Más claro: por la contratación de los famosos “adicionales”, tema que está siendo investigado por las autoridades policiales. Cabe esperar que se conozcan los resultados de esta investigación y la sanción aplicada a los que resulten culpables.
Pero las cosas no ocurren porque sí. Si es absolutamente reprochable el accionar policial provocando lesiones a los aficionados y a conocidos fotógrafos, nos parece que no estaría demás “echar un vistazo” a lo que ocurre en un grupo de hinchas de Villa Cubas que se reúnen en un domicilio de un barrio del Sur.
Allí, previo desplegar una gran bandera con los colores de su club, practican la denominada “batucada” con sus redoblantes, tambores y estridentes cornetas. Es un ruido susceptible de ser escuchado con toda claridad a más de 200 metros de distancia,
Se trata, en este caso, de grupos de adolescentes con escasa o nula presencia femenina. Algunos concurren en motocicleta y para no pasar desapercibidos andan con el escape libre “marcando presencia” con el puño derecho acelerando en vacío.
Esto ocurre durante los días de semana y -según parece,- se trata de “ensayos” o “prácticas” destinadas mantener el grupo en “condiciones operativas” y en buen “estado atlético”.
Los días que hay partido, el grupo se concentra con varias horas de anticipación, ajusta detalles (entre los cuales figura el aprovisionamiento de bombas de estruendo y repaso de consignas) y parten rumbo a la cancha.
El “ánimus” que caracteriza al grupo en esos momentos no podría ser más belicoso. Parece un batallón que marcha a la guerra dispuesto a masacrar al enemigo o morir en combate.
Las banderas, carteles y pancartas son elementos poco menos que sagrados dignos de ser preservados de pasar a manos del enemigo. Si algo así llegara a ocurrir, los responsables de los símbolos serían duramente criticados y considerados como cobardes o maricones.
Huelga mencionar lo que ocurre en caso de que Villa Cubas se imponga en un partido: el grupo de concentra en la supuesta “base” y celebra con música a todo volumen, frecuentes intervenciones de la “batucada” y picadas de las motocicletas con sus correspondientes escapes libres.
La bebida que imponen las circunstancias no es otra que la famosa “coca con Fernet” pero nadie desprecia un “tetra”.
Adviértase que en el grupo la mayoría son adolescentes colocados bajo la órbita de alguna persona mayor que orienta o dirige el grupo. Son los responsable de que las ruidosas celebraciones se prolonguen hasta las ocho o nueve de la mañana del día siguiente.
Es probable que el lector, a esta altura “del partido”, se pregunte: ¿Qué hacen los padres de esos adolescentes? ¿Aprueban esas conductas? ¿Apoyan al grupo?
Que se sepa, los padres no intervienen salvo para aportar algún dinero recabado por los chicos para participar de la fiesta. O para reponer bebida o alimentos propios de esas tenidas.
No nos consta, pero intuimos que muchos padres no se animan a poner freno a estos excesos. Por una parte, estaría el hecho que si algún padre formula alguna observación, los otros lo hagan objeto de burlas. En todo esto campea aun fuerte sentimiento machista y cualquier detalle sirve para poner en tela de juicio la masculinidad tanto de padres como de hijos.
Para ciertos padres, lo señalado no pasa de ser una simple, inocente y hasta simpática forma de “hacer deporte”
¿Porqué los vecinos no denuncian la emisión de ruidos molestos y soportan ruido excesivo a la hora de la siesta, en horas de la noche y hasta de la madrugada?
Para que la policía intervenga en un asunto de estos, es necesario que alguien formule una denuncia y queda una constancia de ello. Es decir, no funciona el anonimato y por ello será seguro que se instale una enemistad entre el vecino ruidos y el denunciante. Será –el denunciante-, un amargado, resentido, que no puede ver que los chicos se diviertan.
Finalmente, estos vecinos se enemistarán por culpa de los chicos y la falta de respeto y consideración. Cosas `propias de gente con escasa educación.
Por cierto, no todos los hinchas del fútbol o de Villa Cubas actúan de esta manera.
De lo que hay certeza es de que existen grupos organizados, Más o menos numerosos. Más o menos civilizados. Prueba de ello es la presencia en las canchas de grupos portando banderas, carteles y bombos alentando apasionadamente a sus favoritos.
Se va generando un clima singularmente propicio para estallidos de violencia y agresiones entre barras adversarias y policías. Hay antecedentes de saldos lamentables.
Aunque resulte poco agradable, nos parece que en estos incidentes hay culpas compartidas: por un lado y en primer término, las autoridades de los clubes.
Resulta explicable que los dirigentes vean con buenos ojos a estos grupos integrando una suerte de folclore futbolero. Son una parte importante del espectáculo. Pero a la hora de ponerle freno por causa de excesos, parece que miran para otro lado.
A su turno, el comportamiento de la policía amerita algunos consideraciones que -por cierto-, no llevan la intención de justificar intervenciones harto cuestionables.
Se trata de considerar un conjunto de personas, supuestamente profesionales, auxiliares de la Justicia, que son colocados para vigilar miles de sujetos entre los cuales hay muchos que son definitivamente levantiscos y proclives al desacato. Detestan a la policía y agredir a un efectivo es algo así como un triunfo.
Felizmente, la mayoría de los aficionados al deporte son gente civilizada que concurre a las canchas a disfrutar de un espectáculo pero no apoya ni participa de hechos violentos.
Nos parece que las condiciones salariales del personal policial no guardan relación con la importancia de la misión que les toca cumplir en las en las canchas de fútbol y cosas parecidas. Son gente mal pagada que se ve precisada a asumir responsabilidades para las cuales no siempre están debidamente `preparadas y equipadas.
Cabe esperar la adopción de medidas conducentes a poner fin a estos excesos. Los auténticos aficionados al fútbol no merecen padecer esta clase de incidentes que desvirtúan groseramente las actividades deportivas.