era ”un chico bueno”
pasando por la esposa de un joven policía a quien dos menores asesinaron para quitarle el arma reglamentaria,“la nueve milímetros” y por que era “un cobani”, raro término que en la jerga del submundo porteño de esos inadaptados, identifica a un representante de la ley, a un policía, que también obviamente, era un excelente funcionario y buen padre que deja dos hijos pequeños, una viuda desconsolada y decenas de camaradas entristecidos.
No escasean los colectiveros a quienes les amputan un dedo durante un robo nocturno de la recaudación o los familiares de una mujer a la que su ex pareja roció con alcohol para luego prenderle fuego.
El surtido de delitos es interminable y por momentos se tiene la impresión de que se “inventan” nuevas formas delictivas.
En ocasión de los piquetes o de las marchas pidiendo justicia
el televidente podrá conocer rostros desencajados, puños crispados y amenazantes, discursos en los que se exige la presencia de altos funcionarios “para que den la cara” y expliquen las causas de lo sucedido, de la ostensible falta de seguridad y “para que hagan justicia” hoy, ya y aquí expresado todo con voces disonantes y chillonas de las mujeres que abundan en esos piquetes.
En su fuero íntimo esas personas lo que realmente desean es venganza. Sus aspiraciones se verían satisfechas si pudieran aplicar la Ley del Talión, o sea “ojo por ojo y diente por diente” y masacrar –por caso-, al autor de un delito de instancia privada.
En cierto modo se explican esas actitudes e invitamos al estimado lector a meditar unos instantes y opinar sobre cuál sería su actitud si le violaran un hijo varón de cinco años. Lo más probable será experimentar un fuerte deseo de empuñar un filoso cuchillo y castrar al degenerado como medida previa a su posterior ejecución –por ahorcamiento-, en la plaza pública dejando el cadáver colgando un par de días para que todo el mundo sepa cómo se trata a los violadores.
¿Qué castigo merece ese joven padre de 21 años que mató a golpes a su hija, una bebé de dos meses ¿. Obviamos el informe de los forenses pero es probable que muchos de nuestros lectores
se prestaran gustosos a apretar el gatillo de un arma de fuego de gran calibre para volarle los sesos a un criminal de esta naturaleza.
¿Qué castigo le aplicaríamos a ese jefe religioso de Irán que dispuso que le aplicaran cien azotes a una chica de 14 años que asistió a una fiesta sin permiso de su padre? La niña murió al día siguiente en un hospital porque sufrió fracturas de costillas, perforación de un pulmón y desplazamiento del hígado y otras vísceras. El instrumento de castigo era una suerte de ramillete de varillas de bambú de un metro y medio de largo. Nadie irá preso puesto que en ese país islámico los castigos corporales son ordenados por los jefes religiosos y la muerte de una menor de sexo femenino, de resultas de una paliza como la señalada, no es delito.
Por lo general, consideramos que la Justicia no funciona de acuerdo con nuestras exigencias y se impone hacer “justicia por mano propia”. Es por eso que, a veces, la casa de un sospechoso es demolida e incendiada por una turba enfurecida que ha resuelto aplicar “su justicia” y no razona sobre la posibilidad de que ese sospechoso sea inocente y que el verdadero criminal esté protegido por la policía, impidiendo violar la ley que determina el procesamiento de los delincuentes y el correspondiente juicio
y posterior condena.
En Archivo no conservamos ningún antecedente relacionado con marchas de protesta anteriores a las que se formalizaron con motivo del caso Soledad Morales lo que nos lleva a suponer que esa forma de protestar tuvo sus orígenes en nuestra ciudad capital.
En los últimos tiempos marcó presencia FAVIATCA, una agrupación formada por familiares de víctimas de accidentes de tránsito pero que también acoge y refleja el sentir de familiares de víctimas de otros delitos. La semana pasada personas de FAVIATCA habrían agredido al abogado de un procesado, posteriormente condenado por homicidio culposo a cumplir cuatro años de prisión efectiva.
Apreciamos que estas actitudes claramente agresivas no deben convertirse en moneda corriente. Esas personas deben mostrar un absoluto respeto por las leyes y por la gente en general, por más dolorosa que sea su pérdida. La muerte de un ser querido no justifica esas actitudes y habla muy poco a favor de la agrupación que, supuestamente, los contiene, los asesora, los guía y ejerce la protesta en forma civilizada como una forma de activar los procedimientos judiciales, caracterizados por su exasperante lentitud.
Finalmente el grupo FAVIATCA se hizo presente en la Catedral Basílica para agradecer a la Virgen del Valle por el fallo condenatorio dictado por la Justicia. Cabe preguntar ¿Qué hubieran hecho estas personas si el fallo hubiese sido de dos años y medio con “prisión en suspenso”?