De Ramón Saadi a Lucía Corpacci

Han pasado 28 años ininterrumpidos de democracia en el país. Obviamente, a su manera y con sus particularidades, Catamarca ha vivido este período con ritmo febril y como una gran vidriera para el resto de la Argentina.
sábado, 5 de noviembre de 2011 00:00
sábado, 5 de noviembre de 2011 00:00

La presencia de Ramón Saadi y don Vicente Saadi en la década del 80, a través de la prensa, marcó a fuego a Catamarca. Era un apellido que, para bien o para mal, influía en la política nacional y el feudo ambateño no podía pasar desapercibido.

Después vinieron los años 90, con Menem en la Casa Rosada y con Catamarca en el centro de los escándalos. Por la minería, y bajo el pretexto del crimen de María Soledad, hubo intervención federal, dos juicios históricos trasmitidos en directo al resto del país y un sinfín de secuencias mantuvieron a la provincia en el centro de la escena.

En el presente siglo, la exposición pública no cambió. La quema de las urnas propiciada por el dirigente gastronómico Luis Barrionuevo, y su ulterior pelea con los Kirchner, sirvieron para que la tierra de la Virgen del Valle siguiera ocupando grandes titulares.

Ahora mismo, por la elección del 13 de marzo, Catamarca no pasó desapercibida. Fue, con Río Negro, la provincia donde se impuso la oposición, mientras en todas las demás vencían los oficialismos.

Como puede apreciarse, la actividad política en Catamarca tuvo una intensidad muy distinta a la de otros estados argentinos en los que, muy de vez en cuando, se llega a altos picos de tensión.

Traspasos, asunciones y reasunciones

Fronteras adentro de la provincia, obvio, la ebullición política fue una constante. Nunca faltaron las peleas, los enconos y hasta las divisiones sociales. Y se recuerdan, con peculiares matices, los traspasos del mando que sucedieron en estos 28 años de democracia.

El primero de ellos fue el 10 de diciembre de 1983. Ramón Saadi, que había vencido dramáticamente a Ramón “Bambi” Alderete Salas en las elecciones del 30 de octubre, le tocó recibir los atributos de gobernador de manos de su antecesor: Arnoldo Aníbal Castillo.

Éste no fue un acto más. Castillo era gobernador de facto y había sido colaborador permanente, de la primera a la última hora, del proceso genocida que asoló la Argentina. Por supuesto, entre los fastos peronistas hubo una mirada de desprecio hacia el castillismo aunque, para qué negarlo, se produjeron subterráneamente arreglos de “supervivencia” para los colaboracionistas del régimen.

En 1987, Ramón le traspasó el mando a su padre, donde Vicente, que había apabullado a Genaro Collantes en las urnas. El viejo caudillo asumió con fiestas y grandes honores, pero estaba muy enfermo, como que apenas gobernó algo más de seis antes de morir.

El último acto político que vivió Vicente Saadi fue ver reformada la Constitución, la que le abría el camino para que Ramón volviera a ser gobernador. En octubre de 1988, efectivamente, el hijo pródigo que después caería en desgracia se impuso cómodamente al radical José Furque y volvió a la Casa de Gobierno. De allí iba a salir, dos años y medio después, eyectado por Carlos Menem.

El naciente Frente Cívico le dio la oportunidad de reconciliarse con el pueblo a don Arnoldo Castillo. Acompañado por la Intervención Federal de los Luis Prol, Vacchiano, Del Bo, Aramburu, Sergio Ribecco, Amelia Sesto de Leiva, Luis Sarmiento, Miguel Haarcher, Genaro Collantes, Pedro Casas, Francisco Sotomayor, Silvestre Zitelli, Guillermo Rosales, Hugo Mott y tantos otros, venció el 1 de diciembre de 1991 al estoico Ramón Saadi que, a pesar de su gran elección, sufrió la sangría que le provocó el Frente de la Esperanza y el intervenido Partido Justicialista que conducía Alberto Conca.

Arnoldo Castillo regresó al Sillón de Avellaneda y Tula nueve días después. Fue la explosión radical que, quién lo iba a decir en aquella época, iba a durar nada menos que 20 años.

En el 95, el final de mandato fue tranquilo. Arnoldo había retenido la gobernación ante el mismo Saadi. Algo parecido ocurrió en el 99 cuando otro Castillo, Oscar, se convirtió en gobernador ante un Ramón Saadi que, ahora con el apoyo del desfalleciente Carlos Menem, intentó por tercera y última vez recuperar el terreno perdido.

En el 2003 y en el 2007, los traspasos del mando, al igual que los largos períodos de transición, fueron de una gran calma. En las dos oportunidades juró ante la Asamblea Legislativa el ingeniero Eduardo Brizuela del Moral, pero el 90% de la estructura del poder, total y absolutamente radical, siguió siendo la misma que venía desde 1991.

La hora de Lucía

La escena repetida y hasta monótona de los actos de asunción que organizaron los radicales en los últimos 20 años, en este 2001, cambiará abruptamente.

Es que el peronismo, humillado y maldecido por gran parte de la sociedad, vuelve al gobierno. Lo hace de la forma más increíble. No a través de morbosos caciques como Ramón o Luis Barrionuevo que, por conseguir la gobernación, lo intentaron todo.

Lo hace a través de una mujer, joven y con ideas diferentes, que no participó de los turbulentos procesos del peronismo y que, consustanciada con el gobierno nacional, ganó las elecciones sin expresar la más mínima ofensa a sus ocasionales adversarios.

El 9 o 10 de diciembre, duda que no desvela a los peronistas que aman la doctrina que les legara el General, Lucía Corpacci le pondrá una gran bisagra a la historia de Catamarca. Quizá la más importante de estos 28 años ininterrumpidos de democracia.

Artículo publicado en El Aguijón en el portal catamarcaesnoticias

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