Infinidad de veces se ha informado y resaltado aquí acerca de las conductas de ciudadanos comunes que tienen muchos funcionarios del gobierno de Eduardo Brizuela del Moral. El problema es que no son ciudadanos comunes. A importantes funcionarios de la primera, segunda y tercera línea de los tres poderes estatales es común verlos en bares o haciendo cola en los bancos, verdulerías o en los supermercados.
El miércoles en horas de la siesta, todos los clientes del supermercado Vea se sorprendían al ver con los tics de una ama de casa cualquiera al ministro de Hacienda Mamerto Acuña. Anteojos puestos, pero bajos, sobre la nariz casi, controlaba el precio y la fecha de vencimiento de cada producto que le interesaba de una góndola.
Es bueno que los funcionarios tengan noción real de los que pasa en la calle; en este caso del precio de los productos que necesitan cualquier familia para vivir; pero eso si sirve para que desde el Estado se haga algo para corregir los excesos del sector privado.
Hay cientos de ejemplos que demuestran que desde el Estado brizuelista es poco y nada lo que se hace en ese sentido. Un caso típico es el de las cadenas de supermercados instaladas en Catamarca que venden productos lácteos sobre la fecha de sus vencimientos, y en algunos casos ya vencidos, con los riesgos que ello implica.
Ejemplos similares hay cientos, miles; el de los abusos de la empresa monopólica de cable, de las empresas de transporte que no respetan los precios de los boletos y menos los vueltos, o el de las empresas, de construcción sobre todo, que mantienen a su personal en negro. El Estado brizuelista…bien gracias, siempre ausente.
Y como corolario a esta ausencia total, que demuestra que no sirve de mucho que nuestros funcionarios hagan cola en los bancos, verdulerías o en los supermercados, como si fueran ciudadanos comunes, aparece lo más grave: que es el tiempo que le quitan al estudio de las soluciones para los problemas de nuestra sociedad, de la economía en este caso. Si nuestro Ministro mantiene tics de ama de casa no es sensato esperar soluciones a las consecuencias dramáticas de procesos económicos que benefician a pocos y perjudican a muchos.