El kirchnerismo catamarqueño es muy distinto al nacional, al menos en su acción de gobierno. Hay cientos de ejemplos que los diferencian. Desde el mismo inicio, el gobierno local ya marcó diferencia. Fue al no criticar abiertamente, como podría haberlo hecho, la “herencia recibida”.
Néstor Kirchner siempre criticó el pasado reciente, la vieja política. Más aún, se distancia de su hacedor, Eduardo Duhalde. El kirchnerismo local, además de no estigmatizar al FCS por la provincia que dejó, se quedó con muchos de sus funcionarios, casi legitimando la gestión radical.
A la hora de tomar decisiones, equivocadas o no, eso no importa, el kirchnerismo nacional, nunca, jamás, retrocedió. Se le reconoce ese ímpetu al kirchnerismo nacional, a quien no siempre le fue del todo bien, desde ya. Es otra diferencia de los K locales. Aquí, la gestión de gobierno amenazó ir contra algunas cuestiones, pero a los pocos días aparecía la contramarcha.
Está el caso de la Policía Judicial. Un día se dijo, con gran criterio, que se haría un análisis serio para determinar fehacientemente su utilidad; casi un anticipo formal de que se cerraría por su ineficiencia, que deriva en complicaciones infinitas para esclarecer hechos de inseguridad.
A los días todo quedó en la nada. Ahí está el caso reciente de escribir un artículo del Presupuesto 2013 la posibilidad de recurrir a la caja de la AGAP en busca de recursos frescos; y a los pocos días se supo que se borró el artículo.
En apariencia, los dos kirchnerismos son lo mismo; pero hay muchas diferencias, fundamentalmente si uno no adhiere a una idea bastante elástica de lo que significa coherencia.
Más bien, desde afuera se ven como grupos opuestos, que salvo algunas imágenes y adhesiones comunes, con un abismo que los diferencia.