No es fácil mantener la coherencia entre lo que se hace y dice; menos claro entre lo que se dice sentado en una banca opositora y lo que se hizo cuando desde el Poder Ejecutivo.
Seguramente ninguno de sus colegas en el senado nacional, debe saber que Blanca Monllau, en la etapa radical de su vida política, porque en una anterior fue peronista, fue subsecretaria y ministra de Educación, y por eso no les sorprende lo que dijo ayer para oponerse a votar a favor del proyecto del voto joven.
Desde su banca dijo que “hubiera querido hablar antes de las adicciones de jóvenes, como por ejemplo, el consumo de alcohol. También del boleto estudiantil, de la alta tasa de suicidios de población juvenil, o de niños y jóvenes que sufren consecuencias contaminantes de agroquímicos”.
Envalentonada por el desconocimiento de sus pares de sus anteriores responsabilidades desde importantes cargos en nuestra provincia, remato su participación diciendo: “claro que quiero expandir derechos de los jóvenes, pero en orden de relación con estos temas enunciados”.
El tema es que ninguno de temas enunciados, la problemática de las adicciones, a las drogas, al alcohol, los suicidios o el boleto estudiantil parecieron importarle cuando fue subsecretaria o ministra en Catamarca. Salvo la hipocresía del político mediocre, no se entiende cómo cambia tanto una persona.
Posiblemente Monllau nunca explique los notables cambios de su vida; pero si queda esperar que al menos los jóvenes entiendan mejor los suyos. Por algo es común la creencia de que hay que tenerle fe solo a los jóvenes.