El pensamiento de los peronistas catamarqueños avivó la esperanza de que algo comience a cambiar para volver a ser gobierno, teniendo en cuenta que desde la intervención federal del 91, los radicales se apresuraban a negociar con el presidente de turno a efectos de no perder el hegemonía provincial.
Indudablemente les fue muy bien porque, o son buenos verseros, o porque los presidentes no estaban para nada interesados en articular con el grueso del peronismo local. Lo cierto es también que de todo ese merengue, el único perjudicado fue siempre el grueso de la militancia partidaria, literalmente excluida de los esquemas partidarios.
Efectivamente, si nos ponemos a ver, notaremos que desde entonces, son siempre las mismas caras las que manejan pequeñas porciones de poder mientras los demás están condenados al ostracismo y a la servidumbre política, creando el contexto apropiado para que en Catamarca surjan nuevos ricos, hijos de las arcas del estado que generosamente llena sus bolsillos a la sombra de un gobernador cansado, inoperante, lelo e indiferente.
En nuestra habitual recorrida por los espacios públicos y privados de la ciudad de Andalgalá, pudimos recoger múltiples opiniones las que, más allá de las diferencias circunstanciales, tienen un importante punto de coincidencia: es hora de dejarse de joder, olvidar el kiosco y pensar en lo que el peronismo como estilo de vida puede brindar al pueblo de Catamarca, especialmente en el interior olvidado por los burócratas de la Capital, obviamente con Brizuela a la cabeza.
Sin dudas ésta será una semana decisiva y de mucho debate, con la urgente idea de “peronizar Catamarca”, antes de que se olvide de todo lo que el peronismo significa para la sociedad. Ocurrirá, al menos en la ciudad de Andalgalá, un lugar en donde todo es posible, según lo muestran los hechos.