Si algo revelan los soberanos traspiés que tuvo el gobierno de Eduardo Brizuela del Moral en la Cámara de Diputados, además de la falta de operadores lúcidos, eficaces claro, es que los problemas mal resueltos en el seno de la UCR estallan tarde o temprano; y cuanto más tarde, de la peor forma.
Pero lejos los verdaderos jefes del radicalismo provincial de reconstituir canales de diálogo interno en lo partidario, de ensayar algún tipo de autocrítica por los errores que se cometieron en el pasado, o de fijar reglas de juego claras para el futuro, insisten con la misma fórmula de hacer las cosas con la luz apagada, con la finalidad mezquina de favorecer solamente a un grupo de familias que pretenden perpetuarse en el poder, partidario y provincial.
No son claro Marta Grimaux o el diputado Ricardo Del Pino, que hacen las veces de mayordomos de una fuerza política que en los hechos dirigen y comandan otros; bien pagos desde ya, pero en la cuestión de fondo bien puede declarárselos incompetentes.
Se trata de esa camarilla dirigencial que se ni siquiera respetan los postulados más importantes de la UCR como es la democracia partidaria, que insiste en reservarse la facultad de elegir a gusto y placer quien o quienes serán los candidatos del oficialismo en cada uno de los distritos electorales de la provincia.
Antes sufrió el oficialismo al toparse con el único dirigente radical que hasta ahora se les plantó políticamente, Gustavo Roque Jalile; frente a cuyo levantamiento por respeto político, solo surgió la clásica estrategia de la victimización y de la queja por supuestas traiciones.
Ahora el problema es con el radicalismo de Andalgalá; todo apunta a que este conflicto del momento no tiene solución favorable al Gobierno, que puede terminar coartando la democracia interna, pero eso que es un cáncer maligno para esas familias patricias continuará agravándose.